viernes, 30 de enero de 2015

ESPECIAL REINA VICTORIA

LA REINA VICTORIA

(Por Lourdes Martínez)


Victoria I de Inglaterra,(1837-1901) hija de Eduardo Duque de Kent y la princesa Victoria de Sajonia-Coburgo-Saafeld, fue coronada en solemne ceremonia  en la abadía de Westminster el 28 de junio de 1838.

Por aquel entonces, el  gobierno lo dominaban los Whig, el Primer Ministro, vizconde de Melbourne, Lord Melbourne, ejerció desde el comienzo una importante influencia sobre la inexperta soberana, hasta el punto de depender completamente del extraordinario caballero, compartiendo sus ideales liberales, expresando su deseo de no querer volver a ver jamás a los Torys.
Pero debido a los acontecimientos en las colonias británicas, rebeliones en Canadá y Jamaica, las autoridades locales protestaban contra las medidas inglesas que no reconocían  como leyes dictadas por el parlamento, Melbourne se vio en la obligado a  dimitir,  por su incapacidad  para controlar todos los contratiempos que surgieron.
Durante su reinado, Francia conoció dos dinastías regias y una república, España tres monarcas e Italia cuatro. En este la reina Victoria, verdadera protagonista e inspiradora de todo el siglo XIX europeo.



La unión prevista  desde hacía mucho tiempo, determinada por los intereses de Inglaterra, entre Victoria y su primo, el alemán Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, se hizo realidad el 10 de febrero de 1840, en la Capilla Real del palacio de St. James, Londres. 



Alberto era uno de los pocos hombres jóvenes que Victoria había tratado en su vida y el primero con el que se le permitió conversar a solas. Cuando se convirtió en su esposo, ni la predeterminación ni el miedo al cambio que suponía la boda impidieron que naciese en ella un sentimiento de auténtica veneración hacia aquel hombre no sólo apuesto, exquisito y atento, sino también dotado de una fina inteligencia política. Cuatro días antes de la ceremonia, la reina le otorgó a su futuro esposo, el tratamiento de Su Alteza Real, por lo que Alberto sería conocido como el "Príncipe Consorte".

La reina Victoria de Inglaterra estuvo muy enamorada de su esposo, al que profesó auténtica veneración, tanto en el ámbito personal, como en el político. Los nueve hijos nacidos del matrimonio, ocuparon nueve hijos  ocuparon un lugar muy secundario en el corazón de la reina, tanto que, una vez viuda, escribió a un miembro de la rama germana de los Hannover «No hallo ninguna compensación en la compañía de mis hijos. Es más, pocas veces me encuentro a gusto con ellos. Me pregunto porque ha tenido que dejarme Alberto y ellos continúan a mi lado ...»

Alberto fue un marido ejemplar y nunca llegó a faltar a sus votos nupciales. Para Victoria un marido perfecto y compañero ideal, por el que sustituyó a Lord Melbourne en el papel de consejero, protector. El príncipe  tuvo sus dificultades al principio. Tardó en acostumbrarse al puesto que le había trazado de antemano el parlamento, el de príncipe consorte, un status que adquirió aunque tardó aún más en hacerse perdonar una cierta inadaptación a los modos y maneras de la aristocracia inglesa. Pero con el tacto y perseverancia del príncipe, despejó en una misma voluntad todos los obstáculos y se granjeó un universal respeto con sus iniciativas. 

La habilidad política del príncipe Alberto y el escrupuloso respeto observado por la reina hacia los mecanismos parlamentarios, contrariando en muchas ocasiones sus propias preferencias, contribuyeron en gran medida a restaurar el prestigio de la corona, gravemente menoscabado desde los últimos años de Jorge III a causa de la manifiesta incompetencia de los soberanos. Con el nacimiento, en noviembre de 1841, del príncipe de Gales, que sucedería a Victoria más de medio siglo después con el nombre de Eduardo VII, la cuestión sucesoria quedó resuelta. Puede afirmarse, por lo tanto, que en 1851, cuando la reina inauguró en Londres la primera Gran Exposición Internacional, la gloria y el poder de Inglaterra se encontraban en su momento culminante. Es de señalar que Alberto era el organizador del evento; no hay duda de que había pasado a ser el verdadero rey en la sombra.




Con todas las uniones conyugales en Europa, de hijos y nietos con otros monarcas, a Victoria se le daría el título popular de  "la Abuela de Europa". Sin embargo, al ser portadora de hemofilia, transmitió el gen defectuoso a todos sus descendientes (por estar ligada al cromosoma X). El portador más conocido de dicha enfermedad fue el zarevich Alexis.

LA RELACIÓN DE VICTORIA DE INGLATERRA CON SUS PRIMEROS MINISTROS

El comportamiento de la reina con los sucesivos Primeros Ministros, fue voluble. Aborrecía hasta la sola insinuación del cambio en todo orden de cosas, la alternancia de los partidos whig y tory en la conducción del país la azoraba una enormidad, y recelaba de cada uno de los nuevos jefes de gobierno. Pero, por lo general, pronto aprendía a apreciar sus respectivas cualidades, incluso a parecerle imposible el trato con otro Primer Ministro que no fuese  el de turno.  

