jueves, 18 de febrero de 2016

Vida y obra de Dolores Redondo

 


 Datos biográficos de Dolores Redondo

 Antonio Rey

Dolores Redondo Meira, escritora vasca de ascendencia gallega, nació el año 1969 en San Sebastián (Guipúzcoa). Estudió Derecho y Restauración gastronómica, y durante algunos años se dedicó a los negocios y tuvo, entre otros, un restaurante propio.

Se inició en la literatura escribiendo relatos cortos y cuentos infantiles, lógicamente influenciados por Andersen y los hermanos Grimm, aunque entre sus principales influencias se encuentran autores como Normal Mahler, Agatha Christie, Henry Miller, Raymond Chandler o P.D. James, según ha declarado la propia autora. Vive actualmente en Cintruénigo (Navarra); está casada y tiene dos hijos.

Su primera novela, titulada Los privilegios del ángel (2009), ahonda en las implicaciones que la muerte puede tener en la vida de los que se quedan, analizada a través de la amistad de dos niñas; explora los lazos indestructibles de la amistad entre ellas, y está ambientada en la zona pesquera de Pasajes en los años setenta y en el San Sebastián de nuestros días.

Dos años después terminó de escribir su segundo trabajo, El guardián invisible (2012), que rápidamente se convirtió en un auténtico fenómeno editorial con su publicación en diez lenguas y la venta de los derechos cinematográficos al  mismo productor, Peter Naderman, que apostó por la trilogía Milleniun, de Stieg Larson.

Este relato, en el que autora debuta en el género negro, comienza con el descubrimiento, en los márgenes del rio Baztan, del cuerpo desnudo de una adolescente. La inspectora de homicidios de la Policía Foral de Navarra, Amaia Salazar, será la encargada de dirigir la investigación que le llevará a regresar a Elizondo, el lugar donde nació y del que siempre quiso huir. La historia se desarrolla en dos planos, uno profesional y científico, centrado en la resolución de una serie de asesinatos y otro personal, que en este caso pasa a ser tan importante como el anterior y todo ello en el marco de lo legendario de la mitología vasco-navarra.

Con esta novela inició Dolores Redondo la llamada trilogía del Baztan. Son tres libros cuyas historias transcurren en la misma comarca del valle, y en las tres se combina cultura vasca, novela policíaca y novela romántica. Cuenta la autora que llegó a Elizondo por casualidad, haciendo una excursión, y al minuto se dio cuenta de que era lo que buscaba, el bosque inmenso y misterioso, la arquitectura del valle, sus palacios, muchos de ellos construidos por los que emigraron. Empezó a documentarse y leyó, leyó y leyó. Dice que tomaba notas en papelitos y luego los tiraba. Dejó que todo ello fuera madurando en su imaginación y entonces ya pudo comenzar a escribir.

La segunda novela, titulada Legado en los huesos, apareció en 2013. Comienza con el juicio contra el padrastro de la joven Johana Márquez, al que asiste una embarazada Amaia Salazar, que también ha reunido las pruebas inculpatorias contra Jasón Medin aunque, imitando el modus operandi del Basajaun, había asesinado, violado y mutilado a Johana, la adolescente hija de su mujer. La inspectora recibe un mensaje donde aparece la enigmática palabra “Tarttalo”; esa sola palabra remite al personaje fabuloso del imaginario popular vasco y destapará una trama de terror que envuelve a la inspectora hasta un vibrante final.

Finaliza la trilogía con Ofrenda a la tormenta (2014) donde se continúan las investigaciones criminales de la inspectora Salazar. En ella se cuenta como la muerte por asfixia de un bebé hace que la inspectora Salazar, vuelva a la carga contra los seres mitológicos que azotan el Baztan con sus numerosos crímenes. Pero la realidad es mucho más aterradora y esconde una trama de largo recorrido.

Las tres son novelas de entre 350 y 400 páginas, entretenidas y fáciles de leer, que se terminan muy rápido y en las que te metes en el texto casi sin darte cuenta.     

 

Legado en los huesos, GB




Misterio, magia y mito
Legado en los huesos, GB

Traslado a estas páginas la opinión de nuestra tertulia, formulada como conclusión sobre Legado en los huesos, la segunda novela perteneciente a la trilogía del Baztán, escrita por Dolores Redondo. Nos encontramos ante una narración híbrida, compuesta por elementos policíacos y románticos, un convencional best-seller que capta enseguida la atención del lector mediante un dominio indudable de las estrategias narrativas para mantener suspendida la tensión dramática hasta el clímax de las páginas finales. La historia criminal sobre asesinatos rituales de niñas, que la inspectora Amaia Salazar debe resolver, se ajusta a las pautas del género. El conjunto de delitos y su deriva respecto a los sucesivos enigmas y misterios  planteados,  se produce  dentro de una trama sencilla que va tejiendo alternativamente los aciertos y  fracasos de los investigadores, inmersos en un caso repleto de incógnitas relativas al pasado común de los habitantes del valle del Baztán, tal y como sugiere el título de la novela. De esta forma, la autora ha sumergido en  su  imaginario universo tanto a  los  malvados como a  los virtuosos, envueltos todos en la neblinosa, inquietante y  húmeda atmósfera de las tierras navarras de Elizondo y sus alrededores.

Como novela policíaca, los crímenes giran alrededor de los conflictos  internos de sus inspiradores, que remiten, como es habitual, a sus perfiles psicológicos y a posteriores consideraciones psiquiátricas sobre sus síntomas y trastornos. Otra vertiente apunta a las profanaciones de iglesias y capillas en las que se mezclan elementos cristianos con otros paganos pertenecientes a la tradición mitológica vasca, muy conservada y presente en los angostos valles regados por el río Baztán. Las exigencias del best-seller se cumplen también en la clasificación de los personajes y en el reparto de sus funciones en la historia. Así, nos encontramos con dos grupos  antagónicos en el aspecto moral: los buenos, alrededor de la protagonista Amaia Salazar, y los malos, haciendo piña con el asesino. La simpleza de este esquema, propio del cuento tradicional y que tan buenos resultados ha dado y da en el negocio de la literatura, se completa con la semblanza de la heroica inspectora: alta, guapa, lista, valiente, tenaz, trabajadora, bondadosa, y perteneciente a una clase burguesa lo suficientemente acomodada para garantizar su elegancia y buen gusto; es decir, Amaia Salazar se presenta adornada por la suma de atributos que caracterizan al héroe canónico.

Sin embargo, conviene que nos detengamos en este personaje tan ajustado al modelo y observemos otros rasgos, que, aunque puedan parecer tópicos, singularizan tanto al relato como a los seres que lo pueblan. Pues la autora ha  empleado la superposición de géneros con el fin de que la trama policíaca incorpore elementos románticos propios de las novelas góticas, donde lo irracional se mezcla con lo mágico, mítico y telúrico de los mitos vascos y las legendarias criaturas que viven en la memoria de los pueblos. Y es este  matiz oscuro, peligroso e incomprensible para la lógica, lo que confiere a las tres novelas una turbadora atmósfera que podría evocar los oscuros y brumosos espacios de la obra de Conan Doyle, llenos de silencios y enigmas que no pueden ser resueltos por procedimientos exclusivamente racionales.  Y ahí es precisamente donde el personaje de Amaia Salazar adquiere cualidades que la alejan de la clásica protagonista de cuento para mostrarse como un ser especial, elegido por los dioses para desempeñar un cometido extraordinario, una misión asociada a un destino no exento de dolor y sufrimiento, como si se tratara de una íntima y personal redención. La voz oracular de la tía Engrasi, la experta en la adivinación cartomántica del tarot, resume el peligroso y particular don de su sobrina para conectar y penetrar en mundos arcanos, fruto  su esencial naturaleza:

Tengo miedo, Amaia, toda tu vida he estado temiendo por ti, por lo evidente y por lo que no lo era tanto. […] Un mal se cernía sobre ti en aquel momento, y unido al agravio y la humillación a que acababas de ser sometida, las puertas se abrieron como pocas veces lo hacen… […] hay algo en ti, Amaia, que invita a las fuerzas más crueles. Tu instinto para rastrear el mal es aterrador, y tu trabajo…, bueno, imagino que era inevitable. […] Eres especial, eso lo he sabido siempre.

Otras veces es el narrador omnisciente quien comunica al lector el control de Amaia sobre sus dotes perceptivas en las que el instinto sustituye a la razón. Esta descripción recuerda los actos ceremoniales de chamanes y brujos:

Permaneció quieta, en silencio, mirando la pintada de la pared durante unos minutos más. Estaba concentrada en una especie de vacío primigenio en el que se sumergía mientras vaciaba su mente de cualquier pensamiento, dejando entonces que los datos y las preguntas surgiesen en una tormenta de ideas. Eran el instinto y la percepción los que tomaban las riendas de la lógica para conseguir dar el primer paso para descubrir qué quería contar aquel asesino.


