sábado, 24 de mayo de 2014

Pequeños cuentos de misoginia



PEQUEÑOS CUENTOS DE MISOGINIA de P.HIGHSMITH



COMENTARIO (José Luis Vicent)

Yo no sé qué me pasa, que todo lo que leo me gusta. De una forma o de otra, por una razón o por otra, el caso es que me gusta.

No quisiera que este estado personal de buena aceptación se malinterprete restando calidad a estos cuentos, ya que sin llegar al extremo del entusiasmo me parecen sencillamente recomendables para pasar un buen rato.
Y como a poco de empezar han aparecido los primeros muertos, me he entretenido leyendo y contando, de modo que mis apuntes se han dividido entre las ligeras notas de lo gramaticalmente contado por Patricia y en dibujar una cuadrícula donde colocar lo aritméticamente contado por mí.

En las notas gramaticales puedo estar equivocado, aunque no mucho porque he tomado pocas. En las aritméticas es más difícil errar, en realidad son habas contadas, bueno, seres contados.

Me ha dado que en 17 cuentos condensados en 78 páginas han aparecido 19 muertes repartidas entre homicidios, accidentes provocados o fortuitos, penas o pesares, peleas y atentados, un suicidio involuntario, una desaparición y algún que otro intento cuyo fracaso no es de ley contabilizar.

A esto hay que añadir más de 40 relaciones sexuales divididas entre las consentidas, buscadas o  requeridas, infidelidades y violaciones reales o fingidas.



En el caso de las muertes ganan las mujeres por poco, aunque limitándonos al caso de homicidios, ellas los doblan en víctimas y ellos en autores del delito.

En las relaciones sexuales, aún entendiendo que lo normal sería ir a la par, la protagonista es ella en el cien por cien de los casos y los personajes secundarios son ellos, que si los contáramos las triplicarían en número pero nunca en veces porque hay al menos un par que se llevan detrás una legión de hombres.

 Hombres, que dicho sea de paso, son a menudo despojados de gran parte del cerebro que los identifica como tales descendiéndolos a otra categoría. Pero para ser minuciosos en las cuentas, esto no sería correcto -decir que no son hombres-  como tampoco lo sería no advertir que ese par de mujeres mentado eleva extraordinariamente la media en perjuicio del resto.

Siguiendo con las cifras, si dividimos el número de páginas entre el número de cuentos y al resultado le restamos una media de media página por muerte y relación sexual, y un tercio por cada espacio en blanco entre cuento y cuento que no cuenta nada, obtenemos como resultado 2,6 páginas para el resto del cuento.

Así visto parece poco, pero precisando que cuanto mayor ha sido la extensión menor ha sido el interés, diré en favor de los más breves que me ha parecido suficiente e incluso meritorio exponer sin rodeos ni adornos las repentinas y excéntricas decisiones de los personajes, que en realidad es lo que más cuenta a la hora de entender el resultado final de cada cuento.


Pero es evidente que la intención de la autora no era que lo entendiéramos siguiéndolo al pie de la letra igual que un teorema sostiene una verdad, y eso que muchos de sus personajes se rigen por esa norma obedeciendo sin atisbo de duda a una frase doctrinal, sino que lo interpretáramos ajustándonos a la visión, a veces cómica, a veces macabra, de lo absurdo, para reconocer que la exageración de los hechos conceden un valor que de no haber sido deliberadamente multiplicado, el cuento habría carecido de sentido, casi tanto como las operaciones que me he permitido realizar.



Mujeres de ojos grandes

MUJERES DE OJOS GRANDES de ANGELES MASTRETTA



COMENTARIO (José Luis Vicent)

Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños y mis abuelas vivían, escuchábamos a veces las historias de su pasado que a menudo colocaban a nuestra madre o nuestras tías en el lugar que entonces ocupábamos. Sí, sí, es cierto, mujeres sobre mujeres que podían o no incluir a hombres. Pocas veces se daba el caso contrario.

Seguramente el limitado interés de las mismas, nuestra escasa atención, o tal vez el conjunto de ambas, han ido apartándolas de nuestra memoria.
O será que realmente no hay tantas vidas diseñadas para ser contadas, ni tantas personas diseñadas para contar vidas.

Creo que la genialidad de esta obra estriba en la magistral labor de su autora para escoger y colocar en primer plano lo que fue la esencia de estas mujeres de personalidad y nombres propios como el propio nombre de cualquiera de nuestras tías, destacando en relativamente escasos renglones, sus actitudes y rasgos más significativos con la facilidad que un excelente caricaturista las obtendría de sus rostros.

Así lo he visto yo, como una lectura gráfica de imágenes. Una secuencia construida con las fotografías de nuestra madre o abuela conservadas en una caja de zapatos sobre la que se han ido vertiendo las palabras adecuadas y precisas que dan testimonio de los momentos trascendentes de las retratadas obviando el resto, ese noventa y tantos por cien que en la vida de cada uno no es más que una repetición del día anterior (tal vez perfecto para ser repetido pero no para ser contado).



A este confort relajado del oyente ensimismado y a menudo ávido en la necesidad de superación de cada nueva historia hay que añadir la facilidad y armonía descriptivas  en la que no sobran ni faltan palabras para trasmitir la idea justa que data al personaje, a la mujer en estos casos, de la personalidad destacable que impide haberla dejado caer en el olvido.
Mujeres adheridas al hombre, ya sea padre, marido o amante, como novedad o como costumbre, con entusiasmo o apatía, pero siempre determinantes en sus objetivos.
Porque todas ellas, arreglando la casa, horneando galletas, enhebrando agujas con que coser las ropas del marido y de sus no menos de cuatro o cinco hijos, educándolos, llevándolos y trayéndolos de la escuela, escogiendo hábilmente la compra de alimentos o esperando en la noche las necesidades del cónyuge, todas, todas, poseen escondido en un rinconcito de su corazón el momento en que cambió su vida para eso o para dejar de ser eso.