LORD PALMERSTON

Primer Ministro del Reino Unido a mediados del siglo XIX durante dos ocasiones: la primera entre el 6 de febrero de 1855  y el 19 de febrero de 1858, y la segunda, entre el 12 de junio de 1859 y el 18 de octubre de 1865. Participó en el gobierno continuadamente desde el año 1807 hasta el día de su fallecimiento.

Comenzó su particular carrera como Tory, y la concluyó como liberal. Fueun político aristocrático de perfil antiguo. De corazón liberal, favorable al progreso tecnológico y completamente opuesto a la noción de gobierno democrático en Gran Bretaña.

Su época de mayor prestigio político la alcanzó, cuando ocupó el cargo de Primer Ministro del Reino Unido, puesto que ocupó en dos ocasiones a mediados del siglo XIX. La primera entre el 6 de febrero de 1855 y el19 de febrero de 1858, y la segunda entre el 12 de junio de 1859 y el 18 de octubre  de 1865.
El pragmatismo político de Lord Palmerston se resume en su frase “Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes. Inglaterra tiene
intereses”. Fue uno de los estadistas más célebres de la época victoriana, rival de Disraeli, y aún se le considera uno de los más importantes primeros ministros que ha tenido el Reino Unido; Winston Churchill lo citaba como inspirador suyo.



BENJAMIN DISRAELI


Disraeli, el político que mejor supo penetrar en el carácter de la reina, alegrarla y halagarla, y desviarla definitivamente de su antigua predilección por los whigs.

En 1842-46 encabezó una rebelión del ala derecha del partido contra el librecambismo de Peel, que derribó a éste del gobierno; con ello, sin embargo, no consiguió más que debilitar a su partido, que hubo de pasar a la oposición. En 1848 fue designado líder de los conservadores en los Comunes, pero siguió acumulando fracasos electorales, apenas compensados por sus éxitos como escritor. Muchas de sus novelas contenían críticas a la política de su tiempo -como Vivian Grey (1825-27) o Lothair (1870)- o consideraciones histórico-filosóficas que sustentaban su posición política -como Coningsby (1844), Sybil (1845) o Tancred (1847).

Sirvió dos veces como ministro de Hacienda hasta que la reina Victoria I le nombró primer ministro en 1867-68. La principal realización de ese periodo de gobierno fue la reforma de 1867, que extendió el derecho de voto hasta doblar el cuerpo electoral; con ello suministró una base de votantes populares a su proyecto político de «democracia tory», que consistía en transformar el viejo partido aristocrático conservador en un partido «nacional» capaz de anudar la alianza entre un fuerte poder monárquico y un electorado trabajador.

Durante la década de los setenta la política británica estuvo marcada por el enfrentamiento entre Disraeli y el líder de los liberales, William Gladstone, cuya política atacó aquél desde la oposición (especialmente en lo tocante a Irlanda y a las colonias). Cuando accedió a un segundo mandato como primer ministro (1874-80), puso en marcha el ambicioso programa imperialista que había anunciado en su discurso del Crystal Palace (1872): 1877. Su agresividad en política exterior le permitió frenar el expansionismo ruso defendiendo al Imperio Otomano (al que hizo pagar su apoyo en 1878 con la entrega de Chipre). En 1880 perdió las elecciones.

WILLIAM GLADSTONE



Sus primeros pasos en la política los dio en 1832 como diputado del partido conservador, entonces llamado Partido Tory, en el gobierno bipartidista durante la época victoriana, pero años más tarde dejó de ser conservador para unirse al liberalismo (Whig), situándose a favor de libre cambio y acercándose más a la Iglesia.

De 1843 a 1845 fue ministro de comercio, y de 1845 a 1846 ministro de las Colonias durante el mandato de Robert Peel, el líder del ala liberal de los conservadores. Tras la muerte de éste, llegó a ser ministro de hacienda y aprovechó para impulsar la liberación del comercio exterior durante los gobiernos de Aberdeen, de 1852 a 1855, y Palmerston, de 1859 a 1865. Este año fue determinante para la historia política británica, ya que tras la muerte de Palmerston se produjo un realineamiento de partidos, fusionándose el Tory y el Whig al Partido Liberal, y sobre todo, por el definitivo paso de Gladstone como izquierdista, al convertirse en el líder de dicho partido. En 1868 se convirtió en primer ministro, cargo que ocupó hasta 1874. Desde 1880 a 1885 volvería a encabezar el gabinete, repitiendo en 1886 y desde 1892 a 1894. Entre sus labores más importantes se destaca la reapertura del ejército y de las universidades, suprimiendo prejuicios religiosos y privilegios económicos. También extendió el sistema de oposiciones para el acceso a la función pública, formó el sistema educativo, y en 1872 introdujo el voto secreto.

La crisis agrícola de finales del siglo XIX lo llevó a aceptar la adquisición forzosa de nuevos mercados, teniendo que ir en contra de sus ideas contrarias al imperialismo. Esto fue lo que provocó la ocupación de Egipto en 1882 y la entrada en Sudán en 1885.