El gusto por lo irracional es una de las características del romanticismo, lo mismo que la atracción por la potencialidad de la mente y la indagación en los abismos de los mundos prohibidos y oscuros del mal, a los que sólo se podría acceder por medios químicos o psíquicos. En este apartado se incluiría el miedo primigenio y ancestral que se cuela entre los sueños y pesadillas de Amaia, asociadas a la asfixia y a la muerte. El miedo se manifiesta tanto en la impotencia ante el terror de ser “comida” por la madre, como en la posibilidad de perderse en los misteriosos espacios de una amenazante obscuridad. Nuestra heroína siente que lo que la asusta es algo profundo e inquietante y atribuye al gaueko, el dios de la noche, un ser oculto en las sombras, el poder vampírico de arrastrarla a las profundidades de los infiernos interiores de su alma atormentada. La duda establecida por las palabras del enigmático agente Dupree sobre la naturaleza de las alucinaciones de Amaia, no deja de ser significativa, pues aunque da una respuesta científica (las visiones son proyecciones de la mente), sus silencios y gestos indican que bien podría ser otro su origen.

Cuando Amaia se dice a sí misma que algo, resultado de terribles hechos antiguos que habían marcado su vida y hasta ahora sepultado en su alma, acaba de emerger y manifestarse como el mal,  nos encontramos ante otro de los elementos que singularizan el relato gótico. La lucha que se articula en los extremos del eje Bien-Mal es una constante ya en las remotas narraciones populares e infantiles de origen oral, pues suele asociarse a la lección moral  cuyo fin es transmitir una determinada visión del mundo y ordenar la sociedad en torno a valores que aseguren su control. Pero si en los cuentos tradicionales -más o menos fantásticos- los buenos y malos son  criaturas de carne y hueso, aunque aparezca alguna bruja que otra, en los relatos góticos el Mal se relaciona con el Maligno, el depredador demoníaco por excelencia, el representante de fuerzas que superan  la lógica humana para adentrarse en el obscuro territorio de lo sobrenatural y desconocido. La mitología vasca, rica en personajes y relatos legendarios, enmarca este combate entre la detective y el crimen, extendiendo sus redes simbólicas a un conjunto de entes mágicos que ayudarán a la protagonista en su intensa y dolorosa labor. Las lamias o ninfas de las aguas con pies de pato acompañan a Amaia en su cometido, del mismo modo que lo hace el basajaun o señor de los bosques, y la Andra Mari, la Señora de la Tierra, Madre primigenia y protectora de aquellos que solicitan su ayuda. Dolores Redondo ha creado un personaje más complejo que los brujos de las historias de Harry Potter o los guerreros de Star Wars, con el procedimiento de agregar rasgos mágicos y míticos a la heroína arquetípica.

Esta novela policíaca y gótica “a la vasca” se nos sirve adobada con los habituales y antiguos símbolos que  acogen los relatos de todos los tiempos, desde las más antiguas fábulas hasta la publicidad, el cómic, el cine, y por supuesto, la literatura. La asociación del bien con el sol, el día y la luz, además de remitirnos al poder de Zeus como dios de la razón y el conocimiento, ha sido enormemente productiva.  Puesto que nuestra heroína está amenazada por las fuerzas del mal, su itinerario discurre por los tenebrosos territorios de la noche, que pierde algo de su mítico sentido femenino y lunar para acentuar el peligro que acecha a la protagonista. Y decimos “algo” porque no hay que olvidar que Amaia está dotada de   especiales aptitudes intuitivas y una particular capacidad para la percepción de lo oculto que la aproximan al universo de las hijas de Selene. 


Las dualidades “día-noche”, “sol-sombra”, “luz-obscuridad”, además de definir los tópicos literarios del locus amoenus/agrestis, remiten al significado de los antitéticos “felicidad-sufrimiento”, “alegría-pena”, “amor-abandono”, “vida-muerte”. Por ello la naturaleza trasciende su función de distintivo espacial para alcanzar otros valores expresivos: por un lado, la fuerza desatada de sus elementos se concierta con los estados de ánimo de la protagonista del mismo modo que los tópicos mencionados sirven a la poesía o al cine.  En este sentido, la oscuridad nocturna, el viento, la niebla, la humedad y el frío se asocian con los actos de Amaia en los momentos de máximo desánimo, fatiga, riesgo o dificultad. Las borrascas y tormentas estallan alrededor de la inspectora y sus hombres en los instantes en que la investigación se estanca o la protagonista se siente abrumada por la preocupación o la angustia:

El intenso frío de aquella mañana venía acompañado de una espesa niebla que se aplastaba contra el suelo debido a la carga de agua que llevaba, y que parecía iluminada por un sol intenso, desconocido en los últimos días, que ahora se tornaba hiriente a los ojos, como si la niebla estuviese hecha de microscópicos trozos de cristal.
Cuando llegó a Elizondo eran las cinco de la madrugada, y el cielo permanecía tan oscuro como si nunca fuese a amanecer. No se veían ni la luna ni las estrellas que absorbían cualquier vestigio de luz […] Bajó un poco la ventanilla para sentir la humedad del río, que, por lo demás, resultaba invisible en la oscuridad y sólo se adivinaba como una mancha de seda negra.

Frente a estos espacios exteriores donde la naturaleza se muestra hostil con la protagonista, hay otro entorno donde el medio acoge y protege a Amaia en  la búsqueda de soluciones profesionales dentro de su proceso de salvación personal. Se trata de una concepción casi ceremonial del bosque y la cueva como templos donde se ofician las ceremonias mediante las cuales los hombres se acercan a sus dioses o a las fuerzas que éstos representan, sean positivas o negativas. Esta idea, que combina elementos mágicos y míticos, remite también a los impulsos telúricos que proceden de las misteriosas entrañas de la tierra para extenderse y tocar aquellos que, como  Amaia, son los elegidos por los poderes superiores que  guían el destino de los hombres. A este ámbito pertenecen también las menciones de los Itxsuria o cementerios familiares donde se enterraban los mairu-beso, los cuerpos de los niños fallecidos por muerte súbita en el primer año de vida. El tarttalo es una  versión del cíclope homérico y, como él, es un gran comedor de hombres y protagonista de relatos fantásticos donde es vencido por la astucia de un pastor semejante a Ulises:

Solitario, vive en una cueva, que según la zona se ubica en unos parajes o en otros, pero no en lugares tan inaccesibles como la diosa-genio Mari, sino más cerca de los valles donde pueda surtirse de alimento para calmar su voraz apetito de sangre. El símbolo que lo representa es el único ojo en mitad de la frente y desde luego, los huesos, montañas de ellos, que se acumulan en las entradas de las cuevas, fruto de su bestialidad.



Pero si hay un componente natural que se convierte en motivo estructural y simbólico del relato, ése es el río, el Baztán que discurre encajonado por su valle y divide a Elizondo en dos, regando tierras, engendrando nieblas y brumas e inundando las calles  con sus furiosas crecidas. Es el río-camino,  nutricio y esencial, que da su nombre –Ibai- al primogénito de la heroína de esta historia, a estas alturas convertida ya en mensajera de la diosa, en hada, en adivinadora e intermediaria entre dos mundos que, fusionados, conforman las dos facetas más destacadas de la personalidad de Amaia: intuición y lógica, creencia y razón, fe y pensamiento.

Además de todo lo dicho, esta novela contiene un mínimo relato de costumbres, desde las que seguían las  aldeanas vascas después del parto, a las que reflejan la naturaleza de una sociedad matriarcal, en la que la mujer ha disfrutado de cierta autonomía. También algunas incursiones en la Historia, como las referidas a los discriminados agotes y su justificada heterodoxia, en oposición a las maléficas sectas que convocaban brujas perversas, cuyos alimentos eran la maldad y el crimen, claves de esta historia. También son agradables los paseos por Pamplona, Zarauz y Bilbao, Guggenhein incluido.  Y como colofón está esa casa familiar, refugio contra el mal y fuente de sosiego y energía para  combatirlo. Un mal que se encarna en el asesino, un sujeto  diferente según quién lo estudie: para la Iglesia es una manifestación del mal luciferino, para la Psiquiatría, un trastorno o una enfermedad. De nuevo nos encontramos con otro dos conceptos -religión y ciencia- opuestos respecto a sus intenciones y fines, que configuran la realidad ficcional por donde transitan los personajes de esta historia hecha de retazos de información, magia y fantasía. El círculo como signo de la perfección une sus puntos en el infinito de una línea que vuelve sobre sí misma: unas manos nefandas rompen y extraen unos huesos de la itxusuria para desatar una serie de asesinatos, que, una vez resueltos, clausuran la narración en la última escena. En ella, con amorosa actitud, las manos de Amaia Salazar devuelven los huesos infantiles a su lecho original. La misión se ha cumplido; de nuevo, los buenos, capitaneados por la sagaz inspectora, han vencido. Hemos de reconocer que la novela ha sido una cómoda estancia donde nos hemos entretenido y disfrutado  con su lectura, aunque no tiene  el carácter de la casa del Baztán, un lugar terapéutico y protector de todo desasosiego, de toda perversidad. Nuestro libro no nos defiende de ancestrales o personales demonios interiores, pero en cualquier caso nos ha arrastrado a su mágico universo imaginario para que al menos no pensemos demasiado en ellos. Con algo de voluntad e inspiración, la descripción siguiente bien podría referirse también a un buen relato:

Para Amaia era aquella casa, la casa que parecía tener vida propia y se ceñía en torno a ella, cobijándola con sus muros y dándole calor. […] y era al traspasar el umbral cuando notaba las mil presencias que la acogían, acunándola en una paz casi uterina, que conseguía que la niña que debía velar toda la noche para que su madre no se la comiera pudiera al fin abandonarse frente al fuego y dormir. GB


 

Legado en los huesos





“LEGADO EN LOS HUESOS” de Dolores Redondo
Por José Luis Vicent.

