lunes, 2 de febrero de 2015

GILES LYTTON STRACHEY


EL AUTOR Y OTROS TEMAS
Por Antonio Rey


(nLondres, 1 de marzo de 1880mHam, Wiltshire, 21 de enero de 1932)

Historiador, crítico literario, y alma del grupo de Bloomsbury, cuya prosa de estilo irónico y su ruptura con el pasado victoriano ayudaron a definir el modernismo literario Inglés.

Su padre fue el general Richard Strachey, teniente general del ejército colonial, y su madre Jane Maria Grant, una activa sufragista y ambos fueron influencias importantes en el joven Lytton, aunque fue el undécimo de trece (!!) hermanos. Cursó estudios en Cambridge, en el famoso Trinity College (1899-1905)especializándose en literatura francesa, y allí participó en el grupo intelectual Los Apóstoles, que funcionaba como una sociedad secreta, y donde conoció a algunos del, más tarde, llamado grupo de Bloomsbury, y donde además intimó con los filósofos George Edward Moore y Bertrand Russell, el economista John Maynard Keynes y el editor Leonard WoolfAllí conoció igualmente, a su gran amiga, la pintora Dora Carrington*, que se enamoró de él pese a que Lytton no podía corresponderle a causa de su homosexualidad, y al escritor Gerald Brenan, que también tuvo relaciones amorosas con la Carrington.

En los cinco años posteriores a su salida de Cambridge, vivió con su familia y cerca de Virginia Stephen (más tarde Virginia Woolf) y su hermana Vanessa. En 1910 conoció a Henry Lamb, objeto de uno de sus enamoramientos frecuentes, y a Lady Ottoline Morrell, la protectora de DH Lawrence y muchos otros escritores modernistas.




La Primera Guerra Mundial comenzó poco después del regreso de Strachey de una gira por Francia e Italia, y pacifista como era, fue declarado pintorescamente inútil para el servicio militar. Por aquel entonces ejercía la crítica literaria en The Spectator, y se fue decantando por el genero biográfico, del que llegaría a ser un maestro y del que se valió para satirizar, especialmente, la moral hipócrita y las conductas intolerantes de la Inglaterra victoriana. Su libro más importante y que le dio gran celebridad es Victorianos eminentes (1918) que presentando cuatro historias breves  transmite la sensación de una ruptura con el pasado que fue compartida por amigos y contemporáneos modernistas de Strachey.

De todas maneras, su obra maestra del género es La Reina Victoria (1921) su segundo trabajo biográfico. Posteriormente escribió Elizabeth y Essex (1928) muy influenciada por el psicoanálisis, pues no hay que olvidar que su hermano James fue el editor general de la todavía edición estándar de las obras de Freud. También dejó un colección de ensayos biográficos titulada Retratos en miniatura (1931) y muchos ensayos críticos sobre literatura.

La vida personal de Strachey se caracterizó por la misma irreverencia y no convencionalidad que marcaron su prosa. En 1917, se mudó a una casa en Tidmarsh con la pintora Dora Carrington. Un año más tarde, conoció y se enamoró de Ralph Partridge, un distinguido veterano de guerra, que se casó con Carrington en 1921 con el fin de mantener el triángulo amoroso con Strachey. Esta peculiar relación de Strachey con la pintora duró para el resto de su vida, y se ha convertido en familiar a través de la biografía de Michael Holroyd y la película “Carrington” de Christopher Hampton en 1995.

A principios de 1931 empezó a padecer algo que terminó siendo cáncer de estómago y que le provocó la muerte el 21 de enero de 1932. Carrington, no pudo superar esta desgracia y se suicidó de un disparo dos meses después de tratar de asfixiarse en el coche. Partridge pudo intervenir en el primer intento pero no pudo salvarla del segundo. Simplemente, no podía vivir sin Stratchey, a quien amaba profundamente.


* Conocida como "Carrington". No confundir con Leonora Carrington 



LA REINA VICTORIA Y LA MEDICINA.



La anestesia. 

La primera vez que se llevó a cabo una amputación sin dolor con éxito fue el 21 de diciembre de 1846 por Robert Liston, y fue la primera operación quirúrgica indolora efectuada en Europa. La noticia corrió como la pólvora por toda Europa.

No se atrevían a probarlo en partos, pues quedaba la duda de si la anestesia sólo pararía los dolores o también las contracciones.