Dictó las leyes de la Tierra (1870 y 1881) y la Ley de prevención de crímenes de 1882 para reprimir la violencia nacionalista que colapsaba a Irlanda, pero como esto no fue suficiente, impulsó el proyecto de ley Home Rule en 1886, que implicaba para este país un Parlamento autónomo. Este proyecto no fue aprobado por los liberales unionistas, quienes se pasaron al partido conservador liderados por Joseph Chamberlain. El autogobierno de Irlanda y la oposición al imperialismo en la política exterior provocaron que fuera postergado en las siguientes elecciones. Dimitió en 1894, retirándose de la política después de que la Cámara de los Lores vetara su último proyecto de Home Rule para Irlanda, aprobado en los Comunes. Fue sucedido por Lord Salisbury, que había sido su rival desde la muerte de Benjamin Disraeli.

NOTAS SOBRE EL REINADO DE VICTORIA I

La sociedad en la época victoriana estaba exacerbada de moralismos y disciplina, con rígidos prejuicios y severas interdicciones. Los valores victorianos se podrían clasificar como "puritanos" destacando en la época los valores del ahorro, el afán de trabajo, la extrema importancia de la moral, los deberes de la fe y el descanso dominical como valores de gran importancia.

Los varones dominaban la escena tanto en los espacios públicos como en la privacidad, las mujeres se debían a los lugares privados, con un estatus de sometimiento y del cuidado de sus hijos y del hogar; referente de ello es la novela Ana Karenina mostrando que la sociedad no permite el resquebrajamiento de la moral. Otro claro ejemplo fue la condena por sodomía a Oscar Wilde con Lord Alfred Douglas a dos años de trabajos forzados.

Quizá por la acentuada moral de la época sea la observación del psicoanalista Jacques Lacan, quien dice que sin la reina Victoria el psicoanálisis no hubiera existido, ella fue la causa del deseo de Sigmund Freud y la que hizo necesario lo que Lacan llamó el "despertar".

Las condiciones como la pereza se vinculaban con los excesos y la pobreza con el vicio. La repulsión social hacia el vicio también se traduce en el sexo, relacionado con las bajas pasiones y su carácter animal proveniente de la carne. Por ello, la castidad era una virtud a resguardar.

La insatisfacción femenina, en cualquier ámbito, era tratada como un desorden de ansiedad con pastillas y psicoanálisis y, si la mujer tenía suficientes recursos económicos, lo trataba en manos de un "experto" que las estimulaba sexualmente con sus manos. Para las masas trabajadoras no existía el beneficio social, salvo por la Ley de Pobres que seguía en vigor.

La doble moral sexual es propia de la era victoriana. La reina mandó alargar los manteles de palacio para que cubrieran las patas de la mesa en su totalidad ya que, decía, podían incitar a los hombres al recordar las piernas de una mujer. Sin embargo, paralelamente a las estrictas costumbres de la época se desarrollaba un mundo sexual subterráneo donde proliferaban el adulterio y la prostitución. También existían las "cortesanas" que eran personas que, en el principio, asistían a los monarcas La prostitución era una actividad muy frecuente en la Inglaterra del siglo XIX
 El texto Oliver Twist de Charles Dickens es el mejor reflejo de trabajo infantil en la época victoriana, irrumpe en escena en1838 y cae como "balde de agua fría" a los británicos. Con una crítica mordaz de la hipocresía social, las instituciones y la justicia debido a los estragos que hacían el hambre, el trabajo y la mortalidad infantil.

La revolución industrial acaparó mano de obra infantil para trabajos como la minería o la industria textil, provocando accidentes y muertes a menudo por hacer trabajar a los niños bajo las máquinas en marcha, además eran azotados si la producción comenzaba a descender. En Inglaterra los niños desfavorecidos se encontraban a cargo de las iglesias, quiénes los vendían a las industrias a través de anuncios en los periódicos cuando ya no querían mantenerlos o cuando tenían demasiados. El comercio muy a menudo se realizaba sin consentimiento de los padres. Desde los cuatro años de edad eran buscados para ser "entrenados" en las máquinas, trabajan en las minas, limpian las partes de las maquinarias o van tras los hilos rotos en los telares.

El Estado inglés tomó medidas en 1833, creando una serie de regulaciones atinentes al trabajo infantil con la Factory Act, prohibiendo la inserción laboral de niños menores de 9 años, registrando sus honorarios y obligando a las empresas a brindarles asistencia escolar.

Pese a la rigurosa moral victoriana, eran extendidas las prácticas non sanctas tales como la cultura del  consumo de opio. Esto no resulta extraño si se conoce que en la botica real se distribuía libremente el opio a los cortesanos, la misma reina Victoria lo consumía en forma de goma de mascar con cocaína, junto al joven Winston Churchill . El opio era libremente consumido como «droga social», aunque con el tiempo adquirió mala fama debido a que, en los antros donde se consumía, se hallaba también presente la prostitución.

 En el terreno arquitectónico, el Renacimiento Gótico se convirtió en algo cada vez más significativo durante el periodo, llevando a la Batalla de los Estilos entre los ideales Gótico y Clásico
En el literario, consiste en una reacción frente al movimiento romántico inglés del primer cuarto de siglo. Los nuevos escritores rechazan la fantasía romántica de Byron o Shelley y buscan un nuevo realismo -el poeta Tennyson, los novelistas Thackeray y Dickens, el filósofo Carlyle encarnan los nuevos valores de la era-. La industrialización cambió la estructura de clases de manera drástica al final del siglo XVIII. Se había creado cierta hostilidad entre la clase alta y las demás. Como resultado de la industrialización, hubo un importante empuje de la clase media y trabajadora. A medida que la industrialización avanzaba hubo una división social mayor.