Amaia Salazar, treinta y pocos años, trabaja en Pamplona para la Policía Foral de Navarra como Jefa de homicidios al mando de los subinspectores Zabalza —rara vez conforme en el reparto de tareas—, Jonan Etxaide —iluminando los casos como antropólogo y arqueólogo y alejado de las tertulias masculinas junto a la cafetera—, y de los inspectores Iriarte —eficaz y resolutivo—y Fermín Montes —reingresado al equipo gracias a un suplicado informe favorable por el que llegó con ella hasta las manos—. Sin olvidar a San Martín, el médico forense capaz de leer en las entrañas de las víctimas. Las disfunciones o desconexiones entre distintas brigadas o cuerpos policiales así como algunas competencias judiciales serán a menudo objeto de crítica.
Amaia Salazar y sus apoyos profesionales, como el teniente Padua de la Guardia Civil y sus informaciones que dan inicio a la investigación. El juez Markina, apuesto galán empeñado en doblegar la férrea voluntad de la inspectora, que tras algún requiebro a la imaginación y una disertación con la doctora Tkachenko mientras analiza huesos, pelo y saliva, consigue dejarlo a él en su sitio —con la copa en el restaurante o la pluma en el despacho firmando autorizaciones—, y a su celosa secretaria haciendo méritos pegada a su puesto. Y en la distancia, allá en Quántico donde impartió unos cursos sobre “lo que cuentan las víctimas”, Aloisius Dupree, instándole a que “busque el origen” y extrañamente desaparecido dejando como quien dice una puerta abierta.

Amaia Salazar y su marido James, el bondadoso y comprensivo escultor capaz de aguantar las tensiones y los horarios de una jefa de policía o de coger el sueño en momentos que a ella le parecen según los mire, inaceptables o envidiables, y de ultimar en soledad el montaje de la exposición en el Guggenheim: lo máximo a lo que un artista puede aspirar.
Amaia Salazar y su hijo Ibai, nacido varón contra todo pronóstico mientras en el parto no deja de llamarlo por el nombre que como río significa. Obsesionada por su protección, consecuencia de un pasado repleto de miedos, en su periodo de lactancia sufre por llegar a casa antes que James le tenga preparado el biberón y si lo hace diez minutos tarde se lo echa en cara por no haber esperado un poco para luego lamentarse y autocalificarse como una “madre de mierda”.

Amaia Salazar y sus hermanas mayores Flora y Rosaura. La primera viviendo frente al mar de Zarautz y colocada en un programa de la televisión vasca. La segunda sacando adelante el obrador que heredó de su padre. Ambas distanciadas por un asunto turbio relacionado con el asesinato de Anne Arbizu, que terminó con Freddy paralítico en un intento de suicidio y abandonado por Ros que es responsabilizada por su suegra con pintadas nocturnas en la fachada del obrador, y con Víctor —psicópata asesino “purificador de putillas”—, muerto en supuesta defensa propia a manos de su esposa Flora cuando aquél descubrió la relación de Anne con su mujer.


Amaia Salazar y sus padres. Juan ya fallecido y Rosario internada en un psiquiátrico desde que casi termina con la vida de Amaia cuando ésta tenía nueve años tras asediarla con frases como “duerme pequeña zorra, la ama no te comerá esta noche”. Sus desequilibrios empezaron en reuniones que compartía con su amiga Elena Ochoa cuando Amaia aún no había nacido y que pasaron de la expresión corporal al sacrificio de animales —gallos, gatos o cerdos—, a fin de alcanzar el SACRIFICIO en mayúsculas y de las que la traidora Elena se alejó recibiendo desde entonces recordatorios de las “belagile” como sangre o nueces. Cuando Rosario decide que su tercer parto se realice en casa ya es una mujer depresiva y endemoniada. Nacen dos niñas gemelas y en un momento que está sola, asfixia a una y a punto está de hacerlo con la segunda.  Amaia da con Fina Hidalgo —hermana del doctor que la asistió y única superviviente conocedora del hecho además de su madre—,mujer ya de 65 años que no ve diferencia alguna entre abortar y morir —matar— si se detecta alguna tara y contraria a “ser de esas” en alusión a la actitud discordante de Amaia. Consigue el certificado de defunción como “muerte de cuna” y la certeza de que está enterrada en el cementerio de Polloe como única hija —y por tanto fallecida— de ese tercer parto a ojos de sus distanciados tíos de San Sebastián. 


Amaia Salazar y su tía Engrasi, con su casa de Elizondo donde siempre hay lugar para acogerla. La mujer de pelo blanco dispuesta a echar una mano a su sobrina en cualquiera de las formas posibles a su alcance, como ese tarot que le habla de fuerzas que tiran de ella en varias direcciones buscando el equilibrio o donándole en vida Juanitaenea, la casa familiar que James acepta rehabilitar con entusiasmo. La casa cuyo huerto contiguo está al cuidado de un hombre huraño poco sociable. La casa donde descubre en el desván, una cuna idéntica a la que fue suya. La casa donde se encuentra el itxusuria, franja de tierra bajo la gotera del tejado donde se entierra a los niños sin bautizar y directamente relacionado con la profanación de la Iglesia de Iruzkun donde se hallaron los “mairu-beso”: huesos de los brazos de esos niños.

Amaia Salazar y los casos abiertos en torno a crímenes machistas de asesinos confesos que terminan suicidándose eludiendo la vigilancia policial con la ayuda externa que les proporciona el arma —como un cúter o un matarratas—, el lugar —como el retrete o la propia celda— y el  mismo mensaje escrito sobre las paredes con sangre o heces: “Tarttalo”: Cíclope que en la mitología vasco-navarra se alimenta de ovejas, doncellas y pastores amontonando en la entrada de su cueva los huesos de la cacería. Todos con una amputación post mórtem de un brazo de las víctimas a manos del “asesino inductor”. Se piensa en un renacimiento del odio o venganza de los “agotes”: hombres aislados de la sociedad que sufrían persecuciones religiosas en el medievo. Se llega hasta el joven Beñat Zaldúa, autor de un blog al respecto, que les lleva a poco más que su lista de contactos. En plena investigación aparece un tal Antonio Garrido, que cumplida la condena por mantener a su mujer Nuria encerrada y torturada durante dos años, vuelve a por ella y huye bajo el ruido de sus disparos.

Amaia Salazar, la hechicería y la superstición que rechaza y recibe al mismo tiempo en forma de sueños como el de Lucía Aguirre en el borde del río con su jersey blanco y rojo que ya había visto en una foto de su casa, repitiendo aquella misma palabra entonces ininteligible. E-mails desafiantes como “la dama espera su ofrenda” firmados por El Peine dorado y el logotipo de la “lamia”: ser formado por una mujer hermosa de largos cabellos rubios con extremidades inferiores de animal que según la leyenda, un pastor que la descubre termina con el dedo amputado al no poder quitarse el anillo de enamorado. Las ofrendas en la colina de “Mari” y su "Roca Mesa”, a cuyo derredor se deben depositar los cantos rodados del propio hogar. La entrada a la cueva de la que se debe salir del mismo modo que se ha entrado. Los rebaños que se ponen en movimiento golpeando sus cencerros alertando de la presencia humana al silbido del “señor del bosque”. Los encuentros con extraños como la joven que llevaba en su mano la piedra que Amaia acababa de subir a la colina, que decía estar siempre embarazada y añadía “es usted de esas” que aceptan consejos ajenos acerca de los bebés antes que la propia intuición maternal. Su escabroso pasado y la relación directa contra su persona se alterna con el avance de la investigación, a menudo propiciado por un hecho casual como la foto que ve de Lucía con aquel mismo jersey al pasar por delante de la funeraria de Elizondo, confirmando la relación de las víctimas con un Baztán lleno de belleza y misterio. Más tarde, la constatación de que el asesinato de Johana Márquez a manos de su padrastro Jasón Medina en “la borda” —refugio de pastores— es distinto del resto porque no era nacida en el valle, abre la posibilidad de que el Tarttalo, arrastrado por la codicia sexual pueda ser además experto en estudio del comportamiento.


