lunes, 2 de febrero de 2015

LA REINA VICTORIA DE LYTTON STRACHEY



Por José Luis Vicent.


Cuando a duras penas conseguí llegar al final de los antecedentes y los primeros años de vida de la futura reina, estuve a punto de arrojar la toalla. Pero me sobrepuse entendiendo que un taller de lectura es precisamente para leer y que cuántas veces otros no habrán empezado algo a disgusto para terminarlo gozosamente.

Fue ese el primer aliento que me impulsó a intentar aceptar y entender la presencia de todos sus tíos y demás parientes empeñados en complicar el delicado asunto de la sucesión sin renunciar por ello a recoger títulos, territorios y asignaciones dinerarias que a menudo no alcanzaban a pagar sus deudas, y –confieso decirlo- no con menos displicencia y escasez de capacidad retentiva que la que he tenido con mis propios antepasados, a pesar de que siempre hay al menos uno, que por impacto o simpatía, resulta difícil de olvidar. En el caso de ella se trató de su tío Leopoldo (posteriormente rey de Bélgica) quizá el hombre que mejor advirtió la crisis monárquica y al que definió como “segundo padre o verdadero padre” dado que al suyo, –Duque de Kent, cuarto de los siete varones además de cinco mujeres que por entonces tenía el rey Jorge III- lo perdió siendo muy niña.

Menos mal que terminado ese calvario de notorios personajes llegó la hora de la Victoria (siempre se omitió Alejandrina como primer nombre), nacida por el matrimonio del propio Duque con MªVictoria Luisa de Sajonia-Coburgo –hermana de Leopoldo- y la cosa mejoró sustancialmente aunque muy lejos de estimular la avidez lectora que, al menos en mi caso, no es fácil esperar de una biografía.



Además, si la Reina Victoria desde que a los trece años acatando con “seré buena” supo lo que se le venía encima y tuvo la constancia y la habilidad para llevar ordenadamente un valioso diario en que recogía las impresiones de toda una vida, y el biógrafo las ha recuperado para modelarlas, esculpirlas y completarlas con hechos históricos sumamente relevantes tanto en su país como en Europa e incluso otros continentes, ¿de qué debo opinar si acaso debo opinar de algo?, ¿de la reina, de su vida, de los hechos que la rodearon o del libro de la vida de la reina con los hechos que la rodearon?.

Pero como presentí que al menos sí adquiriría conocimientos, me apliqué, tal vez contagiado por la firme voluntad de Alberto -el reflexivo primo sajón de ojos azules con quien contrajo matrimonio, en su interés por cumplir lo que el doctor y barón Stockmar, presente desde los tiempos de Leopoldo al que se requirió demasiado tarde para evitar la muerte de su mujer Carlota y el bebé en el parto que complicó la línea sucesoria- le inculcó que debía ser su trabajo, y continué echando millas. Con lo penoso que le resultaba al príncipe congratularse con el pueblo inglés que no parecía jamás dispuesto a perdonarle su condición de extranjero, midiendo siempre sus actos, sus informes y sus palabras, y va y yo creo poder hacerlo por el simple uso de la medida anglosajona en un metafórico cálculo longitudinal de las palabras que forman los renglones de esta extensa obra, proporcional sin  duda a las toneladas de desempeño diplomático, político, cultural e incluso alguna vez científico, que el príncipe protagonizara dando muestras de su íntegro patriotismo, a costa incluso de no alcanzar una felicidad auténtica más allá de la advertida en el deber cumplido por encima de todas las cosas.