EL ESPLENDOR DE LA VIUDEZ


Fue en 1861 cuando Victoria atravesó el más trágico período de su vida: en marzo fallecía su madre, la duquesa de Kent, y el 14 de diciembre expiraba su amado esposo, el hombre que había sido su guía y soportado con ella el peso de la corona. Como en otras ocasiones, y a pesar del dolor que experimentaba, la soberana reaccionó con una entereza extraordinaria y decidió que la mejor manera de rendir homenaje al príncipe desaparecido era hacer suyo el objetivo central que había animado a su marido: trabajar sin descanso al servicio del país. La pequeña y gruesa figura de la reina se cubrió en lo sucesivo con una vestimenta de luto y permaneció eternamente fiel al recuerdo de Alberto, evocándolo siempre en las conversaciones y episodios diarios más baladíes, mientras acababa de consumar la indisoluble unión de monarquía, pueblo y estado.


Afirma Lytton Strachey que Victoria fue «el símbolo viviente del triunfo de la clase media»; su pronunciada afinidad con los gustos de esta clase, aunque amplificados según su propia posición, impuso un sello burgués a su prolongado reinado. Con todo, la mentalidad de Victoria se caracterizó por un pertinaz conservadurismo: jamás profesó demasiada simpatía para con las reformas liberales y las ideas democráticas, el feminismo –por ejemplo- le parecía una espantable aberración, y en distintas aristas de su conducta y personalidad no podía ser sino una genuina aristócrata de honrar los ideales y los gustos de su fallecido esposo.  Las residencias reales y sobre todo las habitaciones de Alberto se convirtieron en auténticos santuarios.  (Fue esta una «operación de embalsamamiento» -la expresión es del historiador Simon Schama- que alcanzó rango oficial y que a la larga produjo un hastío generalizado.) La vida de Victoria se encaminó en una «eterna y deliciosa repetición de acontecimientos absolutamente triviales», sólo interrumpida por las labores oficiales que nunca descuidó; a ellas destinaba largas horas, mecánicamente programadas. 

Tal y como ella había animado a su marido para trabajar sin descanso al servicio del país, la  soberana reaccionó con entereza asombrosa, desde ese instante hasta su muerte, Victoria nunca dejó de dar muestras de su férrea voluntad y de su enorme capacidad para dirigir con aparente facilidad los destinos de Inglaterra.  Finalmente, a edad avanzada abandonó su relativa reclusión; si por entonces era de (casi) todos respetada, con sus apariciones en público y el rigor moral de su vida concitó universal estimación. Para sus complacidos súbditos, Victoria se erigió en la personificación del boyante Imperio Británico, al tiempo que el prestigio de la corona –que no su poder efectivo- adquiría niveles casi místicos. La pequeña y gruesa figura de la reina se cubrió en lo sucesivo con una vestimenta de luto y permaneció eternamente fiel al recuerdo de Alberto, evocándolo siempre en las conversaciones y episodios diarios más baladíes, mientras acababa de consumar la indisoluble unión de monarquía, pueblo y estado. Su vida se extinguió lentamente, con la misma cadencia reposada con que transcurrieron los años de su viudez. Cuando se hizo pública su muerte, acaecida el 22 de enero de 1901, pareció como si estuviera a punto de producirse un espantoso cataclismo de la naturaleza. La inmensa mayoría de sus súbditos no recordaba un día en que Victoria no hubiese sido su reina.


domingo, 11 de enero de 2015

El mar, de John Banville y algo más

BIOGRAFÍA DE John Banville, por Antonio Rey






William John Banville nació el 8 de diciembre de 1945 en Wexford, Irlanda [capital del condado de su nombre, al sureste del país y cerca del puerto de Rosslare, donde Banville desarrolla su novela El mar. Está conectada con Dublín por ferrocarril y carretera, y a una distancia que se cubre en un par de horas]. Su padre [Martin] trabajaba en las oficinas de una casa de repuestos para automóviles y murió cuando Banville tenía unos treinta años; su madre [Agnes] era ama de casa. Es el menor de tres hermanos; su hermano mayor Vicent es también novelista y ha escrito bajo el nombre de Vincent Lawrence, así como con el suyo propio. Su hermana Vonnie Banville-Evans ha escrito una novela para niños y unas memorias de su infancia en Wexford

Fue educado en la CBS Primary, escuela de los Hermanos Cristianos y posteriormente en el Colegio de San Pedro, donde fue instruido por el padre Larkin, ambos en Wexford. Su padre tenía el deseo de que fuera arquitecto o pintor, pero él no quiso asistir a la Universidad: pensaba que allí no iba a aprender nada, hecho que Banville ha descrito después como “Un gran error. Debería haber ido [a la universidad]. Lamento no haber dedicado  esos cuatro años para emborracharme y enamorarme. Pero quería huir de mi familia. Quería ser libre”.