Amaia Salazar y el padre Sarasola, alto cargo del Vaticano, miembro del Opus Dei y responsable de asignar psiquiatras a las cárceles, siempre en busca de casos con matiz extra, “el matiz del mal”. Primero interesado en la resolución de la profanación de la Iglesia de Arizkun y después en llevarse a Rosario de la —a su modo de ver y el de la propia Amaia— deficiente clínica Nuestra Señora de las Nieves donde aquella ha atentado contra la vida de un funcionario saltándose inexplicablemente un mes de medicaciones y dejando el mismo mensaje oculto detrás de la cama. El doctor Franz, director del centro, empezará a sembrar dudas sobre él y terminará asesinado en el aparcamiento de la Clínica Universitaria que dirige Sarasola.

Amaia Salazar, y su interés por el “origen y la discordancia”. He aquí el final por si alguien que no lo conoce o precisamente por eso, se lo quiere saltar de leer o escuchar. Antonio Garrido es capturado por Jonan y Montes, evitando in extremis que se suicide en el antiguo hospital de Elizondo. Por otro lado, el estudio de algunas imágenes de las cámaras de seguridad de la clínica de las Nieves, concluyen que el misterioso visitante de Rosario era un tal doctor Berasategui —que, entre otros, impartió terapia del control de ira al  inspector Montes, según el cual, no sirve para regenerar sino para aprender a decir que lo estás—. Así que mientras el interrogatorio de Garrido apelando la presencia de la “poli estrella” solo les hace perder deliberadamente el tiempo, se descubre que Berasategui es hijo del huraño jardinero Esteban Yañez, el único que conocía la existencia del “itxusuria”. Adoptó el apellido de la madre tras ser rechazado por el padre y enviado a Suiza a la muerte de aquella en otro supuesto suicidio algo más que alentado por el marido, dando lugar a lo que Amaia calificará como el “origen”. Berasategui, psiquiatra destacado del Hospital Universitario huye con Rosario y mientras Amaia interroga a Sarasola, llega hasta casa de la tía Engrasi en un día de perros, la golpea y se lleva al bebé hasta la cueva donde se librará un final épico tras una persecución de Amaia y su inseparable Jonan, rezagado al herirse en la pierna con una rama arrastrada por las aguas desbordadas de un río embravecido cubriendo gran parte de las resbaladizas tierras del Baztán. Su llegada coincide con el momento en que su madre traza con un cuchillo líneas imaginarias sobre el pecho del bebé bajo el innecesario aliento del doctor, hasta que al quitarle el pañal, queda paralizada al descubrir que es niño y no una “zorrita” como ella creía. Aprovechando la confusión, Berasategui es reducido mientras su madre se aleja lentamente. Cuando llega Jonan a la cueva, Rosario ya ha escapado y el doctor es llevado a comisaría, donde él y su abogado se esfuerzan en presentar coartadas ajenos a la prueba de la “discordancia” que le delata: la saliva que dejó en el trocito de carne del brazo de Johana a la que no se pudo resistir y que guarda como un trofeo. De Rosario solo aparece su gorra y su plumífero un par de kilómetros río abajo y a pesar de que le aseguran que está ahogada en el Cantábrico, Amaia seguirá sintiendo su amenaza como una soga que le ata.

Amaia Salazar, dentro de esta especie de censo de seres vivos, muertos, racionales e irracionales, es sin duda el epicentro del reparto literario en una historia de agilidad en el verbo y en la acción, donde el lugar es tan significativo que difícilmente se podría haber desarrollado en ningún otro sitio que no fuera el húmedo y sombrío Baztán, cuyas voces se dejan oír cuando se abren las puertas de trinquetes y tabernas, o se dejan sentir junto a los puentes bajo las profundidades del río.
Aunque no lo he hecho, imagino que leer la trilogía completa del Baztán acabará formando un círculo que a Dolores, como en ambos casos su nombre indica, le habrá quedado Redondo.


lunes, 8 de febrero de 2016

Bio-bibliografía





LEONARDO PADURA
Apunte bio-bibliográfico
Antonio Rey

Leonardo de la Caridad Padura Fuentes, “Nardito” para su gente, nació, en 1955, en el barrio de Mantilla, antigua localidad habanera ubicada en el municipio Arroyo Naranjo al sur de la capital y hoy asimilada a ella. Es un barrio semirural debido a la distancia del centro de La Habana, populoso, con intensa actividad comercial, y donde muchos de sus habitantes se agrupan en las esquinas a conversar y pasar el rato.

Realizó sus estudios preuniversitarios en el barrio de La Víbora que según la tradición popular  debe su nombre a que, a mediados del siglo XVIII, los viajeros que transitaban los poblados de la hacia La Habana, hacían una estancia en este lugar donde había una farmacia que se anunciaba con el consabido emblema médico de la serpiente, motivo por el que los viajeros comenzaron a llamarla “La parada de la víbora”, en alusión a dicha farmacia. De aquí es su esposa Lucía López Coll y, naturalmente, estas zonas de La Habana muy ligadas espiritualmente a Padura, se verán reflejadas más tarde en sus novelas. 

Padura estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de la Habana (fundada en 1728 por los frailes dominicos de la orden de predicadores) y ubicada en una colina en la barriada del Vedado. Es la universidad mas antigua de  Cuba y una de las primeras de América y consta de 21 facultades y 18 centros de investigación. Se licenció en 1980 y ese mismo año comenzó su carrera como periodista en la revista literaria para la juventud llamada El Caimán Barbudo, fundada en 1966 y que se sigue editando. Colaboró también en el periódico Juventud Rebelde, publicación también destinada fundamentalmente a la juventud, que desde su inicio (1965) fue diario y posteriormente semanario (1990). 


Su primera novela es una novela corta, Fiebre de caballos,  
básicamente una historia de amor que escribió entre 1983 y 1984. Pasó los 6 años siguientes prácticamente dedicado al periodismo y escribió largos reportajes sobre temas culturales e históricos, que, como él mismo cuenta, le permitieron tratar esos temas de manera literaria. 

En 1988 salió por primera vez de Cuba para acudir a la 
Semana Negra de Gijón y allí conoció a Manuel Vázquez Montalban, que le regaló su novela La soledad del manager que, de alguna manera, le afianzaron en su idea de escribir novela policiaca. Ha dicho alguna vez que aprendió de los autores clásicos, sobre todo de Hammet y Chandler, pero también de Vázquez Montalban y Leonardo Sciascia.

En aquel tiempo empezó a escribir su primera novela con el detective Mario Conde y, mientras lo hacía, se dio cuenta "que esos años que había trabajado como periodista, habían sido fundamentales" en su "desarrollo como escritor". "Primero, porque me habían dado una experiencia y una vivencia que no tenía, y segundo, porque estilísticamente yo había cambiado absolutamente con respecto a mi primera novela", explica Padura en una entrevista.

Mario Conde es un personaje que arrastra una desilusión, un desencanto, una melancolía, y esa visión, es en buena medida la que tiene su generación con respecto a la realidad cubana. Conde es un policía que hubiera querido ser escritor y que siente solidaridad por los escritores, locos y borrachos. Y Mario Conde, de alguna manera, con su grupo de amigos trata de reproducir todas las vicisitudes materiales y espirituales que ha vivido su generación.

Cuenta Padura que, el protagonista de estas novelas policiacas ha dejado de ser un personaje literario para convertirse en una persona, y mucha gente de muy variados sitios de La Habana le preguntan por la vida de Mario Conde, lo que significa que para esos lectores el personaje de ficción ha pasado a ser una persona real. No es su alter ego, pero si ha sido la manera que ha tenido Padura de interpretar y de reflejar la realidad cubana. Por otro lado, las historias ocurren siempre en La Habana ciudad; algunas de ellas parten de un barrio que no está nombrado nunca, pero todos los que lo conocen saben que se trata del barrio de Mantilla, donde nació y vive.

En orden cronológico, las novelas de Conde son:

          Pasado perfecto (1991)
          Vientos de cuaresma (1994)
          Máscaras (1997)
          Paisaje de otoño (1998)

Estas cuatro, forman la tetralogía llamada de Las Cuatro Estaciones, porque cada novela se desarrolla y ambienta en una estación del año. A estas le siguieron:
          Adios Hemingway (2001[Cuba]-2003[España])
          La cola de la serpiente (1998-2006)
          La neblina de ayer (2005-2009)
          La cola de la serpiente (versión corregida) (2011)



Otras novelas del autor son, además de la citada Fiebre de caballos, La novela de mi vida (2002), de estilo detectivesco sobre la vida y obra del poeta cubano José María Heredia.