Mientras tanto, Victoria iba sacando el carácter que la baronesa Lezhen –su institutriz y enigmática amiga desde niña- le dotara añadiéndolo a la rigidez de su propia madre que la mantuvo durmiendo junto a su cama hasta que recién estrenado su reinado se negó para reclamar su independencia y mostrar su poder,  lidiando con Whigs y Tories, simpatizando con Lord Melbourne (en cuya vejez creyó sentir por ella algo más que amistad) o detestando a Sir Robert Peel en sus etapas de gobierno o de oposición, pero siempre a la sombra de su marido muy por encima de ella intelectualmente y al que cada vez amaba y admiraba más en sus infatigables y complejas tareas de estado. Más tarde con el audaz Palmerston siempre en los límites de la provocación bélica, y su rival político Lord Jhon Rusell, consumiendo etapas pero también fuerzas –especialmente Alberto-, que intentaban reponer alejándose con la familia que iba creciendo a base de hijos hasta llegar a los nueve, a lugares tranquilos como Osborne y más tarde Balmoral, en las altas montañas de Escocia.



Pero aún quedaba cerca de media obra, o media vida y por tanto media lectura, porque Alberto, a diferencia de ella, murió joven y deprimido sin aferrarse a la vida como un día le confesara a su esposa. Por más que se empeñó, jamás consiguió sentir que los demás lo vieran como un verdadero inglés y el refugio de su trabajo fue quizá el precursor de su prematura muerte. Pero ahí estaba Victoria para, a pesar de los vaivenes en el gobierno y sus preferencias en las relaciones con sus primeros ministros, no cejar en la persecución de la inmortalidad de su amado esposo hasta conseguir, por ejemplo publicar enormes volúmenes con todos los informes y discursos que elaboró en su densa actividad diplomática o reproducir su imagen en múltiples lugares destacando su “Albert Memorial” frente al “Royal Albert Hall” que él mismo inició pero no vio concluir.

Así que, seducido por la férrea voluntad de la Reina en no dejar nada inacabado, continué absorbiendo los detalles del gran resto de su vida (nada menos que otros cuarenta años) que el propio biógrafo ocupó con impecable equilibrio y meticulosidad inglesa. Y eso que al principio no lo parecía, porque según dice “su diario comenzó a sucederse con intervalos y a mostrar ambigüedades”. Pero con o sin diario, su vida continuó llena de un dolor y de un luto exagerado que le impedía acudir a ceremonias de estado y a disminuir enormemente todo contacto social poniendo en su contra a toda la opinión pública, hasta que, a fuerza de reivindicar el trabajo de Alberto y guiándose por lo que ella piensa que habría hecho, comienza a ejercer de lo que siempre se ha considerado ser y a ganarse el respeto de los nuevos ministros como Mister Gladstone quien dijo respecto a Alberto que “alcanzó su ideal” y sobre todo a Lord Beaconsfield (Disraeli), que para ella fue “la única persona que apreciaba al príncipe” y para él ella fue “la única persona en este mundo a la que quiero de verdad”, pero sobre todo ambos coincidentes en su espíritu imperialista del que más adelante saldrían airosos del conflicto Rusia-Turquía tras el que Lord Salisbury (su último primer ministro) la definiría a ella como la “nueva dictadura de Europa”.

Cuando el paso de los años comienza a dejar su huella, dedica gran parte del tiempo a intentar creer lo contrario, es decir, que no pasa el tiempo recrudeciendo su ya natural obsesión y temor exagerado a los cambios. Ella siempre quiso vivir de la misma manera (obligó durante años a poner ropa limpia y cambiar el agua cada mañana en la habitación de su esposo muerto), con las mismas personas y las mismas ideas, así que finalmente se consagró a clasificar, enumerar y describir objetos, a fotografiar estancias en las que poder comprobar la inalterable posición y estado de las cosas y hojear plácidamente los cuadernos elaborados a tal uso aumentando su prestigio y popularidad mientras su poder y su vida disminuían hasta perderla definitivamente el 22 de Enero de 1901.

Con lo que le gustaban a ella las conmemoraciones que no dejaba una sola efemérides por celebrar de manera estrictamente acorde al hecho ocurrido, podrá al menos sentirse satisfecha de que esta lectura haya sido prácticamente concluida en el 114 aniversario de su muerte y si finalmente, como se ve, este mediocre resumen se ha referido especialmente a ella, cuando casualmente su biógrafo falleció el 21 de Enero de 1932, querrá decir que por desgracia, una vez más la historia y la política han estado por encima de la literatura.