Después de la escuela, trabajó como oficinista en la aerolínea Aer Lingus hecho que le permitió viajar a precios muy rebajados, y que aprovechó para viajar a Grecia y a Italia. Residió también en los Estados Unidos de Norteamérica entre 1968 y 1969. A su regreso a Irlanda se hizo periodista, siguiendo un poco la línea de Grahan Greene, viajes y periodismo. Este decía que editor de cierre era el trabajo ideal para un escritor porque te permitía escribir todo el día. Con estas ideas entró a trabajar en el diario The Irish Press donde llegó a ser sub-editor jefe. Desaparecido este periódico en 1995 pasó al The Irish Time, donde fue director literario; pero este medio también sufrió problemas financieros y Banville optó por abandonarlo con una buena indemnización.  Actualmente, y desde 1990, es colaborador habitual de The New York Review of Book [magacín bimensual sobre literatura, cultura y actualidad, publicado en Nueva York que asume como punto de partida que el debate de libros es en sí mismo una actividad literaria imprescindible. En 2003, la publicación tenía una tirada de más de 125.000 ejemplares].




Banville dice que empezó a escribir novelas a la edad de 12 años. Sus primeros intentos fueron "terribles" imitaciones de Dublineses de Joyce; una de ellas empezaba: "La flor blanca de mayo se desvaneció lentamente en la boca abierta de la tumba". Desde entonces no ha parado.

Autor de manuales, piezas de teatro, un guión de cine (Albert Nobbs (2011), a las órdenes de Rodrigo García, el hijo de García Márquez), piezas para la radio y novelas. Su primer libro fue una recopilación de relatos titulada Long Lankin que apareció en 1970; un año después se editaría su primera novela, Nightspawn; a estas le siguieron Birchwood (1973), la Trilogía de las revoluciones -Copérnico (1976), Kepler (1981) y La carta de Newton (1982)- y otras novelas entre las que sobresalen El libro de las pruebas (1989), finalista del Premio Booker, y El mar (2005), que se hizo con el premio. En 2012 editó Antigua luz.

En el año 2007 apareció su primer libro bajo el seudónimo de Benjamin Black: El secreto de Christine, Serie que escribe con una prosa más ligera y directa, pero igual de exquisita y que cosechó gran éxito de público y crítica, con títulos como El otro nombre de Laura (2008), En busca de April (2011), Muerte en verano (2012), Venganza (2013) y La rubia de los ojos negros (2014) resucitó al detective Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler. En seis de ellas el protagonista es Quirke, patólogo y jefe del tanatorio de Dublín [en castellano se dice anatomopatólogo, que es, por ejemplo, el que analiza las biopsias y patólogo forense aquel cuya misión es la de investigar las muertes violentas o en las que exista alguna sospecha de criminalidad.]

 Raymond  Chandler, el padre literario de Benjamin Black


Banville es muy discreto con su vida privada, reacio a admitir que en algunas de sus novelas podrían filtrarse episodios autobiográficos. "Cuando me levanto de mi escritorio, todo lo que he escrito se vuelve ajeno"

Banville tiene cuatro hijos de dos matrimonios distintos. Dos hijas con su primera esposa, Patricia Quinn,  que fue directora del Consejo de las Artes de Irlanda y dos hijos ya adultos con la actual, la artista textil estadounidense Janet Dunham [se conocieron en 1968 en San Francisco, cuando ella estudiaba en una universidad californiana]. Esta circunstancia le ha obligado a viajar periódicamente a Estados Unidos, algo a lo que él se resiste porque es uno de esos raros autores irlandeses (nada que ver con los trasterrados Joyce o Beckett) que no conciben estar alejados de su país y adoran su mal tiempo y su lluvia permanente.

Banville tiene un fuerte interés por la experimentación con animales y sus derechos, y con frecuencia se presenta en los medios de comunicación irlandeses para hablar en contra de la vivisección en la investigación universitaria.
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EL MAR de JOHN BANVILLE




COMENTARIO (José Luis Vicent)

Si al comenzar esta lectura has decidido hacerlo con el lápiz en la mano a fin de marcar todas aquellas palabras, frases e incluso párrafos que consideres de interés, puedes terminar sin dejar exenta de subrayados ni a una sola página del libro. Si lo que has decidido es tomar tus propias notas en una libreta, acabarás con ella o consumirás el bolígrafo. Puede que, si te has limitado a reproducir aquello que te gusta, termines copiando íntegramente el mismo libro en un ejercicio que no sería de caligrafía sino de admiración y comprensión.

Esto bastaría para, a cualquiera que no lo haya hecho, animarle a que lo lea y simplemente, si quiere saber muy genéricamente de qué va, que acuda a la sinopsis, pero si quiere ser tan incisivo como el libro se merece deberá realizar un gran esfuerzo para que alguien no le abofetee con la respuesta “¿y eso es todo, se muere la mujer y se refugia en el pasado?”.

Y qué otra cosa te puedo decir amigo, si lo que ha hecho esta lectura es meterme dentro y ahogarme las palabras. Si es como si un maravilloso invento hubiera extraído de la mente del protagonista, ¡ah no, del autor!, bueno de la trasmisión a su yo narrador y problemático, a menudo no menos que cualquiera, hubiera extraído de su mente digo, todo lo que va pensando para ser escrito con la precisión del desorden por el que cualquier mente discurre.