En el año 2009, Tusquets, su editor en España, publicó una de sus obras más ambiciosas, una novela titulada El hombre que amaba los perros, en torno a las figuras de dos grandes personajes del siglo XX: León Trotsky y Ramón Mercader, su asesino, y donde las críticas a la sociedad cubana alcanzan las cotas mas altas. La novela, basada en hechos reales, guarda respeto absoluto por los hechos históricos. Dijo Padura una vez, citando a Alex Halley, autor de Raices, que si las cosas no sucedieron como él las contaba en la novela pudieron perfectamente haber ocurrido como él las cuenta, porque la investigación histórica que realizó le permiten asegurarlo. Todo lo que se dice sobre Trotsky en la novela es probado históricamente e igualmente todo el proceso en que se ve envuelto Ramón Mercader también está documentado, pero con este personaje si que hay grandes dosis de ficción. Ramón Mercader es un personaje que entra en la historia el 20 de agosto de 1940 cuando mata a Trotsky. Antes de eso era un militante comunista español que había estado en la guerra civil, como tantos otros, y después es un hombre que fue a la cárcel en Méjico durante 20 años, durante los cuales nunca reconoció que fuera el asesino de Trotsky enviado por Stalin y la NKVD (la antecesora de la KGB) siempre diciendo que era Jacques Monard; desapareció de la vida pública y vivió 14 años en Moscú en el más absoluto anonimato, para pasar los cuatro años finales de su vida en Cuba. La vida de Mercader, Padura la reconstruye con una cantidad muy pequeña de hechos comprobados y el resto lo ha reconstruido en base a lo que otras personas han dicho de él, personas que estaban cerca de él y escribiendo de lo que se ha podido suponer que hizo Mercader en determinados momentos.

Todos los acontecimientos que se presentan en la novela son probadamente literarios, pero vistos desde la perspectiva de un individuo que es ese narrador cubano que muere al final. Ese narrador -ha subrayado Padura- es muy importante en esta historia, no solo porque aporta una visión cubana de un fenómeno que fue universal, el fenómeno del comunismo que, con mayor o menos intensidad según países, marcó todo el siglo XX, sino también porque este personaje que recibe la historia, y al final nos la transmite aunque no directamente, crea como una distancia entre la realidad y lo que el lector está leyendo, y ese espacio es la ficción. Es justamente en este espacio donde ya entra la subjetividad de un individuo y esa subjetividad es la propia de la literatura.

Su novela más reciente, Herejes (2013) fue también publicada por Tusquets. En ella Padura combina magistralmente los resortes narrativos del género histórico y de la novela negra.

Desde el año 1989 Padura ha venido publicando también libros de cuentos. El último es una recopilación en un volumen titulado Aquello estaba deseando ocurrir, aparecido en 2015; son relatos cargados de amor y erotismo, nostalgia y amistad dentro de una atmósfera caribeña cargada de personajes inolvidables.

Además de todo lo anterior y junto a su mujer, ha escrito los guiones cinematográficos:



          1995 - Yo soy del son a la salsa, documental premiado en el 8º festival de cine latinoamericano de La Habana
          2011 - Siete días en La Habana. (Siete historias dirigidas por siete directores diferentes, tres de las cuales fueron escritas por Padura)
          2014 - Regreso a Itaca - Dirigida por Laurent Cantet

Le han concedido numerosos premios, desde el UNEAC, en 1993, el Café Gijón en 1995, el Dashiel Hammet en 1998, el Premio de la Critica Literaria, en 2011, por El hombre que amaba los perros, y el Robert Callois, ese mismo año. Tiene también el Premio Nacional de Literatura (Cuba, 2012), el Premio Internacional de Novela Histórica (2014) y el Princesa de Asturias de las Letras (2015)


Sugerencias para una lectura posterior:

La bibliografía sobre Trotsky es ingente. La biografía más completa es la de Isaac Deutscher (1954). Trotsky. El profeta armado (1879-1921). Santiago de Chile: Lom. (Del mismo autor: Trotsky. El profeta desterrado y Trotsky. El profeta desarmado). Sobre Mercader merecen citarse los clásicos: Cabrera Infante, Guillermo (1968). Tres tristes tigres. Barcelona: Seix Barral,  y Semprún, Jorge (1970). La segunda muerte de Ramón Mercader. Caracas: Tiempo Nuevo. Recientemente se ha publicado la que hasta ahora es su biografía mas completa y extensa: Puigventos, Eduard (2015). Ramón Mercader. El hombre del piolet. Biografía del asesino de Trotsky. Barcelona: Now Books. También merecen citarse el documental Asaltar los cielos de José Luis López-Linares, Javier Rioyo (1996) y el film, El asesinato de Trotsky de Joseph Losey (1972).


sábado, 6 de febrero de 2016

El hombre que amaba los perros. GB




 Conjeturas, atisbos y otras impresiones

Si tuviéramos que elegir el número más recurrente en las novelas de Leonardo Padura, éste  sería el tres. Se siente cómodo en estructuras narrativas en las que triplica el espacio-tiempo de sus historias, que  se ofrecen al lector en paralelo, un término cinematográfico habitual para un autor versado en guiones audiovisuales y cine documental. Este recurso orgánico aparece ya en La novela de mi vida (2002), se amplía en El hombre que amaba a los perros (2009) y culmina en Herejes (2013), un título que remite a un tema latente en toda la  producción literaria de Padura: su reivindicación de la heterodoxia y la libertad frente a un poder totalitario e intolerante, proceda éste de la política, las convenciones sociales o la codicia de los hombres. En la novela que nos ocupa las tres historias comparten un mismo tema, el desmoronamiento de los sueños y proyectos vitales de tres hombres: León Trotsky, su asesino Ramón Mercader, y el narrador Iván, un joven cubano que alterna los dos relatos históricos con el de su propia vida. Los tres protagonizan su particular viaje interior, un itinerario personal y existencial que contextualiza la peripecia privada de cada personaje en su respectivo contexto histórico. Los diez años del exilio de Trotsky (1930-1940) se expanden en los detalles de una biografía que  ocupa los sesenta y dos de la historia de Ramón Mercader (1936-1998), y los veintisiete de los recuerdos del narrador Iván (1977-2004).

Tres tiempos no correlativos que seleccionan fragmentos temporales de la Historia para generar personajes que sitúan sus vidas en el espacio ficcional de esta novela, de la que podríamos decir que se basa en la Historia sin ser exactamente una novela histórica. En todo caso, nos encontramos ante un híbrido compuesto de datos constatables e imaginarios, lo que nos permite tanto entender los hechos ciertos como acceder al ámbito de las nebulosas emociones. Los dos mundos, el objetivo y el subjetivo, se imbrican para enriquecer y multiplicar el punto de vista del lector, que, como siempre, es libre de aceptar o rechazar la verosimilitud de un universo literario donde habitan algunos personajes que antes fueron personas. Es evidente que la voz narradora del  escéptico Iván podría interpretarse como el alter ego del autor, respecto a sus experiencias juveniles en la Cuba castrista y a las frustraciones de un proyecto social y político que conformó las ilusiones de una generación y una sociedad  trasladadas a los escenarios de la obra de Padura. Aquí apenas se insinúa el rico y sugerente cuadro de costumbres y realidades que componen el espacio urbano habanero por el que se mueve y vive el detective Mario Conde de la serie negra, pero ya se perciben la decepción y la derrota de los viejos ideales.

Pues esta novela nos habla sobre todo del poder y las artimañas manipuladoras de los hombres y de la Historia, que rueda implacablemente llevándose a los vivos y a los muertos.  También es una crítica a los regímenes totalitarios y su peligrosa ortodoxia, empeñada en la eliminación del oponente como medio de perpetuación en el poder de los que  dirigen y configuran el mundo  al servicio de su tiránico interés individual. Y propone una reflexión sobre el tesón, el miedo y la culpa, sobre el odio y el rencor, sobre el papel a veces complementario de la víctima y su verdugo, el salvador y el salvado, y, claro está, sobre la inevitabilidad de la muerte. Y finalmente, los perros como metáfora de la fidelidad sentimental que atenúa el dolor y la soledad de los personajes. Los perros son como símbolos que vagan por las páginas de las novelas de Leonardo Padura y acompañan a sus  criaturas en su periplo de amargura y privaciones. Los galgos rusos que pasea Ramón Mercader son los destinatarios de su faceta más humana, otro aspecto de una personalidad previamente etiquetada sin matiz alguno; pues en lo que es rica esta historia es en matices, esos que ensanchan la perspectiva al mostrar otros puntos de vista, al permitir al lector aproximarse al universo sentimental e íntimo de unos personajes que no son conscientes de la evolución de su íntimo proceso, aunque en eso también hay diferencias y grados, como veremos.