En Inglaterra y Escocia hubo una fuerte polémica en torno a la anestesia por cloroformo aplicada al parto, hasta que el 7 de abril de 1853 llegó de Londres una noticia extraordinaria y sensacional. La Reina Victoria, la gran reina del siglo, había dado a luz en su palacio de Buckingham de Londres a su cuarto hijo, el príncipe Leopoldo, duque de Albany. El parto en sí mismo no era lo que daba a la noticia el carácter de extraordinaria. Éste se basaba, más bien, en una nota adicional que ni siquiera figuraba en todos los comunicados. Decía que John Snow, el primer «médico especialista en anestesia» de Londres, había cloroformizado a la reina durante el parto, por expreso deseo de ésta y del príncipe consorte. El alumbramiento resultó indoloro y sin que se registrara el más leve trastorno.

El 14 de abril de 1857 la reina Victoria tuvo su hija Beatriz de Gran Bretaña, una vez más, con cloroformo. El médico fue el mismo John Snow.



La hemofilia.

A finales del siglo XIX la hemofilia se conocía como “La Enfermedad Real” ya que afectó a las Casas Reales de Inglaterra, Prusia, España y Rusia.
La patología hizo su aparición en un hijo y tres nietos de la Reina Victoria de Gran Bretaña (1819-1901), y el gen mutado se distribuyó entre las familias reales europeas durante el siglo XIX y principios del XX influyendo en cierta manera, sobre todo en España.







LA REINA VICTORIA DE LYTTON STRACHEY



Por José Luis Vicent.


Cuando a duras penas conseguí llegar al final de los antecedentes y los primeros años de vida de la futura reina, estuve a punto de arrojar la toalla. Pero me sobrepuse entendiendo que un taller de lectura es precisamente para leer y que cuántas veces otros no habrán empezado algo a disgusto para terminarlo gozosamente.

Fue ese el primer aliento que me impulsó a intentar aceptar y entender la presencia de todos sus tíos y demás parientes empeñados en complicar el delicado asunto de la sucesión sin renunciar por ello a recoger títulos, territorios y asignaciones dinerarias que a menudo no alcanzaban a pagar sus deudas, y –confieso decirlo- no con menos displicencia y escasez de capacidad retentiva que la que he tenido con mis propios antepasados, a pesar de que siempre hay al menos uno, que por impacto o simpatía, resulta difícil de olvidar. En el caso de ella se trató de su tío Leopoldo (posteriormente rey de Bélgica) quizá el hombre que mejor advirtió la crisis monárquica y al que definió como “segundo padre o verdadero padre” dado que al suyo, –Duque de Kent, cuarto de los siete varones además de cinco mujeres que por entonces tenía el rey Jorge III- lo perdió siendo muy niña.

Menos mal que terminado ese calvario de notorios personajes llegó la hora de la Victoria (siempre se omitió Alejandrina como primer nombre), nacida por el matrimonio del propio Duque con MªVictoria Luisa de Sajonia-Coburgo –hermana de Leopoldo- y la cosa mejoró sustancialmente aunque muy lejos de estimular la avidez lectora que, al menos en mi caso, no es fácil esperar de una biografía.



Además, si la Reina Victoria desde que a los trece años acatando con “seré buena” supo lo que se le venía encima y tuvo la constancia y la habilidad para llevar ordenadamente un valioso diario en que recogía las impresiones de toda una vida, y el biógrafo las ha recuperado para modelarlas, esculpirlas y completarlas con hechos históricos sumamente relevantes tanto en su país como en Europa e incluso otros continentes, ¿de qué debo opinar si acaso debo opinar de algo?, ¿de la reina, de su vida, de los hechos que la rodearon o del libro de la vida de la reina con los hechos que la rodearon?.

Pero como presentí que al menos sí adquiriría conocimientos, me apliqué, tal vez contagiado por la firme voluntad de Alberto -el reflexivo primo sajón de ojos azules con quien contrajo matrimonio, en su interés por cumplir lo que el doctor y barón Stockmar, presente desde los tiempos de Leopoldo al que se requirió demasiado tarde para evitar la muerte de su mujer Carlota y el bebé en el parto que complicó la línea sucesoria- le inculcó que debía ser su trabajo, y continué echando millas. Con lo penoso que le resultaba al príncipe congratularse con el pueblo inglés que no parecía jamás dispuesto a perdonarle su condición de extranjero, midiendo siempre sus actos, sus informes y sus palabras, y va y yo creo poder hacerlo por el simple uso de la medida anglosajona en un metafórico cálculo longitudinal de las palabras que forman los renglones de esta extensa obra, proporcional sin  duda a las toneladas de desempeño diplomático, político, cultural e incluso alguna vez científico, que el príncipe protagonizara dando muestras de su íntegro patriotismo, a costa incluso de no alcanzar una felicidad auténtica más allá de la advertida en el deber cumplido por encima de todas las cosas.