Así las hemos encontrado, a veces presas de un instante, como aquel escalofrío provocado por el beso en la nuca una noche de intrigante luna, aquellos labios perturbadores preguntando sobre el guardián de sus ojos, aquellos aromas a orégano o níspero sujetos al olfato desde el primer furtivo encuentro en la despensa o sobre el frutal, aquella corbata al cuello como abrazo en mitad de la calle, aquellas inteligentes palabras, espejo de  falsas virtudes destinadas a descubrir idioteces, o  aquellos temblores al simple roce de un abrigo.

Presas, sí, en el silencio cada vez más lejano de sus sueños, pero tan firmes, que el tiempo, quizá vencido, quizá generoso, devuelve un día al inevitable reencuentro, dichoso o frustrante pero siempre liberador. 

También enloqueciendo por el marido infiel al que figuradamente matan y resucitan al son de sus turbulentas meditaciones y las guerras desatadas entre el rencor y el cariño, o buscando eternamente nuevas cosas en las palabras y el cuerpo del hombre al que queriendo, siempre temieron sentir como su último encuentro.

La enorme pena de la que mantuvo y despertó durante cincuenta años la luz que encendió su cuerpo al son de la voz y la guitarra del novio asesinado sin que jamás pudieran terminar con la parte que de él se quedó para sí misma.

El coraje de esa otra que desafiando el papel establecido, torció su premeditado futuro de abnegación para brindar sus triunfos en los negocios a la memoria de un padre que la defendió a ella tanto como a las causas perdidas en favor de los trabajadores levantados, o la tozuda que no quiso morir hasta confiar el secreto que horrorizaba su nueva vida en el otro mundo. 

Y cómo no, la bellísima historia de aquellas gemelas enamoradas el mismo día, siguiendo el mismo camino bajo distinta visión, el conformismo positivo frente al anhelo de ser y vivir como otras, desmesurado y finalmente vencido por el único deseo de no perder a la hermana enferma.

Las consecuencias y sobre todo las sensaciones que surgen de cada uno de esos momentos en los que se da un tirón al rumbo de la vida o la vida misma a través de la ventana de la muerte lo sacude frenando su velocidad de crucero, son la excusa perfecta para que esa aparente sobrina de todas las tías, homenajeadas  hábilmente en el último retrato, nos los cuente con nitidez, sensibilidad y extraordinaria poesía. 


miércoles, 21 de mayo de 2014

notas de un lector

FOE: NOTAS DE UN  LECTOR ANÓNIMO

En la novela hay  algunas referencias a  fuentes literarias que conviene señalar:




·    El personaje de Susan Barton esta inspirado en Roxana, protagonista de la novela del mismo título de Defoe, considerada como una novela precursora del pensamiento feminista. (¡Al fin y al cabo, una superviviente!). Coetzee dijo en una entrevista que había elegido una narradora para Foe porque quería hacer un homenaje a todas las escritoras marginadas de la historia.


·      La Divina Comedia, de Dante:

“Una vez leí a un autor italiano acerca de cierto individuo que visitaba o soñó que  visitaba el Infierno —prosiguió Foe—. Allí se encontró con las almas de los muertos. Una de aquellas almas lloraba desconsoladamente. «Mortal, no creas», le dijo el alma dirigiéndose a él, «que porque yo no sea un ser de carne y hueso mis lágrimas no son fruto de un dolor auténtico.»”





·         Las 1001 noches  

“Una vez un hombre se encontró a un anciano que esperaba a la orilla de un río y, compadecido de él, se ofreció a llevarle al otro lado. Después de pasarle a cuestas, sano y salvo, a través de la corriente, al llegar a la orilla opuesta se arrodilló para que pudiera bañarse. Pero el viejo se negó a desmontar: y no solo eso, sino que, apretando entre sus rodillas el cuello de su porteador, empezó a golpearle en los costados y, en pocas palabras, acabó convirtiéndole en una bestia de carga. Llegaba hasta quitarle la comida de la boca, y habría seguido montándole hasta causarle la muerte si el otro no se hubiera librado de él mediante una estratagema.
—Ahora reconozco la historia. Es una de Las aventuras de Simbad el Marino.





·         Algunos cuentos de Borges:

“—Hace mucho tiempo, señor Foe —le dije—, usted escribió la historia de una mujer (la encontré en su biblioteca y se la leí a Viernes para pasar el rato) que pasaba una tarde conversando con una amiga suya muy querida, y al irse le daba un abrazo y se despedía de ella hasta la fecha en que habían acordado verse de nuevo. Pero la amiga (ella aún lo ignoraba) había fallecido el día anterior a muchas millas de distancia, y, por tanto, había pasado la tarde conversando con un fantasma. La recuerda, ¿verdad?, es la historia de la señora Barfield. Por lo cual deduzco que usted es consciente de que los fantasmas pueden sostener una conversación con nosotros, e incluso abrazamos y besamos también.”


