domingo, 5 de mayo de 2013

Quijote: capítulos 28-37


Quijote, capítulos 28-37

Se inicia la cuarta parte de la novela con el capítulo 28, en el que el narrador, consciente de lo divertida que resulta su historia, elogia a su personaje y comenta su obra, así como los relatos insertados. Pues afirma que en aquellos tiempos -de crisis, como ahora- eran necesarios “alegres entretenimientos, no sólo de la dulzura de la verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della, que, en parte no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia”
  
Por eso los capítulos 28 y 29 giran alrededor del relato de Dorotea, a la que descubren en el monte mientras se lava los pies en un arroyo, quedando todos – “el cura y los que con él estaban”- deslumbrados por la blancura de sus piernas “de blanco alabastro”.El retrato de Dorotea se ajusta al canon de belleza femenino, con las pertinentes y habituales exageraciones:

Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos, que si no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía; tales y tantos eran. En esto les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el agua habían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve”

Esta interpolación, el relato de Dorotea, es un reconocimiento de la fuerza de este personaje femenino. Su discurso en primera persona defendiendo el derecho de la hidalguía al honor y a la honra, pese a la desigualdad de clase, reproduce  los  valores que sustentan la comedia lopesca y barroca. La narración de la historia de Dorotea atrapa la atención de los que la escuchan por su amenidad basada en un uso magistral de la tensión narrativa. La aparición del personaje de don Fernando articula este relato con el de Cardenio y Luscinda, con lo que todo queda bien atado y las tramas mezcladas. Además Dorotea reflexiona sobre las convenciones sociales, los matrimonios desiguales y la independencia de la mujer justa e ilustrada.  Además queda en evidencia la lujuria masculina, pues todos los hombres que conocen o ayudan a Dorotea en su huida acaban deseando  sus favores. Sólo su firmeza y valor la libran de ese destino y la conducen a una vida pastoril alejada de un mundo amenazante. 

Estos capítulos también son una muestra del perspectivismo cervantino, pues el lector conoce la triste historia de Cardenio desde otro punto de vista. Otros ejemplos de este recurso los encontramos en la aparición de personajes “salvados” anteriormente por DQ. El relato que hace el cura del desafortunado asalto y liberación de los galeotes pone en evidencia tanto el diferente punto de vista como la lucidez de DQ al disimular avergonzado ante las consecuencias de sus actos. Lo mismo podríamos decir de la aparición del propio Ginés de Pasamonte, con su verdadera cara de ladrón y maleante, y del  azotado Andrés, que se ceba en un afligido DQ, debido a las grandes desgracias reales que le sobrevinieron tras ser rescatado  por el loco caballero.

Precisamente Cardenio, al reconocerse como personaje del relato de Dorotea, cobra conciencia de su disparatada conducta y lamenta la nefasta pasividad de su comportamiento cobarde ante la huida de Luscinda. Así que pasa a la acción y participa en el complot urdido por el cura y resto de personajes para preparar la representación caballeresca, que les permitirá rescatar a DQ de su locura y llevarle a su casa. De modo que para salvar al protagonista  de su enajenación, simulan todos ser personajes ficcionales de la más absurda y paródica novela de caballerías.

El relato del reino Micomicón, su reina y el rey Tinacrio el Sabidor, el gigante Pandafilando de la Fosca Vista -pues era bizco- resulta tan cómico y extravagante como el lenguaje  caballeresco que hilvana la descabellada historia (cap. 30). El humor viene dado sobre todo por el contraste entre lo fantástico de la ficción y el pragmatismo de Sancho, muy preocupado por su futuro, tanto en lo que se refiere al nombramiento de DQ como arzobispo como al necesario matrimonio de éste con la princesa rescatada (cap. 31). En ambos casos Sancho ve problemas: en  hacerse eclesiástico siendo casado o en el empeño de DQ  en servir a Dulcinea, lo que pondría en peligro el merecido trofeo por sus hazañas.

Los capítulos 30 y 31 muestran al grupo en las montañas y en los caminos de vuelta a la venta. Lo más sabroso son las conversaciones entre DQ y Sancho sobre los más variados temas de caballería. Las disputas sobre con quién debería casarse el hidalgo terminan con el enfado de DQ y alguna colleja para Sancho, cuya simplicidad asombra a todos. El ingenio cervantino nos ofrece una muestra magistral en las visiones contrarias y paralelas que amo y criado tienen de Dulcinea. Así, “la reina de la hermosura… ensartando perlas” es para Sancho, una moza “ahechando dos hanegas de trigo” .Cuando DQ se refiere a “tan alta señora”, Sancho replica: “tan alta es, que a buena fe me lleva a mí más de un coto”. Si DQ pregunta por “un olor sábeo, una fragancia aromática…” Sancho contesta que sintió “un olorcillo algo hombruno” como si estuviera ella “sudada y algo correosa”.

Sancho va  improvisando en su ficcional y cómica historia con gran  habilidad para hacer coherentes sus mentiras. A veces recurre al ingenio, como cuando le explica a DQ  la entrega de la carta a Dulcinea y las risas de ésta ante el nombre de Caballero de la Triste Figura, así como su agrado ante la pleitesía del vizcaíno y los galeotes. Y si hay incongruencias en el relato, DQ las solventa con encantamientos y magos como es costumbre en las novelas de caballerías, con lo que los dislates de ambos se cohesionan en un orden disparatado pero perfecto. En estos capítulos el narrador cuenta hechos simultáneos, pues mientras DQ y Sancho platican, el resto de personajes comentan los detalles de la locura de DQ, del que dice el cura más adelante que es bastante cuerdo si no le mientan los libros de caballería.