Mientras tanto, Victoria iba sacando el carácter que la baronesa Lezhen –su institutriz y enigmática amiga desde niña- le dotara añadiéndolo a la rigidez de su propia madre que la mantuvo durmiendo junto a su cama hasta que recién estrenado su reinado se negó para reclamar su independencia y mostrar su poder,  lidiando con Whigs y Tories, simpatizando con Lord Melbourne (en cuya vejez creyó sentir por ella algo más que amistad) o detestando a Sir Robert Peel en sus etapas de gobierno o de oposición, pero siempre a la sombra de su marido muy por encima de ella intelectualmente y al que cada vez amaba y admiraba más en sus infatigables y complejas tareas de estado. Más tarde con el audaz Palmerston siempre en los límites de la provocación bélica, y su rival político Lord Jhon Rusell, consumiendo etapas pero también fuerzas –especialmente Alberto-, que intentaban reponer alejándose con la familia que iba creciendo a base de hijos hasta llegar a los nueve, a lugares tranquilos como Osborne y más tarde Balmoral, en las altas montañas de Escocia.



Pero aún quedaba cerca de media obra, o media vida y por tanto media lectura, porque Alberto, a diferencia de ella, murió joven y deprimido sin aferrarse a la vida como un día le confesara a su esposa. Por más que se empeñó, jamás consiguió sentir que los demás lo vieran como un verdadero inglés y el refugio de su trabajo fue quizá el precursor de su prematura muerte. Pero ahí estaba Victoria para, a pesar de los vaivenes en el gobierno y sus preferencias en las relaciones con sus primeros ministros, no cejar en la persecución de la inmortalidad de su amado esposo hasta conseguir, por ejemplo publicar enormes volúmenes con todos los informes y discursos que elaboró en su densa actividad diplomática o reproducir su imagen en múltiples lugares destacando su “Albert Memorial” frente al “Royal Albert Hall” que él mismo inició pero no vio concluir.

Así que, seducido por la férrea voluntad de la Reina en no dejar nada inacabado, continué absorbiendo los detalles del gran resto de su vida (nada menos que otros cuarenta años) que el propio biógrafo ocupó con impecable equilibrio y meticulosidad inglesa. Y eso que al principio no lo parecía, porque según dice “su diario comenzó a sucederse con intervalos y a mostrar ambigüedades”. Pero con o sin diario, su vida continuó llena de un dolor y de un luto exagerado que le impedía acudir a ceremonias de estado y a disminuir enormemente todo contacto social poniendo en su contra a toda la opinión pública, hasta que, a fuerza de reivindicar el trabajo de Alberto y guiándose por lo que ella piensa que habría hecho, comienza a ejercer de lo que siempre se ha considerado ser y a ganarse el respeto de los nuevos ministros como Mister Gladstone quien dijo respecto a Alberto que “alcanzó su ideal” y sobre todo a Lord Beaconsfield (Disraeli), que para ella fue “la única persona que apreciaba al príncipe” y para él ella fue “la única persona en este mundo a la que quiero de verdad”, pero sobre todo ambos coincidentes en su espíritu imperialista del que más adelante saldrían airosos del conflicto Rusia-Turquía tras el que Lord Salisbury (su último primer ministro) la definiría a ella como la “nueva dictadura de Europa”.

Cuando el paso de los años comienza a dejar su huella, dedica gran parte del tiempo a intentar creer lo contrario, es decir, que no pasa el tiempo recrudeciendo su ya natural obsesión y temor exagerado a los cambios. Ella siempre quiso vivir de la misma manera (obligó durante años a poner ropa limpia y cambiar el agua cada mañana en la habitación de su esposo muerto), con las mismas personas y las mismas ideas, así que finalmente se consagró a clasificar, enumerar y describir objetos, a fotografiar estancias en las que poder comprobar la inalterable posición y estado de las cosas y hojear plácidamente los cuadernos elaborados a tal uso aumentando su prestigio y popularidad mientras su poder y su vida disminuían hasta perderla definitivamente el 22 de Enero de 1901.