“Bien, le contaré otra historia. Una mujer (otra, no la misma) fue condenada a muerte. No recuerdo por qué delito. A medida que se aproximaba el día fatal fue sumiéndose en la mayor desesperación pues no encontraba a nadie que quisiera hacerse cargo de una hija pequeña que tenía con ella en su celda. Finalmente, uno de los carceleros, compadecido de su infortunio, habló con su esposa y ambos convinieron en adoptar a la niña como si fuera hija suya. Cuando la condenada vio a su hijita a buen recaudo en los brazos de su padre adoptivo, se volvió a sus opresores y les dijo «Ahora podéis hacer conmigo lo que queráis. Yo ya he escapado de vuestra prisión; lo que aquí tenéis no es más que el capullo de mí misma», aludiendo, pienso, al capullo que la mariposa rompe al nacer. ”


“Una mujer condenada por robo, cuando estaban a punto de subirla a la carreta que había de conducirla a Tyburn, pidió un sacerdote para hacer una confesión sincera, pues, según decía, la que antes había hecho no lo era. Así que llamaron al capellán. Volvió a confesarle todos los robos de que la habían acusado, y muchísimos más; le confesó un sinnúmero de blasfemias y de actos impuros; confesó haber abandonado a dos de sus hijos y asfixiado a un tercero en la cuna. Confesó que tenía un marido en Irlanda, otro que había sido deportado a las Carolinas y un tercero preso como ella en Newgate, y los tres aún vivos. Confesó con todo lujo de detalles crímenes que había cometido tanto en su infancia como en su pubertad, hasta que al fin, cuando el sol brillaba ya en lo alto de los cielos y el carcelero estaba aporreando la puerta, el capellán la hizo callar. «Me cuesta trabajo creer, señora», le dijo, «que una sola vida haya bastado para cometer todos esos crímenes. ¿Es usted, realmente, tan gran pecadora[…]”





·         Buceando hasta el naufragio, Adrienne Rich (p. 151-2) (Poema de 1972)



Primero, habiendo leído el libro de los mitos
y cargado la cámara
y probado el filo del cuchillo,
me puse
la armadura de neopreno negro
las absurdas patas de rana
la seria e incómoda máscara.
Tengo que hacer esto
no como Cousteau con su
asiduo equipo
a bordo de la goleta bañada por el sol
sino sola acá.


Hay una escalera.
La escalera está siempre ahí
colgando inocentemente
cerca del costado de la goleta.
Sabemos para qué sirve,
nosotros, que ya la usamos.
De otra manera
sería una pieza de instrumento marítimo
algún tipo de equipo.


Voy hacia abajo.
Peldaño a peldaño y todavía
el oxígeno me sumerge
la luz azul
los claros átomos
de nuestro humano aire.
Voy hacia abajo.
Las patas de rana me entorpecen,
me arrastro como un insecto por la escalera
y no hay nadie
que me diga cuándo el océano
va a empezar.


Primero el aire es azul y después
se pone más azul y luego verde y luego
negro me estoy desmayando y sin embargo
mi máscara es poderosa
hace bombear mi sangre con fuerza
el mar es otra historia
el mar no es una cuestión de poder
tengo que aprender sola
a girar mi cuerpo sin fuerza
en el profundo elemento.


Y ahora: es fácil olvidar
para qué vine
entre tantos que siempre
vivieron acá
balanceando sus aspas almenadas
en medio de los arrecifes
y además
acá uno respira de otra manera.


Vine a explorar el naufragio.
Las palabras son propósitos.
Las palabras son mapas.
Vine a ver el daño hecho
y los tesoros que prevalecieron.
Apunté el haz de luz de mi lámpara
despacio a lo largo del costado
de algo más permanente
que los peces o las algas


a aquello por lo que vine:
el naufragio y no la historia del naufragio
la cosa en sí misma y no el mito
la cara ahogada mirando siempre
hacia el sol
la evidencia del daño
deteriorada por la sal y el vaivén hasta ser esta belleza harapienta
las costillas del desastre
curvando su afirmación
entre los espíritus inciertos.


Éste es el lugar.
Y yo estoy acá, la sirena cuyo pelo negro
corre hacia atrás, el tritón con su armadura.
Hacemos círculos en silencio
alrededor del naufragio
nos sumergimos hasta la compuerta.
Soy ella: soy él


cuya cara ahogada duerme con los ojos abiertos
cuyos pechos siguen todavía estresados
cuya carga de plata y cobre descansa
oscuramente dentro de los barriles
a medio asegurar y pudriéndose
somos los instrumentos a medio destruir
que una vez mantuvieron un rumbo
el tronco comido por el agua
la brújula inválida


Somos, soy, sois
por cobardía o coraje
quien encuentra nuestro camino
de vuelta a esta escena
llevando un cuchillo, una cámara
un libro de mitos
en el que
nuestros nombres no aparecen.

Versión de Tom Maver,
del libro Diving into the wreck, 1973.

En: Adrienne Rich. Poemas (1963-2000). Edición, prólogo, traducción y notas de María Soledad Sánchez Gómez. Sevilla: Renacimiento, 2002


Comentario:

Esta cita-homenaje es lo que ahora se llamaría solemnemente “juego de intertextualidad”. De todas maneras creo que es lo que da sentido a este misterioso final. Efectivamente en esta cuarta parte del libro surge un narrador desconocido, que para mi es el propio Coetzee, y que parece estar escribiendo un final para todos los personajes de la novela.

Este final escapa, desde luego, a todo lo convencional y está planteado como una especie de  adivinanza o acertijo que invita al lector a suponer toda clase de finales y conclusiones posibles.

Desde mi punto de vista, y tras la lectura repetida de esta cuarta parte, Viernes con su profundo y persistente silencio hace callar para siempre la verdad de la historia, realidad o ficción, y todos quedan abandonados en el fondo del mar, en el barco hundido y encallado; esta última vez, náufragos del lenguaje.






jueves, 15 de mayo de 2014

FOE de JOHN MAXWELL COETZEE




COMENTARIO (José Luis Vicent)


Me he quedado solo. Estoy perdido. Hasta el propio Coetzee me ha dado con la contraportada en las narices, y eso que me he aplicado bien leyendo su libro, ¿o acaso no es suyo?. Está repleto de exquisiteces, de arte, sé que me ha gustado, pero ¿cómo se resume una obra de arte?. No dejo de buscar a alguien que me indique lo que tengo que poner, que me cuente lo que ha sucedido y lo resuma pero me temo que es una tarea imposible.