El narrador y su historia

El narrador, Iván Cárdenas, es el responsable de la organización del material de las tres historias y su disposición en la novela, pues en el relato de su vida se insertan los episodios de los que derivan las narraciones sobre Trotsky y Mercader. El tiempo de la historia abarca desde 1977 a 2004, pero el tiempo del discurso es circular, pues se inicia y acaba en 2004 con las consiguientes retrospecciones y prospecciones que constituyen el marco de la trama argumental. Estos saltos temporales pueden confundir al lector ya que se mezclan las secuencias de su pasado juvenil revolucionario con el desencantado presente cercano y los momentos en que conoce la historia de Ramón Mercader, narrada por un imaginario heterónimo Jaime López, hecho que a su vez impulsa a Iván a leer biografías de León Trotsky y a ilustrarse sobre otros personajes de la Historia. El relato arranca con la muerte de Ana, su pareja, y finaliza con la del narrador, las dos en el mismo año, con tres días de diferencia. Ambas se asocian a catástrofes que invocan de forma indirecta ciertas fuerzas telúricas: el empeoramiento de la salud de Ana coincide con la llegada de un terrible ciclón, cuya intensidad se atenúa  hasta desaparecer en el momento de la muerte. También Iván perece aplastado, junto con su perro Truco, por el derrumbe de los techos de su casa. El sentido simbólico de este hecho  se infiere del relato de un testigo, su amigo Daniel Fonseca, la voz narradora que cierra la historia de Iván, el depositario y transcriptor  de sus papeles, los que  contienen las vidas de Mercader y Trotsky, verdugo y víctima…

Ante mí estaba el fin previsible de un camino, un desastre de resonancias apocalípticas, la ruina de una casa y de toda una ciudad, pero sobre todo de unos sueños, unas vidas. Aquel montón de escombros asesinos era el mausoleo que le correspondía en la muerte a mi amigo Iván Cárdenas Maturell, un hombre bueno contra el que el destino, la vida y la historia se habían confabulado hasta destrozarlo.

La cita anterior pone en claro el sentido de la novela, y el hecho de que sean escritas por un narrador vicario en el capítulo Requiem cierra y afianza el mensaje sobre las personas cuyas vidas han sido heridas por la Historia.

 Los nueve capítulos  dedicados a  esta historia, narrada en primera persona, muestran al lector el proceso creativo del novelista, su evolución personal, literaria y política. Son como las bambalinas del teatro, ese lugar situado tras el telón y el escenario donde se encuentra la maquinaria que mueve los hilos de la representación ficcional. La larga retrospección sobre el entierro de Ana y la rememoración de la larga y dolorosa enfermedad que se la llevó al otro mundo, incluye también la mención de un secreto y escondido manuscrito, relegado al olvido por un Iván paralizado por el sufrimiento y el miedo. Se supone que el reproche de Ana respecto al pusilánime silencio de Iván hace emerger la historia de un pasado que  se inicia en 1977, año en que Iván conoce al misterioso hombre que paseaba sus perros por las playas de Santa María.

A partir de ese momento, el lector será testigo de dos historias: una es la que contiene los encuentros entre el narrador y el misterioso paseante, cuya personalidad se oculta tras nombres como la del hispano Jaime López, como ya dijimos. La otra es la que muestra el itinerario existencial de Iván, desde sus ingenuos años universitarios hasta la madurez del desengaño. El desvelamiento de la verdadera identidad de Ramón Mercader se va produciendo de forma lenta y paulatina y no siempre clara para el lector, que debe situar las dos historias en diversos segmentos temporales ocasionalmente  superpuestos. Si sirve de aclaración, diríamos que la memoria del narrador comprende aproximadamente veintiséis años (1973-1999) de los que sólo en uno (1977-1978) coincide con el asesino de Trotsky. Si se nos permite un paréntesis, no deja de extrañarnos la confusa articulación secuencial de las tres líneas temporales que conforman el argumento de esta novela, en un escritor que ya había utilizado este recurso con  eficacia en La novela de mi vida, siete años antes.

En ese periodo de tiempo retrospectivo se funden y confunden los episodios sobre los encuentros entre Iván y el solitario hombre de los perros, sus borrosas y doloridas confidencias sobre  la vida de Mercader y su papel en la Historia, hasta  su silencio definitivo en el verano de 1978. La forma en que  llega a las manos de Iván el misterioso manuscrito con las notas complementarias de los últimos años de la estancia cubana de Mercader, parece tan caprichosa como innecesaria, lo que cuestiona la verosimilitud de esta parte del relato. Sin embargo, hay que reconocer que este fragmento está lleno de reflexiones íntimas, que en ocasiones acentúan la tensión lírica del discurso, en las que el narrador hace aflorar su implicación, a veces compasiva, con la   circunstancia vital de su personaje. Así resume su primera impresión sobre el abatido caminante:

“El hombre debía andar por los setenta años, (después sabría que tenía diez menos), llevaba el pelo entrecano cortado en cepillo y usaba unos espejuelos de armadura de carey. Era alto, desgarbado.”

Los atardeceres en la playa, los  galgos rusos y el vigilante negro completan el círculo humano que rodea la enigmática presencia del viandante, abstraído en las interioridades de su personal tragedia.


Mayor espacio ocupan las abundantes rememoraciones de Iván, donde va desgranando los episodios más significativos de su vida y del entorno cultural y político del régimen cubano. En la historia de Iván se filtran hechos, anécdotas y opiniones que, como dijimos, nos hacen pensar en el alter ego del mismo Padura, tantas son las similitudes entre el personaje y su creador. Ambos son universitarios ilusionados por el proyecto revolucionario, ambos son escritores, y ambos sufren en sus carnes las consecuencias de sus ansias de libertad. La denuncia  de la intolerancia totalitaria y una actitud escéptica ante los que rigen los destinos de los hombres evidencian la mutación de un personaje como referente de una generación, que evolucionó desde la candidez  juvenil al cinismo de la madurez. A este sector narrativo pertenece el exilio a Baracoa y  la dureza de unos juicios que apuntan al desencanto.

Nos habla de una Literatura encorsetada  por la política o que más bien parece una cabrona escalera y no el oficio para masoquistas infelices que en realidad es. Ve al hombre como el simio inteligente del que hablara Chandler, su admirado mentor y responsable del título de la novela. De su ingenuidad juvenil y romántica, se duele del jodido tabú de la virginidad, lo que le lleva a consideraciones más amplias: Nada es más cercano a la moral comunista que los preceptos católicos. La crítica, dolorida e irritada, se hace cada vez más áspera, a la vez que se  materializa la frustración por las ilusiones desaparecidas. Las palabras de sus compañeros mayores en edad y experiencia así lo muestran: Prepárate, socio: aquí te van te van a hacer un cínico o te van a hacer mierda. Bienvenido a la felicidad real –le dicen sobre el destierro de Baracoa-, cuya sintética descripción -pueblo chico, infierno grande- ilustra muy bien en qué consistía. Toda una declaración, más cercana al estilo conceptista  que al barroquismo de la exhuberancia caribeña. Y eso, la precisión y la agudeza hay que registrarlos como marcas del arte narrativo de Padura, tanto como  su gusto por el número tres. La soledad, el miedo y la rabia impregnan esta historia, donde se imbrican los datos sobre Mercader con las consideraciones políticas y literarias de Iván. Así, el interés de éste por la vida de Trotsky es provocado tanto por su contacto con Mercader como por los sufrimientos de su hermano William, perseguido y obligado a huir a causa de su homosexualidad. Iván considera que ambos son fugitivos y víctimas de la intransigencia y sectarismo de los poderosos, pues los dos se ven condenados a una huida que no han elegido.

Y de este modo, la historia de Iván Cárdenas es también la de su país, que se nos ofrece a través de una selección de hechos que ilustran los cambios acaecidos en Cuba en el tercer cuarto del siglo XX. El fin de la bonanza económica propiciada por la caída del régimen soviético, la precariedad, pobreza y solidaridad del pueblo, y las masivas salidas de cubanos hacia EEUU, culminan en una lúcida valoración de los años 90, con  la perestroika y la glasnost que trajeron  el desvelamiento de la cruda realidad, o los tiempos en que se concretó el gran desencanto.  En este itinerario político y literario, el narrador, como Padura, deja testimonio de la aparición de una nueva generación perdida a la que pertenece su detective investigador Mario Conde, un hombre tan escéptico y desengañado como Iván y otras criaturas salidas de la pluma de su creador. Lo que Iván llama su desencanto cósmico le lleva a los  territorios de la muerte, pues, incapaz de dar salida a su relato, traslada esta  responsabilidad a su amigo Daniel Fonseca, el escritor sustituto. Su voz se silencia con su muerte, azarosa y deseada, en lo que sería un arbitrario y simbólico derrumbe del hogar. Un accidente menos violento y con menor fuerza telúrica que el ciclón que rodea la muerte de Ana y con su fin también se desvanece. Lo que queda y permanece es el manuscrito del amigo, con una frase que ha tomado de Ramón Mercader, que cierra el relato de su vida: Yo también soy un fantasma.


Liev Davidovich, León Trotsky

La historia del exilo y muerte de Trotsky discurre a lo largo de diez capítulos  intercalados  en las historias de los otros dos personajes, como es habitual en Padura. El relato, conducido por una voz omnisciente y en ocasiones altamente subjetiva, combina la narración de  hechos con la descripción de sentimientos, la exposición de ideas y la argumentación de opiniones y juicios. Al contrario de la línea narrativa anterior, esta historia se estructura alrededor de un tiempo lineal y cronológico, con escasas pero francas e intensas retrospecciones, que abarca los diez años del destierro de Trotsky y parte de su familia junto con su perra Maya. La década 1930-1940  integra uno de los periodos más interesantes y convulsos de la historia europea, a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, entre el dominio del nazismo y la amenaza comunista. Todo ello proporciona al escritor un material  a través del que  su mirada personal penetra dentro del personaje para observar y transcribir sus emociones más íntimas, y sus reacciones ante un entorno casi siempre hostil. Todo ello se vierte en una dialéctica entre vida interior y exterior muy adecuada para empatizar con el protagonista y profundizar en su conocimiento.