Con lo que le gustaban a ella las conmemoraciones que no dejaba una sola efemérides por celebrar de manera estrictamente acorde al hecho ocurrido, podrá al menos sentirse satisfecha de que esta lectura haya sido prácticamente concluida en el 114 aniversario de su muerte y si finalmente, como se ve, este mediocre resumen se ha referido especialmente a ella, cuando casualmente su biógrafo falleció el 21 de Enero de 1932, querrá decir que por desgracia, una vez más la historia y la política han estado por encima de la literatura.


LA REINA VICTORIA: Lo que no cuenta la historia.







Cuando nos preguntamos sobre la causa de que el autor de esta biografía dedique las primeras paginas de su libro a castigar al lector con los antecedentes familiares del mítico y regio personaje, desde Jorge III y sus quince hijos hasta el nacimiento de Victoria, la respuesta intuitiva sería doble: o bien el autor está obsesionado por los datos o no sabe hacerlo mejor. Lo cierto es que, superado este enmarañado capítulo, una se deja arrastrar por la sensación de que tras los datos no sólo se esconde información, sino la taimada intención de  envolver el relato en una supuesta objetividad, tras la  cual se oculta una de las más despiadadas visiones de la monarquía británica.

Así que la rápida  pero acumulativa descripción de tanto matrimonio fallido y tanta descendencia frustrada vienen a ilustrar la existencia de una familia real decadente y enfermiza, donde parece difícil encontrar un miembro mínimamente normal o saludable respecto a sus aptitudes intelectuales, morales o simplemente físicas.  Débiles de mente o de hábitos, ludópatas o alcohólicos, envenenados por arsénico o laúdano, obesos y achacosos, los descendientes del rey parecen haber heredado lo peor de la especie y  practicar una corrupción política y social que evidencia el declive de la monarquía. De este modo, el autor deja que el lector saque sus conclusiones sin  hacer ninguna valoración explícita, pero dirigiendo sutilmente su opinión mediante una cuidadosa selección de los hechos de la Historia.

Esta forma de disimulo del verdadero propósito de Lytton-Strachey está de acuerdo con su juvenil rebeldía, su formación elitista y su adscripción al grupo de Bloomsbury, donde se reunieron las élites  filosóficas, científicas y artísticas de su tiempo. De modo que ese tono frío y distante va impregnando el discurso del autor, y va dejando caer ante el lector las circunstancias que rodearon la niñez de Victoria, criada entre  la disciplina prusiana de las faldas maternas y las sólidas directrices de su institutriz Lehzen. Con cierto asombro leemos que la  educación de la futura reina se fundamentó sobre todo en la doctrina religiosa y en un férreo adiestramiento de la voluntad basado en la moral de al iglesia anglicana. La escasa formación intelectual y política de Victoria contrasta con la de su marido Alberto de Coburgo, un hombre de su tiempo, erudito, cultivado y conocedor de las últimas tendencias filosóficas y científicas.



La figura de Victoria que va surgiendo ante nuestros ojos es tan mediocre desde el punto de vista intelectual como desde el psicológico y emocional. De las anécdotas de su adolescencia y los juicios sobre sus primos -de los que valora su apostura, el color de sus ojos y sus habilidades sociales- deducimos que se trata de una criatura romántica hasta la cursilería, cuyas aspiraciones son las de cualquier jovencita del montón. Este rasgo, que en otro biógrafo podría añadir un  rasgo humano al personaje, en este caso es un indicio del retrato que paulatinamente se irá formando de tan egregia persona. En conclusión, Victoria es el resultado de unas  consistentes creencias religiosas, una tozuda energía para hacer su voluntad, y un universo sentimental sin demasiado control. Sus demandas políticas y su comunicación con el Parlamento y sus ministros se rigen por la  afinidad o rechazo que éstos le suscitan. Le preocupan más sus camareras que la guerra de Crimea, es decir, lo insignificante e inmediato tiene para ella más valor que la política exterior o los asuntos económicos y nacionales.