He buscado en la Primera parte, esa en la que Susan Barton llega milagrosamente a la isla. Pero allí apenas habla nadie. Solo se pronuncia el viento. Y eso que Susan lo intenta, de hecho parece que me habla directamente, pero no me dice gran cosa. Bueno, sí, me habla de ella y de esa corta temporada con Cruso y Viernes, de cómo sobreviven escasamente alimentados o de cómo se protegen del frío con las pieles de los monos. También de las manías de Cruso, de su desinterés por los recuerdos, de esas terrazas destinadas a recibir las semillas de futuros navegantes como único objetivo. De cómo va levantando sobre ellas esos muros piedra sobre piedra con la ayuda de Viernes. Y también me cuenta, aunque ya me estaba dando cuenta, de cómo se enamora de Cruso y lo cuida con ternura hasta su muerte. Así que con Cruso muerto y Viernes mudo a ver quién cuenta a Susan algo que yo pueda resumir.



He buscado en la Segunda parte. Sorpresa. Encima de escaso va y me entero que no es a mí a quien se lo cuenta sino a Foe. Todo son cartas y más cartas detallando su estancia en la isla, en las que ningún derecho tengo yo a inmiscuirme. Por si fuera poco, llega un momento en que se las empiezan a devolver y es porque Foe se ha ido, ha huido de su casa de Londres acuciado por las deudas. Así que con Viernes sumido en su silencio cavando en el jardín y Susan abatida, me vuelven a dejar sin palabras. Se aviva una esperanza. Han tomado la casa vacía de Foe, y mientras Viernes se entretiene bailando envuelto entre sus togas, Susan ocupa su escritorio con lo que es de prever que algo de iluminación le alcance a ella y de rebote me alumbre mínimamente a mí. De nuevo el fracaso. Ella es capaz de soltar  palabras, pero no de ordenarlas. Para eso necesita que Foe las coloque como Cruso hizo con las piedras. Pero de Foe no hay noticias. Y para enmarañar más el asunto aparece la que dice ser hija de Susan, lo que termina por confundirla tanto que ya no sabe qué historia hay que contar y por ende, yo tampoco. Así que decide devolver a Viernes a su Africa natal para que al menos él sea feliz, pero recapacita a tiempo pensando que solo conseguirá esclavizarlo de nuevo. Regresan a Londres. Todavía es posible que alguien hable.

En la Tercera parte tiene que estar la solución. Se ve enseguida. Susan consigue dar con Foe en su nuevo domicilio y le pone al corriente. El hecho de estar juntos debe facilitar las cosas. Tienen todo el tiempo para ellos y para encontrar la manera de extraer de Viernes la historia de la isla y si no que se lo invente, que lo adorne con imaginación, que para eso es escritor. Demasiado fácil. Primero Foe, que dice que lo realmente importante es la historia de Susan con la pérdida y recuperación de su hija incluida, y no la aburrida historia de la isla. Y luego precisamente esa hija, que vuelve a presentarse con la que fue su niñera por si había dudas acerca del parentesco, desestabilizando más si cabe a Susan que ya está empezando a dudar de sí misma creyendo ser incluso un fantasma o una invención. Si es así, ¿qué puedo resumir yo de lo que alguien que no existe puede contar a otro que como escritor ya ha empezado recortando su apellido, si es que es suyo?, ¿o acaso éste también es un impostor?, ¡vaya lío!. ¿Y mísero de mí pretendo comentar, opinar, de lo que está fuera del alcance de los mortales?. Por suerte, parece que Susan en un desesperado intento por echarme una mano, seduce a Foe como la Musa que alumbra a los poetas para ver si por fin se digna a escribir algo, pero una vez más, dando muestras de su rareza o de su indolencia decide que ya que es Viernes quien conoce la historia, que sea él quien la escriba, ¡a un medio sordomudo!, y anima a Susan para que le enseñe. Si aprende rápido ya estoy salvado, pienso. Pero no. Con un par de vocales no se llega a ningún sitio. Sin embargo Foe es optimista y apunta que un simple murmullo puede ser la semilla capaz de germinar. Como las terrazas de Cruso esperando otras semillas queda Susan confiada a un milagro y quedo yo cada vez más parecido a otra ficción desposeída de talento.


Ya no queda otra que la Cuarta parte de la historia y solo seis páginas para contarla. Muy condensada tiene que estar. Bueno, si es necesario la leeré varias veces… vaya, pero si están todos muertos. A ver, lee un poco más. Pues sí, me lo ha repetido dos veces como si supiera que lo necesito, solo que en una se ha acercado a Viernes intentando escuchar algo y en otra ha recogido las cartas escritas a Foe que en ambos casos yace con Susan a su lado, ambos sin aliento y por tanto sin nada más que aportar. Pues esto se acaba amigo… y además ¿qué mujer lo está contando?. Me temo que debo volver atrás. Sí, lo haré. Pero, espera. Ahora se apea del bote y se acerca al barco sumergido. ¿Quién por fin contará algo?. Los nuevos muertos son el Capitán y Viernes que ya lleva tres. El Capitán no tiene ni idea pero Viernes sí. Viernes lo sabe todo y además se siente como en casa. Ahí está, la corriente que sale de su boca como el suspiro que vaticinó Foe. Está contándolo todo. ¡El esclavo que es el dueño y señor de la historia!. Ahora solo falta que alguien la recoja y la escriba para poder hacer un verdadero resumen. Por fin yo también he respirado.




Coetzee, J.M.
Discurso de aceptación del Premio Nobel



Él y su hombre.