La llegada a la venta (cap. 32) reúne al grupo con los venteros, criadas y otros huéspedes que entablan conversación sobre los libros de caballería. Es interesante cómo se distinguen los gustos masculinos de los femeninos, pues mientras el ventero prefiere los episodios de luchas y aventuras, la ventera y Maritornes gustan más de los dulces requiebros de los amantes y de las quejas de las damas. El toque realista lo pone la moza que dice no entender la crueldad de las damas y los apelativos que con ellas usan los caballeros:

“…las llaman tigres leones y otras inmundicias…y tan sin conciencia que por no mirar a un hombre honrado, le dejan que se muera o que se vuelva loco. Y no sé qué es tanto melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellas no desean otra cosa.”

Tras revisar los libros que hay en la venta, el cura se despacha contra los malos libros de caballería, como hicieran en el capítulo VI. Como entonces se reprocha a las novelas sus disparatados argumentos y la carencia de verosimilitud. A las razones del cura replica el ventero con una apasionada defensa de los personajes caballerescos, ya que entiende que tanto éstos como sus peripecias son reales:

“…Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura…y otra vez arremetió contra un grandísimo y poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil soldados[…] Don Cirongilio de Tracia[…]le salió una serpiente de fuego[…]y le apretó con ambas manos[…]y no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río…y cuando llegaron allá abajo, la sierpe se convirtió en un anciano que le dijo…”

La actualidad de estos comentarios se complementa con una irónica alusión a una segunda parte de don Quijote, cuyo autor sería el ventero,  pues –según Cardenio- “él tiene por cierto que todos estos libros cuentan que pasó ni más ni menos lo que escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.”
Si estas palabras son una velada alusión a El Quijote de Avellaneda, juzgue el lector. No podía faltar la reacción de Sancho y su preocupada confusión ante los términos en que se habla de los dislates de las aventuras caballerescas, y con su habitual sentido común, decide esperar a ver qué pasa, y si las cosas no le van bien con DQ, “determinaba dejalle y volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo”.

Los tres capítulos siguientes contienen la novela de El curioso impertinente, donde se cuenta la historia de la enfermiza obsesión de Anselmo por poner a prueba la honradez y fidelidad de su mujer, Camila, con la ayuda de su amigo Lotario. Con el grupo de oyentes de la venta asistimos a las razones y argumentos de Lotario y a una extensa disertación sobre los valores y honestidad de las buenas esposas, así como la justificación del amor verdadero. El conflicto se resuelve como en las comedias de enredo, y con el marido engañado colaborando en el engaño y contribuyendo al regocijo de los amantes adúlteros, por la insistencia del marido. La moraleja es que todos pierden, víctimas de la enajenación de Lotario.Todo un caso para los tratados de psiquiatría.

El relato se interrumpe por el conocido ataque de un DQ adormilado a los cueros de vino del ventero, pues donde el hidalgo ve gigantes, el criado ve la sangre derramada. La comicidad de la escena contrasta con la fina ironía del narrador, cuya opinión sobre esta novela es evidente:

“¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos reían sino el ventero, que se daba a Satanás”.
 
El episodio concluye con una genial lamentación de la ventera por los daños sufridos, que finaliza con la paródica maldición de los responsables de todos sus males. Todo un ejemplo del género:

“En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante, que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada para él y su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballero aventurero, que mala ventura le dé Dios, a él y a cuantos aventureros hay en el mundo, y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estaba escrito en los aranceles de la caballería andantesca[…] Y por fin y remate de todo, romperme mis cueros y derramarme mi vino, que derramada le vea yo su sangre.

Los capítulos 36 y 37 cierran las narraciones interpoladas con la llegada de don Fernando y Luscinda y la reunión de cada amante con su pareja, con un final feliz típico de la novela sentimental. Se suceden discursos sobre el amor y el honor, y todos quedan asombrados y contentos, salvo Sancho, disgustado por haber perdido su oportunidad de enriquecerse:

“Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánimo, viendo que se le desparecían e iban en humo las esperanzas de su dictado, y que la linda princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en don Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueño suelto, bien descuidado de todo lo sucedido.”

Es de interés señalar el continuo proceso de “quijotización” de los personajes que acompañan a DQ. Cada vez son más los que participan en el engaño  con el fin de  rescatar al caballero de su locura, para lo cual han de simular todos ser tan locos como él. Destacan en este capítulo (37) las peregrinas razones de Dorotea para explicar que sigue siendo princesa sin dejar de ser lo que era, complejo e insensato argumento que DQ acoge con gusto. Se inicia aquí la historia de Zoraida, ejemplo de novela morisca, que se desarrollará en los posteriores capítulos. Y el famoso discurso sobre las armas y las letras, donde DQ compara “los espíritus” del guerrero  y del letrado. Como este discurso continua en el siguiente capítulo, dejamos para otra ocasión su comentario. GB