Sin decirlo tan claramente, el biógrafo ha guiado al lector hacia ese perfil que combina la insignificancia personal con la relevancia del rol heredado. De vez en cuando, entre el relato de los acontecimientos políticos que singularizaron su reinado, se desliza astutamente un suceso frívolo, como la actitud segura y  sin complejos, a pesar de su rechoncha figura, que mantuvo ante la elegante y esbelta emperatriz Eugenia. De forma deliberadamente intrascendente deja caer las palabras de  Victoria ante la imposibilidad de que hubiera podido sentirse inferior ante otra mujer más bella: “Ella era la reina de Inglaterra”. Se destacan su vitalidad y energía física para afrontar la vida cotidiana, los sobresaltos domésticos y la vida pública. De ello se podría inferir que el personaje presenta cierta inmadurez en su comportamiento, que le lleva a improvisar sus actos, vivir felizmente el presente sin preocuparse del futuro ni tener en cuenta el pasado.  El contraste entre su  carácter y  el de su marido recuerda a la diferencia entre consciencia e inconsciencia. Mientras la contradictoria y ambiciosa personalidad de  Alberto le hacía ser infeliz a pesar de su competencia y formación, Victoria era saludablemente fuerte y vital en su ignorancia.

La adoración casi enfermiza por su marido se manifiesta tanto en la depresión de Victoria tras la muerte del príncipe como en la biografía de Alberto encargada por la reina a Mr. Martín. Su insistencia para ensalzar la figura del difunto por encima de todo refleja ese infantilismo de carácter del que hablamos y  que cada vez se hace más evidente a medida que avanzamos en la lectura. “Quería que fuera un héroe romántico de un cuento moral” reseña el biógrafo de Alberto. El empeño por magnificar la memoria del difunto consorte dice mucho de la pesadilla que supuso la insistencia de Victoria para editores, arquitectos y artistas. Su obsesiva conducta confirma la visión romántica que tuvo de su persona y de la vida que compartieron. Otro dato más que se incorpora al retrato que nos vamos formando de la que dio su nombre a toda una época.


La misma inmadurez se extiende a la comunicación que mantuvo con sus Primeros ministros, más vinculada a factores emocionales que políticos, como ya dijimos. Su  afecto por Lord Melbourne se podría asociar a la necesidad de la figura paterna tanto como a la introducción de Victoria en la vida social de la Corte y sus frívolos entretenimientos. La antipatía por Gladstone se justificaba con razones puramente sentimentales pues le “consideraba más una institución que una mujer”, en palabras de la propia reina. Seguramente el mejor diagnóstico lo hace el más favorito de sus ministros: Disraeli.  En su biografía  podemos leer la irónica y esclarecedora descripción de Victoria:

Era consciente de todo: de las complejas relaciones entre circunstancias y carácter que se daban en la reina; del orgullo que produce ocupar un puesto de superioridad, entrelazado en este caso de modo inextricable con la arrogancia personal; del excesivo sentimentalismo de la soberana; de la ingenuidad de sus puntos de vista; de su seria y pesada respetabilidad, tan incongruentemente salpicada de caprichosos impulsos repentinos, de actitudes extrañas y pintorescas, de los singulares límites intelectuales de Victoria y del esencial elemento femenino que impregnaba cada partícula de su ser”

Este fragmento, plagado de adjetivos valorativos, es una síntesis de la personalidad de la reina Victoria, en el que observamos que apenas contiene opiniones elogiosas y quizá por eso resulta más verosímil. El retrato no mejora con la vejez, donde la vemos convertida en una matriarca cuya vida se rige por el control del tiempo y del espacio, los dos ingredientes del ser humano y de los relatos de sus vidas, reales o imaginarias. La reina, más amable y menos estirada en su trato social, impuso el orden y la norma como eje de su existencia y de su entorno. El afán por cumplir horarios y la rigidez de sus costumbres junto con el enaltecimiento del trabajo se proyectaron en  una enfermiza obsesión por la catalogación de objetos y por el coleccionismo, tal y como se  narra en esta biografía:


El deseo vehemente, agudizado y convertido en obsesión por los años, por la permanencia de las cosas, por la solidez, por la colocación de barreras visibles contra la atrocidad del cambio y del tiempo”