Pero regresando a mi nuevo compañero. Estaba muy contento con él y me propuse enseñarle todo lo que fuera adecuado para convertirle en alguien útil, práctico y capaz de ayudar. Pero sobre todo para que pudiera hablar y entenderme cuando yo hablaba. Y nunca hubo estudiante más apto que él.
―Robinson Crusoe, Daniel Defoe

Boston, en la costa de Lincolnshire, es una hermosa población, escribe su hombre. En ella se encuentra el campanario de iglesia más alto de Inglaterra. Los timoneles de embarcación lo usan como punto de referencia. Boston está rodeado de terrenos pantanosos. Abundan los avetoros, unas aves ominosas que emiten una llamada grave y lastimera y tan fuerte que se oye a tres kilómetros de distancia, como la detonación de un arma de fuego.
Los pantanos también albergan otras muchas especies de aves, escribe su hombre: patos y patos reales, cercetas y patos silbones, y para capturarlos los hombres de los pantanos crían patos amaestrados, a los que llaman patos señuelo o duckoys.

La gente de la zona llama a esos pantanos fens. Hay pantanos por toda Europa y por todo el mundo, pero no se llaman fens. Fens es una palabra inglesa que se resiste a emigrar.

A esos patos señuelo de Lincolnshire, escribe su hombre, se los cría en estanques señuelo y se los amaestra dándoles de comer a mano. Luego, cuando llega la temporada, se los envía a Holanda y a Alemania. Allí conocen a otros de su especie y cuando ven las vidas tan tristes que tienen esos patos holandeses y alemanes, cómo en invierno se les congelan los ríos y se les cubre la tierra de nieve, no pueden evitar comunicarles, en una forma de lenguaje que les permite ser entendidos, que en su tierra natal de Inglaterra las cosas son distintas: que los patos ingleses tienen costas llenas de comida y mareas que invaden libremente los arroyos. Que tienen lagos, manantiales, estanques abiertos y estanques recogidos. También tierras llenas de maíz que dejan atrás los espigadores. Y ni escarcha ni nieve, o muy poco de ambas.

Mediante semejantes descripciones, escribe él, que se llevan a cabo en su totalidad en el lenguaje de los patos, ellos, los patos señuelos o duckoys, reúnen grandes cantidades de aves y, por decirlo de algún modo, las raptan. Las guían de vuelta a través del mar desde Holanda y Alemania y las instalan en sus estanques señuelo de los pantanos de Lincolnshire, graznándoles y parloteándoles todo el tiempo en su idioma, diciéndoles que esos son los estanques de los que les hablaban y que ahora vivirán a salvo en ellos.




Y mientras están así ocupados, los criadores de señuelos, los amos de los patos señuelo, se ponen a cubierto en refugios que han construido con cañas en los pantanos y sin ser vistos arrojan puñados de maíz al agua. Y los patos señuelo o duckoys los siguen y a su vez son seguidos por sus invitados extranjeros. Y así es como durante dos o tres días llevan a sus invitados por vías fluviales cada vez más estrechas y los van llamando todo el tiempo para enseñarles lo bien que se vive en Inglaterra, hasta el lugar donde se han extendido las redes.

Luego los criadores de señuelos envían a su perro señuelo, que ha sido perfectamente adiestrado para nadar detrás de las aves y ladrar mientras nada. Extremadamente alarmados por aquella criatura terrible, los patos echan a volar, pero los obliga a descender de nuevo la red arqueada que hay encima de ellos, de modo que es bajo la red que deben nadar o perecer. Pero la red se va estrechando más y más, como una bolsa, y al final de la misma están los criadores de señuelos, que van atrapando uno por uno a sus cautivos. A los patos señuelo los acarician y los tratan de maravilla, pero a sus invitados los matan a palos, allí mismo, los despluman y los venden a centenares y a millares.
Todas estas historias de Lincolnshire las escribe su hombre en una caligrafía pulcra y rápida, con unas plumas que afila con su navaja todos los días antes de sentarse de nuevo ante la página.


En Halifax, escribe su hombre, había, hasta que fue retirada en el reinado del Rey Jaime I, una máquina de ejecuciones que funcionaba del modo siguiente. Al condenado lo ponían con la cabeza en la base o cuenco del cadalso. Luego el verdugo sacaba de un golpe un perno que sujetaba en alto una cuchilla enorme. La cuchilla bajaba por un marco tan grande como una puerta de iglesia y decapitaba al hombre tan limpiamente como un cuchillo de carnicero.
Era costumbre en Halifax, sin embargo, que si entre el momento de sacar el perno y el momento en que bajaba la cuchilla el condenado conseguía ponerse de pie de un salto, bajar corriendo la colina y cruzar el río a nado sin que lo volviera a coger el verdugo, se lo dejaba libre. Pero en todos los años que estuvo la máquina en Halifax esto nunca sucedió.


Él (no su hombre sino él) está sentado en su habitación junto a los muelles de Bristol, leyendo esto. Se está haciendo mayor. Ya casi se puede decir que es un anciano. La piel de su cara, que el sol del trópico casi había ennegrecido antes de que se fabricara una sombrilla de hojas de palmera o sabal para protegerse, se ha vuelto más pálida, aunque sigue siendo tan correosa como el pergamino. En la nariz tiene una llaga causada por el sol que no se le cura.
Todavía tiene la sombrilla en su habitación, de pie en una esquina, pero el loro que regresó con él ya falleció. "¡Pobre Robin!", chillaba el loro posado en su hombro. "¡Pobre Robin Crusoe! ¿Quién salvará al pobre Robin?". Su esposa no soportaba las lamentaciones del loro. "Pobre Robin" día sí y día también. "Le retorceré el cuello", decía ella, pero no tenía valor para hacerlo.
Cuando regresó a Inglaterra de su isla con su loro, su sombrilla y el cofre lleno de tesoros, vivió una temporada, tranquilo, con su anciana esposa en la finca que había comprado en Huntingdon, ya que se había convertido en un hombre rico y se enriqueció todavía más cuando se imprimieron sus aventuras. Pero los años en la isla, y luego los años de viajes con su sirviente Viernes (pobre Viernes, se lamenta para sus adentros, graznido, graznido, porque el loro nunca pronunciaba el nombre de Viernes, solamente el de él), hicieron que la vida de terrateniente le resultara aburrida. Y si hay que ser francos, la vida de casado también lo decepcionó amargamente. Se descubrió a sí mismo retirándose cada vez más a menudo a sus establos con sus caballos, que por fortuna no hablaban por los codos, sino que relinchaban suavemente cuando llegaba para mostrar que lo reconocían y luego se quedaban callados.