Tampoco estoy seguro –seguiría insistiéndole a mi amigo- qué ha sido primero, si pensar lo que va a escribir o escribir lo que está pensando. Lógico es creer en lo primero, pero eso lo ha hecho el autor. El intérprete ha hecho lo segundo, ¡y con qué maestría!. Imagínate que puedas estar muy dentro de ti, puedas ser espía de ti mismo y de todo lo sucedido a tu alrededor, no solo de ahora sino de cualquier momento, de todos los momentos por los que la mente humana es capaz de abarcar dando saltos en el tiempo como un saltamontes meteórico. Imagínate que lo haces en un momento trágico de tu vida –todos en mayor o menor medida ya hemos padecido o visto padecer  alguno-, y te apartas del mundo por unos días, o incluso solo por unas horas.



Y en esas horas o en esos días empiezas a analizar la pérdida, a analizarte a ti, al momento actual, al pasado reciente o al pasado lejano que por uno u otro motivo relacionas con el hecho principal, con el que te ha hundido y no sabes por qué. Es decir, sí sabes por qué pero no sabes cómo levantarte o prefieres no levantarte y seguir pensando porque al pensar crees que podrás salir. O no lo crees pero crees que lo crees y entonces piensas que ni siquiera te conoces a ti mismo y que ese desconocimiento de ti mismo es el responsable de cuán poco conocías al ser perdido.

Y sientes la culpa, sientes la culpa no por la pérdida sino por no saber qué hacer cuando se acerca y por no haber sabido qué hacer incluso cuando estaba lejos porque tu vida pasaba junto a ti, llevándote de la mano sin apenas rechistar, sin oponer resistencia, o tal vez oponiendo la justa para desviarla, quizá inconsciente, hacia donde te sentías más cómodo. Y solo ahora que estás quieto, parado, haciendo que esas horas o esos días de penitente recogimiento no pasen sino para registrar los pasados que han procurado su existencia,  puedas darte cuenta de las cuestiones que te han llevado físicamente a ese ahora melancólico lugar.

Cualquiera puede haber estado en muchos sitios en su vida pero seguro que hay uno que le marca de forma diferente, de forma esencial diría, y no tiene por qué ser el lugar donde nació. Quizá cualquiera no nace realmente el día de su cero cumpleaños, quizá cualquiera nace ese día que se encendió la espita del conocimiento, del sentimiento, del asombro, del descubrimiento o del desengaño, del terror, también del terror, ese cúmulo de sensaciones que a cierta edad le desbordan y le invitan a definirse porque tanta concentración en tan poco espacio parece que solo dejarán el resto de su vida como una vana consecuencia. A veces cualquiera dice haber nacido de nuevo cuando sobrevive a un accidente o a un infarto, pero no es así, porque en el fondo sigue siendo el mismo un poco renovado, nada que ver con el despertar aquel que de una forma u otra todos interiorizamos aunque a veces no lo reconozcamos.


Imagínate –continuaría sin cederle la palabra- que solo eso y todo eso, por alguna mágica o sobrenatural razón que no puede venir de ti pero que no nos importa ahora, es trasladado a un libro haciendo de las visiones palabras, de los momentos frases, de las acciones oraciones, de los hechos párrafos y así sucesivamente, ya de digo, en un orden desordenado, el necesariamente exquisito para que alguien que lo lea crea estar dentro, para que alguien que te lea a ti  crea ser tú, y que encima se tome la licencia –su extraordinaria habilidad se lo permite-, de sembrar dudas sobre si está siendo fiel a la verdad o solo fiel a lo que ahora ve desde la distancia aunque la trasmisión de su presencia lo sitúe en lo que a veces llama presente histórico.  
Imagínatelo todo y una vez imaginado léelo, no el tuyo, no te pido tanto -calmaría a mi amigo de ese agobio al que le estaría sometiendo-, lee El Mar, en toda su extensión, o no tanto, basta con aquella parte que abarque tu vista, pero también en la profundidad que le es ciega. Quizá  mirando el horizonte veas tan en su cerca tan en tu lejos, a tu particular y estimulante señora Grace y su molesto marido, a tu misteriosa Chloe y su rarísimo gemelo Mylles como dos puntitos lejanos o ya ni eso, a tu Rose y a tu tú de entonces extrañados y extraños, tan distintos y sin embargo tan iguales a la señorita Vavasour y a tu tú actual en esa casa, refugio del presente y testigo del pasado. A Anna, tu querida Anna, nunca un  ser que deja de serlo sabrá nunca lo que es capaz de obrar en otro cuando ya no está, tan próxima que aun pareces divisar su brazo alzado entre la espuma reclamando tu ayuda para salvarla. O salvarte, como ese nuevo amigo y viejo Coronel echándote una mano para alejarte de la lastimera orilla. Y Claire, tu dulce Claire, el vínculo vivo de tu amor muerto cubriendo con firmeza las tristes y zigzagueantes huellas sobre la arena de tu pasado.
Léelo, repito, insisto, ruego, y luego si quieres, si puedes, me lo cuentas.  