Quizá esta afirmación contenga la esencia del llamado espíritu victoriano,  si entendemos que el placer de contemplar sus colecciones remite a su carácter conservador en todos los sentidos: político y moral. Ese espíritu conservador –de nuevo la irónica sutileza del autor-  se extendió a todo: ropa, juguetes, esculturas, adornos… y todo lo fotografió y etiquetó para que permaneciera inamovible para siempre. Este afán de detener la vida y la historia, de petrificarla para que no sufriera modificación alguna, podría entenderse como  el comportamiento patológicamente fetichista de quien pretende dominar las cosas porque no puede controlar situaciones o personas. Porque, según Lytton-Strachey, “sentía con redoblada satisfacción, que había conseguido detener la transitoriedad del mundo”

La misma visión de una personalidad simple y sin complejidades se evidencia en sus gustos artísticos y literarios, así como en su limitado sentido del humor. Si sus costumbres se hicieron más tolerantes y sus juicios más amables, como en su juventud con lord Melbourne, también se trivializaron sus intereses:

“…una anciana más amable, abuelita adorada […] el amor a los tópicos…los problemas sin importancia, los constantes sentimentalismos de la vida doméstica. Se convirtió en la confidente de las menudencias diarias de sus damas […] su interés por criadas y fregonas…”

“Su sentido del humor era grande pero primitivo. Cuando el chiste era más sutil le gustaba menos; y si se aproximaba a los confines de la indecencia, el peligro era serio. No nos hace gracia -decía”



Respecto a sus gustos literarios, se ironiza sobre su afición a ciertas novelas y su  incapacidad para comprender la obra de George Elliot qu Alberto le había recomendado. Pero debemos considerar que su formación fue ínfima y sus lecturas más frecuentes, sermones y libros de oraciones. Así que tenemos la impresión de estar ante una figura histórica muy poco relevante respecto a la política y a la ciencia, ya que no influyó en la primera e ignoró la segunda. Una época tan estimulante respecto a los grandes cambios económicos, sociales y científicos permaneció oculta para este personaje que vivió en una burbuja y a espaldas del mundo. De los movimientos de liberación de la mujer dijo: “Dios creó a los hombres y a las mujeres diferentes. Dejadles, pues, a cada uno en su sitio

Educada en la ortodoxia cristiana, tampoco sus creencias y prácticas religiosas eran complicadas, pues practicaba la moral aprendida de Lehzen, hija de un pastor luterano, y la de su madre, la duquesa de Kent:

Su naturaleza, tan poco sutil e imaginativa, la hacía apartarse del complicado misticismo de la Alta Iglesia anglicana; parecía encontrarse más a gusto en la fe sencilla de la Iglesia presbiteriana de Escocia”

Finalizado el retrato en todos sus matices, nos quedamos con la impresión de que la persona no ha estado a la altura de su personaje, y resulta difícil comprender cómo alguien cuyo mayor mérito ha sido nacer en una familia de reyes y vivir muchos años ha dado su impronta a una de las épocas más interesantes del siglo XIX. Pues, como indica su biógrafo, la influencia de Victoria en la política fue escasísima, salvo el paréntesis de la vida de Alberto. Las claves de su popularidad habría que buscarlas en el misticismo de la corona, que hizo ley del sentido común y en la sintonía con un país que  se asentaba en la defensa de la propiedad privada, en la clase media y en la magnificencia del Imperio. En una lúcida e ingeniosa frase se resume  este principio tan británico: “El imperialismo, además de un negocio, era una creencia

La sencillez de su personalidad y el boato de la monarquía podrían ser algunas de las claves por las que fue  tan popular  entre sus súbditos, según Lytton-Strachey, además del hecho de haber reinado sesenta años: Tal vez fuera su personalidad y su posición –la maravillosa combinación de ambas- lo que en definitiva resultó fascinante”

Los valores victorianos se entienden mejor después de leer esta biografía, en la que hemos visto emerger las virtudes de la moral, el trabajo, la estabilidad y el respeto a la vejez. Se cierra así el círculo de una vida que se  nutrió de una infancia severa, una religión sencilla y del orgullo de ser reina. Concluimos con la última pincelada a este retrato magnífico y sugerente, pues contiene más preguntas que   aserciones:

“Absorta en su vida rutinaria y poco capacitada para distinguir entre lo accesorio y lo esencial, Victoria sólo era remotamente consciente de lo que ocurría. Al finalizar el reinado, la Corona era más débil que nunca.”



¿Alguien entiende esta paradoja histórica? Por eso, seguramente,  nos interesa tanto como nos perturba. GB