Tras regresar de su isla, donde hasta la llegada de Viernes había vivido en silencio, le dio la impresión de que en el mundo se hablaba demasiado. Cuando estaba junto a su mujer en la cama le parecía que le estaban lloviendo guijarros sobre la cabeza, con un repiqueteo constante, cuando lo único que él deseaba era dormir.

Así que cuando su anciana mujer pasó a mejor vida se vistió de luto pero no se apenó. La enterró y transcurrido un lapso decente ocupó una habitación en la posada The Jolly Tar de los muelles de Bristol, dejando las propiedades de Huntingdon a cargo de su hijo. Únicamente se llevó consigo la sombrilla de la isla que lo había hecho famoso, el loro muerto y fijado a su percha y unos pocos artículos de primera necesidad, y allí es donde ha vivido desde entonces, paseando de día por los muelles, mirando al oeste por encima del mar, ya que todavía tiene buena vista, y fumando en pipa. En cuanto a las comidas, se las hace subir a la habitación. Porque después de haberse acostumbrado a la soledad en su isla ya no le agrada estar con otra gente.

No lee, pues ha dejado de gustarle, pero la escritura de sus aventuras le infundió la costumbre de escribir y eso le proporciona un recreo bastante agradable. Por las tardes, a la luz de las velas, saca sus papeles, afila sus plumas y escribe un par de páginas de su hombre, el hombre que envía informes sobre los patos señuelo de Lincolnshire, sobre la gran máquina letal de Halifax, la que permite huir si antes de que caiga la atroz cuchilla uno puede ponerse de pie de un salto y bajar corriendo la colina, y sobre otras muchas cosas. Desde todos los sitios que visita envía informes, ésa es la ocupación principal de ese atareado hombre suyo.




Paseando junto a los muros del puerto y reflexionando sobre la máquina de Halifax, él, Robin, a quien el loro llamaba el pobre Robin, deja caer un guijarro y escucha. Un segundo, menos de un segundo, tarda en llegar al agua. La gracia de Dios es rápida, ¿pero acaso no lo es más una cuchilla enorme de acero templado, más pesada que una roca y engrasada con sebo? ¿Cómo se puede escapar de ella? ¿Y qué clase de hombre puede dedicarse a ir de un lado para otro por todo el reino, de un espectáculo de muerte a otro (apaleamientos, decapitaciones), enviando informe tras informe?

Un hombre de negocios, se dice a sí mismo. Que sea un hombre de negocios, un mercader de granos o de pieles. O un fabricante y abastecedor de tejas de algún lugar donde abunde la arcilla, como por ejemplo Wapping, forzado a viajar mucho por razones de trabajo. Que sea próspero, que tenga una mujer que lo quiera y no hable mucho y le dé hijos, sobre todo hijas. Que goce de una felicidad razonable. Y que su felicidad se acabe de golpe. Un invierno crece el Támesis y se lleva por delante los hornos donde se cocían las tejas, o bien los graneros, o la curtiduría. Y su hombre se arruina. Los acreedores descienden sobre él como moscas o como cuervos. Se ve obligado a abandonar su casa, a su mujer y a sus hijas y buscar refugio en la zona más ruinosa de Beggars Lane bajo un nombre falso y disfrazado. Y que todo esto -la crecida del río, la ruina, la huida, la miseria, los harapos y la soledad-, que todo esto sea una representación del naufragio y de la isla donde él, el pobre Robin, pasó veintiséis años aislado del mundo y estuvo a punto de enloquecer (¿Y ciertamente quién puede decir que hasta cierto punto no enloqueció?).

O bien que el hombre sea un talabartero con una casa y un taller en Whitechapel y un lunar en la barbilla y una mujer que le quiera y no hable mucho y le dé hijos, sobre todo hijas, y le reporte una gran felicidad, hasta la llegada de la peste a la ciudad. Corre el año 1665 y todavía no ha tenido lugar el Gran Incendio de Londres. La peste desciende sobre Londres: día a día, parroquia a parroquia, el recuento de víctimas crece, entre los pobres y entre los ricos, porque la peste no distingue clases sociales, y toda la fortuna mundana del talabartero no lo va a salvar. Así que envía a su mujer y a sus hijas al campo y hace planes para escapar él también, pero al final no se marcha. "No temerás a los horrores de la noche", lee cuando abre la Biblia por una página al azar, "ni a la flecha que vuela de día. Ni a la pestilencia que camina en la oscuridad, ni a la destrucción que arrasa a mediodía. Un millar caerán a tu lado, y diez mil a tu derecha, pero a ti no te tocará el mal".

Alentado por esa señal, una señal que es como un salvoconducto, se queda en la ciudad aquejada de la enfermedad y empieza a escribir informes. Me encontré con una multitud en la calle, escribe, y en medio de la misma una mujer señalaba al cielo. "¡Mirad!", gritó la mujer. "¡Un ángel vestido de blanco empuñando una espada de fuego!". Y toda la multitud empezó a asentir. "Lo es, es cierto", dijeron. "¡Un ángel con una espada!". Pero él, el talabartero, no vio ningún ángel y tampoco ninguna espada. Lo único que vio fue una nube de forma extraña que brillaba más por un lado que por el otro, como resultado de la luz del sol.