 Aproximación al universo simbólico de El mar de John  Banville





Excitante y sugerente es el recorrido de la crítica o comentario de una novela que discurre en el territorio de la ambigüedad, siempre en la línea fronteriza que separa y fusiona dos realidades: la ficción y la vida, la falsedad y la verdad, el sueño y la vigilia, la memoria del pasado y el dolor del presente, la imagen y el objeto. En este libro formalmente brillante, el lenguaje crea la  sustancia literaria y ordena el caos mediante el incremento de la emoción  poética, para derramarse en un relato lento y deliberadamente moroso, donde sus componentes básicos, los personajes en su circunstancia espacio-temporal, se  ocultan y muestran sucesivamente según el texto  vaya creciendo en el universo de las imágenes o en el de sus referentes. 

Así que en esta novela, poética y filosófica, nos encontramos con una  armoniosa unión de lírica y narrativa, que encarnaría a la perfección el sueño de modernidad tan reivindicado por los movimientos de vanguardia y su romántica propuesta de libertad absoluta en la composición de la obra de arte, sin distinción de géneros ni incómodos  o asfixiantes corsés estéticos.

Como en las pinturas manieristas, el foco del relato no se sitúa con claridad  en el imaginario interpretativo del lector, pues la evocación de los dulces años de  la adolescencia  del historiador de arte Max Morden es  mucho más que  el relato de un duelo mediante el reconocimiento del dolor provocado por la enfermedad y reciente muerte de su esposa Anna. Es la revisión -desde la niñez hasta el momento actual- de toda una vida, que se somete a un minucioso análisis, sin concesiones ni paños calientes que  suavicen la dureza del reconocimiento de una  realidad interior que emerge con la fuerza de la verdad sin paliativos. La falsedad de los planteamientos juveniles, las engañosas máscaras con que el protagonista ha escondido su mediocridad, sus miedos y torpezas, van  surgiendo  de forma intermitente  entre los dos tiempos, pasado y presente, a la vez que la historia se va consolidando en una estructura coherente y planificada. Pues este texto es como un puzzle donde cada pieza, por pequeña que sea, tiene su lugar y hace funcionar la maquinaria narrativa como una bellísima criatura que, a medida que avanza, va incorporando nuevas emociones y conflictos que crecen y se nutren de lo anterior.

Esta singular novela, si es que se puede llamar así, o mejor esta obra de arte construida a base de palabras  delicadamente seleccionadas, es el resultado de un duro y constante trabajo creativo. Como el fabricante que nos ofrece un juguete junto a las instrucciones de uso y su esquema compositivo, el autor de El mar inserta dos textos con  sendas claves simbólicas que quizá iluminen al atento lector respecto a la estructura del relato y la intención de su creador.  



Uno de ellos es el SUEÑO intercalado tras las primeras rememoraciones de Max, y que interpretamos como un indicio del proyecto narrativo de la novela, con lo que este fragmento adquiere un carácter metaliterario, más sugerido que explícito. El sueño muestra al personaje como un viajero cuyo itinerario es singular y único, no transitado por nadie que no sea él mismo, es decir el contenido fundamental del relato reducido al esbozo previo al desarrollo argumental posterior. El desdoblamiento entre el soñador y el soñado remite asimismo al del narrador y el protagonista. El contenido narrativo será mínimo a casi inexistente (No pasaba nada) pues éste será un relato introspectivo, con poco recorrido temporal y gran intensidad analítica y emocional. Es un relato para un personaje “solo y obstinado”, que tras el sueño, es decir, tras la ficción que vamos a leer, que ya estamos leyendo, habrá culminado su proceso de catarsis mediante la evocación del pasado y la  aceptación del presente:

Pero me desperté en la negrura del alba no como solía hacerlo en aquellos días, con la sensación de haberme despojado de otra capa de piel durante la noche, sino con la convicción de haber alcanzado o al menos haber iniciado algo”

La rememoración de su experiencia con los Grace y la luminosidad de sus recuerdos funcionarán como estímulos conductores de los dos discursos, el narrativo y el poético. El relato del sueño nos remite al plan general de la novela, pues ¿hay algo que  represente mejor a la ficción que un sueño?

 El otro símbolo hace referencia al MAR, inicio y fin del relato si consideramos que éste comienza ya en el título.  El mar es un símbolo con un gran recorrido literario y estético, desde el manriqueño “morir e acabar” de la vida temporal “que son los ríos”, a la  visión  existencial y quizá nihilista de Machado. No es casual ni injustificada esa carga simbólica del MAR, pues con el paso del tiempo ha ido enriqueciendo su significado connotativo y expandiendo sus posibilidades semánticas.

La ambigüedad forma parte de la naturaleza del símbolo, que de esta forma se hace adaptable y flexible  adquiriendo así  la ductilidad de los objetos en permanente movimiento y proceso de transformación, como el mercurio. El mar de Banville no es estático como la muerte concebida como orden y quietud, según la ley de la entropía, sino es permanentemente dinámico, con  olas que van y vienen, hacia delante y atrás, como los dos tiempos del discurso narrativo, dibujando en la arena nuevos paisajes y viejas emociones.  El flujo tranquilo del mar permite al personaje de Max evocar sus felices años adolescentes, la época de los grandes y personales descubrimientos, desde la aparición de la conciencia del “Yo” a través del reconocimiento de la otreidad suscitada por el enamoramiento de Chloe, a las experiencias del erotismo y la sexualidad provocadas por Connie Grace.  Este  paraíso perdido es el de los dioses que “se marcharon el día de la extraña marea”, como leemos en las primeras líneas del libro.

