domingo, 8 de marzo de 2015

Jesús Carrasco. Intemperie (JL Vicent)




INTEMPERIE de Jesús Carrasco

Por José Luis Vicent.
Cuando supe que Intemperie era una de las obras elegidas para el taller de este año se me abrieron dos posibilidades: hablar de ella desde el poso que deja la lectura alejada en el tiempo o leerla de nuevo y anotar mientras tanto impresiones y detalles que la formalizaran en caliente.

Opté por la primera, por dos razones. Una, -la más socorrida- por falta de tiempo. Y dos, porque una segunda lectura de esta obra, probablemente me indujera a saltarme párrafos enteros, quedando de este modo imposibilitado a aportar nada nuevo a lo que obtuve en su momento -hará unos seis meses-, y que me pareció suficiente para recomendarla según a quien.

En cierta ocasión, no sé por qué, mi interlocutor interpretó en mi rostro un interrogante, en este caso acerca de un film, que al parecer expresaba la duda de si pagar o no por él, y tuvo a bien contarme la película de cabo a rabo para apostillar finalmente que en realidad no valía la pena verla.
Intemperie está en el polo opuesto de esta anécdota. Al menos en el sentido en que su lectura va más allá de los tres minutos que cualquier persona normal necesitaría para contarlo, como si se tratara de un supuesto film de mucha imagen y poco diálogo que un buen director podría obtener de este libro.

Pocas conversaciones, sí, entre los no menos escasos personajes, pero suficientes para entenderlos en una descripción precisa de su papel más que de sus entrañas, y que la imaginación del lector no tiene necesidad de realizar grandes esfuerzos para dibujarlos fácilmente, como si estuviera viéndolos fotograma a fotograma.

¿Acaso no existe el cine mudo?, pues esta novela se acerca a ello. Novela casi muda en cuanto al pronunciamiento de sus actores, pero sumamente densa en cuanto al pronunciamiento de su autor, porque lo que los primeros callan en su interior, lo suple el segundo con el reflejo escrupuloso de sus actos. 

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero sin embargo en este caso, a pesar de lo atractiva que sin duda sería esta obra llevada al cine, creo que también vale la pena leer las mil palabras que utiliza en cada descripción (advierto que con paciencia) antes que ver su imagen, aunque buena parte de ellas las olvidemos nada más terminar su lectura.

Puede decirse que se trata de una historia de supervivencia dentro de otra: la gente de una población rústica en un paraje desértico debido al azote de la sequía, tratando de sobrevivir en un mundo sin fecha que parece casi acabado –seguramente de un pasado no tan lejano-, mientras un niño de corta edad trata de sobrevivir huyendo de los perseguidores que la controlan y cuyo jefe (el alguacil), lo ha elegido para satisfacer sus bajos instintos con el consentimiento de unos padres avergonzados, pero vendidos a la consecución de pequeños privilegios que la amenaza de la sed y el hambre imposibilitan a los demás. Lo que evidencia por enésima vez, que por poco que haya sobre la Tierra siempre estará mal repartido, y que la degradación humana no tiene límites si a su cambio se ofrece un pedazo de pan o una gota de agua que prolongue su existencia por penosa que sea. 

Se trata de un mundo inhóspito, tal vez un tanto imaginario, pero que, entre otras cosas nos obliga a dejar de lado palabras como iphone, whatsapp, twitter o selfie, para centrarnos en otras -seguramente entonces mucho más necesarias-, como aguaderas, ronzal, aldaba o brocal que el autor no deja de citar en un exquisito alarde de sabiduría campestre.

Todas las cosas tienen un nombre, pero ni nacen con él ni existen desde siempre llamándose así. El hombre se lo puso para señalarlas, reconocerlas y diferenciarlas de otras semejantes. No vale decir, “tira de eso que está agarrado a la puerta” o “vacía ese trasto que hay junto a la pared”, pero el desuso del objeto ha enterrado la palabra que el autor ha rescatado en su empeño de referirse a las cosas por su nombre, por raro que parezca y nos obligue a acudir al diccionario para averiguar su significado. Aunque, paradójicamente, son los personajes los que carecen de nombre, seguramente porque en esa vida, solo el cargo, la habilidad o el ingenio sirven de algo.

Es ahí donde toma protagonismo el pastor al que el niño encuentra en su huida y en quien tras algunas dudas (quizá la hipótesis de una nueva vejación) decide depositar su confianza, uniendo sus fuerzas para resistir a la sequía y a eludir la obstinada persecución del alguacil y sus ayudantes en la despiadada caza de su presa.

Tal como el cabrero instruye al muchacho en sus quehaceres para sobrevivir, el autor relata minuciosamente, movimiento a movimiento, punto por punto, como quien es guiado por un libro de instrucciones, cada una de sus metódicas labores, así como sus sabios encargos y todas las vicisitudes y contratiempos salvajes que le esperan a lo largo de las pocas jornadas que constituyen el relato completo, desde el escondite donde aguarda el muchacho esperando que se marchen sus perseguidores hasta el encuentro con ellos, relatado con tal crudeza que a veces resulta repugnante, y el final, donde libre pero triste por la pérdida de su anciano amigo , el cielo deja caer unas gotas de agua como símbolo de esperanza a su subsistencia.

Para finalizar, y por seguir dando nombre a las cosas, ¿alguien sabría, con una sola palabra, cómo definir o dónde ubicar a esta novela, si es que es preciso hacerlo?. A mí se me ocurre “granítica” por la coincidencia en su dureza tanto física como paisajística y porque el material bien pulido, aunque siga siendo pesado, resulta brillante. Pero esa, como palabra, no como género, ya existe y lo mejor sería inventar una nueva.