"¡Es una alegoría!", gritó la mujer de la calle, pero él no vio nada parecido a una alegoría. Eso dice en su informe.
Otro día, mientras camina junto al río en Wapping, su hombre, el que antes era talabartero pero ahora carece de ocupación, observa cómo una mujer llama desde el umbral de su casa a un hombre que rema a bordo de una barca a vela. "¡Robert, Robert!", lo llama ella. Y entonces el hombre rema hasta la orilla, coge un saco de la barca, lo deja encima de una roca junto a la orilla del río y se aleja remando. Y la mujer va a la orilla y recoge el saco y se lo lleva a casa, con aspecto muy afligido.

Él se acerca al hombre llamado Robert y habla con él. Robert le informa de que la mujer es su esposa y de que en el saco hay provisiones para una semana para ella y para sus hijos, carne, harina y manteca, pero que no se atreve a acercarse más, ya que todos ellos, la esposa y sus hijos, tienen la peste. Y eso le rompe a él el corazón. Y todo esto -la historia de Robert y su mujer manteniéndose unidos mediante llamadas de un lado a otro del río y sacos dejados en la orilla- ciertamente posee un significado propio, pero también es una representación de la soledad de él, de Robinson, en la isla, donde en sus horas de desesperación más oscura iba hasta la orilla y llamaba a sus seres queridos de Inglaterra para que lo salvaran, y otras veces nadaba hasta el barco naufragado en busca de provisiones.

Más informes de aquella época de tristeza. Ya incapaz de soportar el dolor de las hinchazones en la entrepierna y en el sobaco que son las señales de la peste, un hombre sale corriendo y gritando, completamente desnudo, a la calle, a Harlow Alley, en Whitechapel, donde su hombre el talabartero se queda mirando cómo salta y hace cabriolas y toda clase de gestos extraños, y su mujer y sus hijos corren detrás de él gritando y diciéndole que vuelva a casa. Y esos saltos y esas cabriolas son una alegoría de sus propios saltos y cabriolas cuando tras la calamidad del naufragio, después de registrar la playa en busca de huellas de sus compañeros de a bordo y al no encontrar a ninguno, al no encontrar nada más que un par de zapatos desparejados, entendió que había naufragado completamente solo en una isla desierta y que ciertamente no tenía esperanzas de salvarse.



(¿Pero sobre qué otra cosa canta en secreto, se pregunta a sí mismo, ese pobre hombre afligido acerca del que está leyendo, además de su desolación? ¿Qué está invocando, a través de las aguas y a lo largo de los años? ¿Qué está tratando de extraer de su fuego interior?)

Hace un año, él, Robinson, le pagó dos guineas a un marinero por un loro que el marinero se había traído, según le dijo, de Brasil: un pájaro no tan magnífico como su amado animal pero por lo demás espléndido. Tenía plumas verdes, cresta escarlata y hablaba muy bien, si había que dar crédito al marinero. Y ciertamente el pájaro se le posaba en el hombro en su cuarto de la posada, con una cadenita en la pata en caso de que intentara irse volando, y decía las palabras "¡Pobre Poll! ¡Pobre Poll!" una y otra vez hasta que él se veía obligado a taparlo con una capucha. Pero no le pudo enseñar a decir ninguna otra cosa. "¡Pobre Robin!", por ejemplo. Tal vez era demasiado viejo para aquello.

Pobre Poll, mirando por el ventanuco la enorme extensión gris del Atlántico que se ve más allá de los mástiles: "¿Qué isla es ésta?", pregunta el pobre Poll, "a la que he sido arrojado, tan fría y lúgubre? ¿Dónde estás, mi Salvador, en esta hora en que tanto te necesito?".

Un tipo, borracho y en plena madrugada (otro de los informes de su hombre), cae dormido en un umbral en Cripplegate. El carro que se lleva a los cadáveres viene en su dirección (seguimos en el año de la peste), y los vecinos, creyendo que el tipo está muerto, lo ponen en el carro entre los cadáveres. Al poco rato, el carro llega a la fosa de Mountmill y el carretero, con la cara tapada para protegerse de los efluvios, lo coge para echarlo dentro. Él se despierta y forcejea, confuso. "¿Dónde estoy?", dice. "Estás a punto de ser enterrado con los muertos", le dice el carretero. "¿Pero estoy muerto?", dice el hombre. Y esto también es una representación de él en la isla.

Algunos londinenses continúan con sus asuntos, creyendo que están sanos y que saldrán vivos. Pero en secreto tienen la peste en la sangre: cuando la infección les llegue al corazón caerán fulminados, informa su hombre, como si les alcanzara un rayo. Y eso es una representación de la vida misma, de la vida en general. Preparativos adecuados. Tendríamos que hacer preparativos adecuados para la muerte o bien caer fulminados. Tal como él, Robinson, se vio forzado a ver cuando de repente, en su isla, se encontró un día con la huella de un hombre en la arena. Era una huella, y por tanto una señal: la señal de un pie, de un hombre. Pero también de otras muchas cosas. "No estás solo", decía la señal. Y también: "No importa hasta dónde navegues, no importa dónde te escondas, serás encontrado".


En el año de la peste, escribe su hombre, otros, presa del terror, lo abandonaron todo, sus casas, a sus mujeres e hijos, y huyeron lo más lejos que pudieron de Londres. Cuando la peste pasó, su huida fue condenada unánimemente como cobardía. Pero olvidamos, escribe su hombre, la clase de valentía que hace falta para afrontar la peste. No es el simple valor de un soldado cuando coge el arma y dispara contra el enemigo: es como disparar a la Muerte misma a lomos de su caballo blanco.

Ni siquiera en su mejor momento, su loro de la isla, su favorito de los dos, dijo ninguna palabra que no le hubiera enseñado su amo. ¿Cómo es posible que su hombre, que es una especie de loro y a quien no tiene en demasiada estima, escriba tan bien como su amo o mejor? Porque lo cierto es que su hombre es hábil con la pluma. "Como disparar a la Muerte misma a lomos de su caballo blanco". El talento de él, adquirido en la contaduría, consiste en hacer cálculos y cuentas, no en elaborar frases. "La Muerte misma a lomos de su caballo blanco": a él no se le habrían ocurrido esas palabras. Solamente cuando deja paso a su hombre aparecen esas palabras.