Porque la GRAN MAREA es otra connotación marina y como tal remite tanto a la catastrófica realidad que deja a su paso como a la basura  abandonada  en la arena de la playa. El libro habla de que “las olas depositaban una orla de sucia espuma en el límite de las aguas”. La gran marea de nuestro relato trae consigo la terrible experiencia de la muerte de la amiga de Max y su extraño hermano Myles. Pero también hace emerger las miserias del protagonista, desde su inferioridad social y sus anhelos de prosperar acercándose a aquellos que considera superiores, como su pasividad ante la crueldad de sus amigos  con otros niños como él. La intención de no volver a nadar es muy misteriosa y deja abiertas algunas posibilidades interpretativas, pero es lo que tiene el mar, que lo  percibimos como una enorme y gran superficie que limita con profundidades ignotas, pobladas de peligrosas criaturas que arrastran poderosas e incontrolables corrientes. El mar así entendido recuerda a los angustiosos lagos unamunianos, de oscuras y frías aguas que ocultan misteriosos paisajes.



La gran marea saca a la luz el contenido de la vida de Max, su soledad personal y su incapacidad para comunicarse con su mujer y su hija, su miedo a no estar a la altura de las expectativas propias y ajenas, su conciencia, en definitiva, de haberse engañado a sí mismo y a los otros. La marea destapa la vergüenza de mostrar sus debilidades ante la sociedad, su incapacidad para aminorar el  sufrimiento de los que le rodean, su parálisis emocional ante el anuncio del dolor, la enfermedad y la muerte. Es decir, todo lo que será el contenido del relato de la vida de Max Morden, un personaje que con la suavidad del movimiento de las olas y la energía de la gran marea, realiza una de las más  sobrecogedoras y catárticas exploraciones de su propio interior,  en un  hermoso y concluyente strip-tease emocional y existencial. Su sencillez a la hora de quitarse máscaras no contradice la humanidad de su dolor y la lucidez con que toma conciencia de sus errores. El final del relato con el rescate del maltrecho y resacoso cuerpo de Max por la hija imperfecta y el tosco novio, anuncian el comienzo de algo nuevo al final del sueño: el fin de la resistencia del personaje a los sentimientos y la posibilidad del reconocimiento del otro en la complicidad del dolor y en las lágrimas compartidas. O quizá nada cambie pero nada sea igual, porque al menos, Max, y nosotros los lectores con él, conocemos ahora, al finalizar la lectura, algo que antes no sabíamos.

Volvemos al testimonio del texto para cerrar estas reflexiones, aunque no estará de más tener siempre a mano esta novela para detener el tiempo y sumergirnos en el mar de ideas, emociones y belleza que sus palabras suscitan:

Yo estaba de pie, sumergido hasta la cintura, en un agua perfectamente transparente, de modo que veía con todo detalle la arena acanalada del fondo, y diminutas conchas y fragmentos de patas de cangrejo rotas, y mis propios pies, pálidos y ajenos, como muestras exhibidas bajo un cristal. Mientras estaba allí, de repente, no, no de repente, pero en una especie de paulatino empujón, todo el mar se hinchó, no fue una ola, sino una marea lenta y constante que pareció alzarse de las profundidades, como si se hubiera removido algo inmenso ahí abajo, y por un momento me vi levantado y transportado un par de metros hacia la orilla, y entonces caí sobre mis dos pies como antes, como si nada hubiera pasado. Y de hecho no había pasado nada, una memorable nada, tan sólo uno de esos grandes encogimientos de hombros con que el mundo manifiesta su indiferencia.

Una enfermera vino a buscarme. Me di la vuelta y la seguí hasta el interior del hospital, y fue como si me adentrara en el mar.”

Y efectivamente, lo único que ha pasado es que un ser humano ha mirado   dentro de sí mismo y nos ha mostrado todo lo que tenemos en común y que rara vez miramos. Casi nada. GB


LO QUE OPINA RODRIGO FRESAN SOBRE J. Banville

(Antonio Rey)





Rodrigo Fresan, escritor argentino y editor del blog LetrasLibres.com, aparece como personaje en la novela de Banville Antigua luz como Fedrigo Sorrán. Dice de Banville, del que es amigo que es el mejor escritor inglés de nuestro tiempo, que es estilista de los que van quedando cada vez menos y gran seguidor de Nabokov y Henry James

En una ocasión le preguntó:

-¿Que es lo más importante, la trama o el estilo?

A lo que Banville le contestó:

-El estilo avanza por delante dando zancadas triunfales y ltrama va por detrás arrastrando los pies”

Para Fresan, El mar es el mejor libro para empezar con Banville, aunque no es su mejor libro.                            

El intocable es literatura del doble, de la ambigüedad moral y Los infinitos es su mejor novela

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Se dice que los escritores tienen tres vidas: la vida privada, la vida de los libros que leen y la vida de los libros que escriben. Banville, sin embargo, tiene una cuarta vida: Benjamin Black

Lo que opinan Banville y Black sobre sus dobles: Banville, de Black: "Mi gemelo idiota". Black, de Banville: "el pretencioso"