Los hechos se inician en el paisaje árido y majestuoso de Alma-Ata, en Kirgistán, donde Trotsky expresa en bellas palabras su conmovida visión de los pétreos horizontes y la relación telúrica entre los hombres y la tierra.  Al frío extremo se unen las penurias materiales y la pérdida de la libertad. Su estancia en Turquía, único país que le concede asilo, en la aislada Büyük-Ada, supone un relativo y apacible paréntesis donde escribir y repasar sus textos sobre la Historia. Luego, el breve viaje a París y al Midi francés para acabar en Noruega, de donde partirá hacia México, el destino final que le reunirá con la muerte. Lo interesante no son estos hechos, sobradamente conocidos, sino las impresiones que aquellos suscitan, las emociones que evocan, las ideas que sugieren. Lo que queda tras la lectura de esta parte de la novela es un acercamiento más  próximo al personaje, una mayor comprensión de sus miedos y su particular tragedia.

Hay que tener en cuenta que nos encontramos ante un sujeto que es un teórico  de la revolución a la vez que un activista comprometido. Su proyecto de un mundo nuevo y mejor queda truncado por su disidencia con Stalin con el consiguiente castigo y deportación. La personalidad de Trotsky es la de un trabajador incansable y la de un hombre de profundas convicciones, por lo que la historia de su vida es inseparable de sus reflexiones sobre el mundo y el devenir de la Historia. Su fe en la reversión de los acontecimientos que le han abocado a sentir que el mundo es su cárcel, es inmensa, y como el ave Fénix cree poder resurgir de sus cenizas. Por ello escribe cartas y manifiestos, busca amigos y apoyos, convoca Internacionales de adeptos y deja testimonio escrito de sus más extensas reflexiones.

Su confianza se trunca en Turquía cuando sus amigos los Paz le abandonan por otras propuestas políticas más acomodaticias, lo que les vale el reproche de ser considerados Bolcheviques de salón o burgueses revolucionarios. Hay que considerar que el ánimo de Trotsky se encontraba aminorado por el suicidio de Maiakovski, lo que, unido a la percepción de su soledad, le sume en la depresión del que se siente abandonado, difamado y anulado por la propaganda estalinista y su política de abducción de opositores. Sin embargo no se rinde al desánimo y se dispone a emprender de nuevo una lucha en la que su principal arma será su pluma. En un momento de inspiración en el que critica duramente la opresión estalinista contra la cultura y el arte, se compara con Tolstoi en el espíritu de una de sus frases más significativas:  la Historia lo había vencido, pero sin quebrarlo.

Ese periodo está poblado de reflexiones sobre los mecanismos del poder, aplicados a la política represiva de Stalin y su proceso sociopolítico de abandonos, deyecciones, suicidios, deportaciones, fusilamientos…. Y al mismo tiempo que analiza su propia trayectoria como líder político, contempla los excesos del poder que aplicó en su momento, para concluir que el daño ocasionado por el fanatismo de las ideas son el precio de asesinar la democracia, como si la Historia le ajustara las cuentas, como si fuera a la vez agente y víctima. También accedemos a un detallado análisis de la ceguera de Europa en general y del Partido Comunista en particular ante la expansión del nacional-socialismo y sus nefastas consecuencias:

Aquel hombre se había quedado solo viendo cómo a su alrededor el mundo se quebraba bajo el peso de la reacción, los totalitarismos y la amenaza de una guerra devastadora.

Puesta sobre la mesa su falta de perspicacia sobre el papel de Stalin, el de los ojos de reptil, nos ofrece una objetiva visión del totalitarismo bolchevique y su alejamiento de las masas en algunas frases de  significado contundente y algo profético:

…llegado el momento en que las masas dejaban de creer, se impuso la necesidad de hacerles creer por la fuerza.
…El empeño de Stalin de borrar de la memoria lo que nos se aviniera a reescribir la historia soviética.
El socialismo ha cavado su propia tumba y presiento que allí se va a pudrir por mucho tiempo

Datos al margen, la mayor parte de la información sobre Trotsky-personaje concierne al ámbito de su mundo interior, aunque resulta difícil separar éste de los acontecimientos políticos relacionados. Así, la decepción, el desengaño y la conciencia de haber perdido la partida y el consiguiente abandono del proyecto político-social en que se fundamentó su vida, le conducen a un profundo sentimiento de culpa, asociado a las desgracias familiares provocadas por  unos actos cuya única salida es la muerte. Estas actitudes propician un estado de tristeza que se atenúa con el intenso  activismo desarrollado en Francia y Noruega. Es precisamente en este país donde Trotsky toma conciencia del plan de Stalin de conservarle como enemigo como forma de  fortalecer su política interna y externa. Y junto a esa idea se va perfilando con extraordinaria lucidez la idea de que morirá en el momento en que el dictador no le necesite:

Stalin fijaría el momento de una muerte que entonces llegaría con la misma inexorabilidad con que cae la  nieve en el invierno siberiano.
 Se atrevió a pensar en su vida en términos de tragedia clásica, a la griega.


Estas consideraciones contrastan con las impresiones de su estancia en México, donde el caluroso recibimiento en Tampico por intelectuales, autoridades y gente del arte y la cultura, se unieron a la embriaguez y sensualidad del clima, el ambiente y la luz de los espacios de la Casa Azul  y Coyoacán. La preparación de su contraproceso por John Dewey junto con el alegato de Trotsky y las observaciones sobre las purgas españolas de la postguerra franquista, no excluyen el goce de los sentidos:

Abrumado por aquel banquete de los sentidos, Liev Davidovich descubrió cómo sus prevenciones se esfumaban y la tensión dejaba paso a una invasiva voluptuosidad tropical, capaz de arroparlo en una molicie benéfica que su organismo y su cerebro recibieron golosamente. 

La llegada de Bretón y Jacqueline propicia la presencia del mundo del Arte de vanguardia en la vida de la familia Trotsky. Al ambiente festivo evocado por los surrealistas se deben algunos momentos casi alegres entre familia y amigos, en los que la elaboración de manifiestos plenos de optimistas posibilidades no excluye el sentimiento de soledad de nuestro protagonista, que prevé con lucidez la cercanía de su final. En esta etapa, Trotsky compatibiliza la cotidianeidad de los pequeños placeres familiares con el acostumbrado y pertinente análisis sobre el origen del terror y represión totalitarios, tanto en el régimen soviético como en el español. Entre la decepción y la esperanza, emprende su más valiente y arriesgada valoración de los errores y responsabilidad de los aparatos de poder en los fracasos del proyecto revolucionario, sin excluirse él mismo de esta culpa.

La descripción del primer atentado y la posterior investigación por las autoridades mexicanas alcanzan tintes surrealistas con el cruce de acusaciones y la agitación en la prensa y en el gobierno. El testamento espiritual y material de Trotsky confiere a este último capítulo la sensación de desenlace inminente en el que la caída de París anticipa un final que no se produce en esta línea narrativa, sino en otra historia.


Ramón Mercader  y otros alias

En un orden también cronológico, que se inicia en 1936 en el frente del Guadarrama, se suceden los acontecimientos que determinarán la función y el destino de este personaje en la Historia. Las rememoraciones son mínimas y suelen referirse al ambiente y a la vida de Barcelona durante los años de la confrontación civil o a un tiempo pasado. Su lectura nos permite conocer el origen burgués de la familia Mercader y las aberrantes costumbres del cabeza de familia, lo que explica tanto el carácter contemporizador del protagonista como la fuerza enfermiza y dominante de las mujeres de su vida, su madre y su amante. Tanto África de las Heras como su madre Caridad representan el fanatismo comunista y su sectaria ambición para construir un orden nuevo. De la primera se dice que es una fanática teórica y una comunista aplicada; de la segunda se destaca su condición de superviviente en una sociedad y una familia corrompidas. La condición totalitaria del proyecto impulsado por Moscú se convierte en el rasgo fundamental y necesario de la política española durante aquellos años, tal y como  recogían las consignas:

Esta República es un  burdel y hay que meterla en cintura  […]  Hacerse (el PC) con el poder por la fuerza y limpiar la casa.
Su madre (Caridad) sentía devoción por aquel hombre (Kotov) capaz de leer quinientas páginas en una noche, recitar a Pushkin y expresarse en ocho idiomas.