Y los patos señuelo o duckoys: ¿qué sabía él, Robinson, de los patos señuelo? Nada en absoluto hasta que su hombre empezó a enviarle informes.

Los patos señuelo de los pantanos de Lincolnshire, la gran máquina de ejecuciones de Halifax: informes de una gran gira que su hombre parece estar llevando por la isla de Gran Bretaña y que es la representación de una gira que él llevó a cabo por su isla en el esquife que se había construido, la gira que reveló que había una parte remota de la isla, escarpada, oscura e inhóspita, que después de aquello evitó siempre, aunque si en el futuro llegaban colonos a la isla tal vez la explorarían y se asentarían en ella. Aquello también era una representación, del lado oscuro del alma y del luminoso.



Cuando las primeras bandadas de plagiadores e imitadores se cernieron sobre su historia de la isla y le endilgaron al público sus propias historias falsas sobre la vida de un náufrago, a él no le parecieron distintos en absoluto a una horda de caníbales descendiendo sobre su carne, es decir, sobre su vida. Y no tuvo escrúpulos a la hora de decirlo. "Cuando me estaba defendiendo de los caníbales, que intentaban abatirme, asarme y devorarme", escribió, "pensaba que me estaba defendiendo de la cosa en sí. Poco imaginaba", escribió, "que aquellos caníbales no eran más que representaciones de una voracidad mucho más diabólica, que roería la sustancia misma de la verdad".

Pero ahora, después reflexionar más sobre ello, parece que empieza a infiltrarse en su pecho un toque de complicidad con sus imitadores. Porque ahora le parece que en el mundo solamente hay un puñado de historias. Y si a los jóvenes se les prohíbe que se alimenten de sus mayores, se los está condenando a guardar silencio para siempre.


Así pues, en el relato de sus aventuras en la isla cuenta que una noche se despertó aterrado y convencido de que tenía encima de él en su cama al demonio bajo la forma de un perro enorme. Así que se puso de pie de un salto, cogió un alfanje y lo blandió a derecha e izquierda para defenderse, mientras el pobre loro que dormía junto a la cama chillaba alarmado. Tardó muchos días en comprender que no se le había subido encima ningún diablo y tampoco ningún perro, sino que había sufrido alguna clase de parálisis pasajera, y al no poder mover la pierna había llegado a la conclusión de que había alguna criatura acostada sobre la misma. Da la impresión de que la lección de aquella aventura es que todas las aflicciones, incluida la parálisis, proceden del diablo y son el mismo diablo. Que una visita de la enfermedad puede ser representada por una visita del diablo, o por un perro que represente al diablo, y que viceversa, la visitación puede representarse como una enfermedad, como en la historia del talabartero y la peste. Y por tanto que nadie que escriba historias sobre una cosa u otra, sobre el diablo o sobre la peste, debería por ello ser considerado un mero falsificador o un ladrón.

Cuando años después decidió poner en papel el relato de su isla, descubrió que no le salían las palabras, que la pluma no fluía, que sus dedos estaban rígidos y no le respondían. Pero día a día, paso a paso, acabó por dominar la técnica de la escritura, hasta que durante la época de sus aventuras con Viernes en el norte helado las páginas le salían con facilidad, casi sin pensarlo.

Pero aquella vieja facilidad de redacción, ay, lo había abandonado. Cuando ahora se sienta ante el pequeño escritorio frente a la ventana que domina los muelles de Bristol, siente la mano más torpe que nunca y la pluma un instrumento más ajeno que nunca.

¿Y acaso al otro, a su hombre, le resulta más fácil escribir? Los relatos que escribe acerca de patos, máquinas letales y Londres bajo la peste fluyen con bastante facilidad, pero antaño a él le pasaba lo mismo. Tal vez lo está juzgando mal, a ese hombrecillo atildado de paso rápido y con un lunar en la barbilla. Tal vez en este mismo momento esté sentado a solas en un cuarto de alquiler en alguna parte del ancho reino mojando la pluma en tinta y volviéndola a mojar, lleno de dudas, vacilaciones y reconsideraciones.

¿Cómo hay que entenderlos a su hombre y a él? ¿Como amo y esclavo? ¿Como hermanos, como gemelos? ¿O como rivales y enemigos? ¿Qué nombre le dará a ese compañero sin nombre con quien comparte las veladas y a veces también las noches, que solamente se ausenta de día, cuando él, Robin, está caminando por los muelles e inspeccionando las nuevas llegadas y su hombre galopa por el reino llevando a cabo sus inspecciones?

¿Acaso ese hombre vendrá alguna vez a Bristol en el curso de sus viajes? Él ansia conocer al hombre en carne y hueso, darle la mano, dar un paseo con él por los muelles y escuchar de su boca la historia de su visita a la parte norte de la isla o de sus aventuras como escritor. Pero se teme que no habrá ninguna reunión, no en este mundo. Si tuviera que hacer una comparación entre ellos dos, su hombre y él, escribiría que son como dos barcos que navegan en direcciones contrarias, uno hacia el oeste y el otro hacia el este. O mejor dicho, que son marineros ocupados en las jarcias, el uno a bordo de un barco rumbo al oeste y el otro en un barco que va al este. Sus naves pasan cerca la una de la otra, lo bastante cerca como para que se saluden. Pero el mar está encrespado, hay tormenta: con los ojos salpicados por la espuma y con las manos descarnadas por las sogas, pasan el uno junto al otro, demasiado ocupados para saludarse.




Nota

El discurso de Coetzee nos ha llegado por gentileza de nuestro amigo y contertulio Antonio rey. La negrita la he puesto yo por aquello de resaltar de quién habla Robinson: de  su creador, Defoe, de sí mismo y de  otros personajes.