En los primeros cuatro capítulos se narra el proceso formativo de Mercader como herramienta destinada a grandes misiones. Desde el comienzo se acentúa su carácter de víctima propiciatoria y dispuesta para cualquier sacrificio cuya necesidad requiera o justifique el poder soviético.  Desde el comienzo, en Guadarrama, se hacen evidentes la deshumanización del personaje y su prosopopéyica cosificación. Ambas son el resultado de la pérdida de la libertad y la  ocultación de la información. De hecho, la muerte de su perro Churro, al que dispara Caridad, funciona como símbolo anticipatorio de la soledad y el dolor que le esperan. Su entrega incondicional y ciega al partido es un reflejo de la falta de autonomía y de la ligereza de  las convicciones del personaje. Su impulso inicial para ofrecerse como agente a las órdenes de Moscú parece obedecer más a un impulso de no defraudar a las dos mujeres, que a la fe del creyente incondicional. Su destino, que él entiende como el del héroe destinado a gloriosas hazañas, no encaja con su vulnerabilidad sentimental ante los desplantes de África. Su inmadurez juvenil se manifiesta en aquellos actos que  surgen de la necesidad de pertenencia al grupo y al proyecto común, más que de la solidez de las ideas. De ahí su naturaleza de personaje-títere al que veremos sometido a toda clase de manipulaciones. Como los otros dos, también Mercader recorrerá el camino  del desencanto en un proceso de deriva del entusiasmo  inicial.

En esta parte  del relato, al tiempo que se presentan las andanzas  de R. Mercader en  una agitada Barcelona en guerra, se despliegan una serie de hechos que conforman el tapiz político de la Historia de  aquellos años. Las luchas intestinas entre los grupos de izquierda y  la preeminencia comunista, basada en la disciplinada cohesión de los que defienden la verdad única, determina el plan de aniquilación de opositores y disidentes, mientras se contemporiza con los adictos. De forma semejante a Stalin, los comunistas españoles y rusos practicaron una política de aniquilación y exterminio de sus enemigos, concentrando las “purgas” entre los anarquistas, trotskistas y sindicalistas. En este marco de violentas y tensas disputas en la prensa, en los partidos y en las calles, entre los asesinatos de Durruti y la desaparición de Robles, da sus primeros pasos Ramón Mercader como agitador profesional,  con el primero de sus alias: Adrian, el desestabilizador. El personaje ha quedado definitivamente atrapado por el poderoso partido y su intransigente aparato, que emula a la mafia en sus consignas: “Si entras, no sales”

El cinismo lúcido de su mentor Kotov, expresado en sus palabras (No hagas caso de esos lunáticos. Confunden la ideología con el misticismo, no son más que máquinas andantes, peor aún, son fanáticos), contrasta con la inconsciente actitud de Mercader, cuyo perfil psicológico le impulsa a su función de objeto manipulable e incapaz de reconocerse como héroe de papel: Ramón se sintió superior, un enterado entre una masa de marionetas.





La ironía de esta voz narradora, omnisciente y altamente implicada en el devenir de su historia, da paso al sarcasmo, duro y frío, que impregna el extenso capítulo donde se  da cuenta de los siniestros y terribles detalles del adiestramiento de Mercader como agente de Moscú. El procedimiento se define con explícita claridad: se trata de un entrenamiento similar a la doma animal, es decir, comprende todos los aspectos del  sujeto, que pierde su identidad para llamarse “el soldado13”. Los entrenadores  proceden de acuerdo con un credo basado en la solidez de sus convicciones y en una técnica basada en el control de la conducta a través del miedo. Se  prepara al individuo elegido para asumir cualquier personalidad para lo cual se le debe vaciar previamente de cualquier residuo físico y psicológico  procedente de su personalidad anterior.

El lavado mental y moral se denomina “mutación en los colores de la conciencia”. Así nacen Jacques Mornard (políglota, burgués, ilustrado y neutral), y Frank Jackson, agente comercial y asesino de Trotsky. Las consignas, unas veces hacen referencia a la intención (Te vamos a limpiar por dentro), y otras  sintetizan el objetivo (obediencia, fidelidad, discreción). La doctrina incluye la amenaza y la intimidación como medios para evitar deyecciones o abandonos:

Para ti sólo hay dos caminos: la gloria o un campo de trabajo, donde no tienes ni idea de lo poco que vale la vida de un tipo que ni siquiera tiene nombre y es considerado un traidor.

La valoración de los resultados del adiestramiento de Mercader en boca de su maestro es una muestra cristalina de la despiadada labor de los servicios secretos rusos y su implicación en la manipulación e instrumentalización de los siervos al servicio de un poder ciego y absoluto, cuyo fin es sobre todo la permanencia y el control del mismo:

Una piedra maravillosa, brillante por todas sus aristas: la política, la filosófica, la lingüística, la física, la psicológica; y  había sido blindada con la mayor de las corazas, porque era un hombre capaz de guardar silencio, de explotar su odio, de no sentir compasión y de morir por la causa. Una máquina obediente y despiadada.

A la par que se suceden los hechos mencionados, se da cuenta del panorama político del gobierno de Stalin, en el que los juicios sumarísimos, las deportaciones y los suicidios inducidos están a la orden del día. El miedo se extiende como el aceite mediante las purgas generalizadas contra enemigos como Bujarin y Yagoda, con su correspondiente defenestración y fusilamiento. Los que antes eran leales se convierten ahora en traidores a un régimen corrupto y totalitario en el que todos excepto el dictador ven peligrar sus carreras y sus vidas. La peripecia de nuestro personaje corre paralela a los principales acontecimientos de la Historia europea y española, que parecen configurar el telón de fondo de una representación que acabará en tragedia. El ensayo del espectáculo está listo y el actor principal, que encarna al cosmopolita Jacques Mornard, se pasea por París comentando aquí y allá la situación de española y la traición de Europa a la República.

A estas alturas de la historia, Mercader va mostrando síntomas de su progresiva pérdida de la inocencia, lo que en esta biografía ficcional demuestra que la marioneta ha conservado algo de su personal pálpito humano. El horror y la rabia que manifiesta ante el maltrato francés a los refugiados españoles, no se encontraban entre los atributos de su personaje, lo que le vale su primera reprimenda. El siguiente diálogo entre Caridad y su hijo ilustra sucintamente el cambio que el protagonista está experimentando. La venda cae de sus ojos y le muestra una realidad distinta de la que el poder para el que trabaja ha fabricado. Caridad critica duramente los crímenes trotskistas:

Ramón: Eh, eh. Tú sabes que lo que dices es mentira.
Caridad: Estás seguro? Aún así, aunque fuera mentira, de todas maneras lo  convertiríamos en verdad. Y eso es lo que importa: lo que la gente cree.


Los últimos cinco capítulos, muy breves, sitúan al personaje ya en México bajo la personalidad de Frank Jackson, un hombre de negocios que ha construido una gran farsa para disfrazar su identidad y sus intenciones. Quizá esta sea la parte más novelesca del libro, en la que el talento narrativo de Padura ha dotado a este conjunto de episodios de gran tensión dramática. La entrada en la casa de la Avenida de Viena, donde residen los Trotsky con su nieto Sieva y el imprescindible perro, conforman el escenario adecuado a las actos futuros que harán progresar la acción. A la preparación mental y práctica del atentado, con la compra del arma homicida incluida, sigue un capítulo lleno de reflexiones, dudas y consideraciones sobre la necesidad y eficacia de un procedimiento tan cruento como el de producir la muerte de un ser humano. La ficción biográfica llena esta secuencia de agitación, sudor, náusea, impotencia y, sobre todo, miedo, muchísimo miedo, que se derrama en una histeria tan  excesiva como el descarnado y fanático discurso de Caridad incitando a su hijo al odio, el horror y la rabia.  Dice Ramón Mercader que en aquellos momentos tuvo la sensación de ser arrastrado por la Historia.

El golpe fatal y mortal nos es presentado casi a cámara lenta, tanto en los detalles sobre la cabeza de Trotsky y sus ralos cabellos, como por el mordisco recibido por el asesino, que permanecerá en su memoria junto al grito tenso y desgarrado de su víctima.  Después de estos momentos climáticos, la detención, el juicio y condena de Mercader, su matrimonio con una joven mexicana y su instalación en la Unión Soviética  hasta el final de sus días, constituyen un corpus de hechos anecdóticos y complementarios,  cuya función es clausurar la vida de Mercader junto con el relato. Nuestro protagonista ha dejado atrás algunos demonios familiares (Caridad) y políticos (Kotov) y ha consumado su particular descenso a los infiernos. El camino que va de la juventud a la vejez, de la salud a la enfermedad, de los tiempos heroicos a la cotidianeidad de una vida anodina, se ha consumado. Sin embargo no podemos olvidar las palabras que, camuflado tras el viejo y falso Jaime López, le dirigió al joven Iván Cárdenas, en  aquel alejado espacio-tiempo de la playa de Santa María:

Iván, yo he visto la muerte como tú no eres capaz de concebirla. Creo que sé todo acerca de la muerte. […] Yo he visto lo peor de los seres humanos, sobre todo fuera de la guerra.
GB