martes, 26 de marzo de 2013

Lord Jim: narrador, símbolos y otros elementos



LORD JIM: narrador, símbolos y otros elementos formales

Las voces narradoras y el tiempo

La estructura de Lord Jim  anticipa la renovación de la novela propiciada por los movimientos de vanguardia, tanto respecto al número y  clase de narrador como a la función del tiempo discursivo.  Al principio, el relato corre a cargo de un narrador externo en tercera persona que presenta con gran subjetividad a Jim como corredor de agencias portuarias, años después de haber sido juzgado. Su aspecto imponente y contenido impresionan al lector:

Era fornido y corpulento y, al abordar a la gente, hacíalo combando ligeramente los hombros, avanzando la cabeza y con la mirada fija, profunda, bajo el dosel de las cejas, de tal suerte que evocaba el recuerdo de un toro en el momento de embestir.

Adopta este narrador una actitud misteriosa que oculta al lector los motivos de la aflicción del personaje, aludiendo a cierto asunto como sustituto léxico de  un enigma que se presupone conocido pero no lo es. Tras una leve retrospección en que se nos ofrece una breve pero esencial biografía del protagonista, se cede la voz narradora a Marlow, el inquieto aventurero de El corazón de las tinieblas. Este narrador, interno e igualmente implicado en la historia de Jim, articula un relato disperso, en la que rememora los hechos  simulando una distendida pero apasionada conversación con sus iguales en la terraza del hotel Malabar, en alguna ciudad costera de Asia.

La forma coloquial, con frecuentes apelaciones a sus interlocutores, incluye otras historias narradas por los personajes que conocieron a Jim, enriqueciendo de esta forma los puntos de vista sobre el  personaje, que se desvela así  dentro de su compleja trayectoria vital. A veces recurre el narrador a cartas o documentos para que dinamicen el relato y lo enriquezcan, aunque ello pueda producir cierta confusión en  algún lector habituado a lecturas más sencillas. 

El tiempo discurre hacia delante, hacia atrás y hacia los lados, sobre todo en la parte donde se gesta el conflicto de Jim y su condena. La estancia en el idílico Patusán tiene una estructura más sencilla, que transcurre cronológicamente y  nos llega mediante la voz del propio Jim o  la de su amigo Marlow. La novela finaliza con la transcripción de misivas y documentos, que éste le hace llegar al narrador inicial, en la que se resumen los hechos, desde el definitivo y último fracaso de Jim hasta su muerte.

La muerte de Jim se produce en una escena cargada de dramatismo. Jim se presenta ante Doramín para asumir su castigo.  Éste, tremendamente grueso, se bambolea arrastrando a sus servidores hasta un Jim que, “en pie, muy tieso, desnuda la cabeza y alumbrado por la luz de las antorchas, no apartaba de sus ojos la franca y recta mirada”. Suena el tiro y “el hombre blanco” mira a los lados con orgullo y cae lentamente hacia adelante.

El comentario del narrador interpreta así el fin del personaje (y el de la novela):

Y aquí termina todo. Desaparece él del mundo como envuelto en misteriosa nube, inescrutable en el fondo de su corazón, olvidado, sin el perdón de los que le rodeaban y excesivamente romántico.
La subjetividad del narrador se evidencia en la consideración de Jim como fantasma o espectro del “ideal que de sí mismo se trazó”, llamando nuestra atención sobre la dualidad de Jim: la abrumadora fuerza de su recuerdo, y su apariencia de “alma errante, perdida entre las pasiones de este bajo mundo, pronta a someterse fielmente al llamamiento de aquel otro mundo de fantásticas sombras al que pertenece”.

Símbolos y otros elementos

Esta novela pone de manifiesto el talento de Conrad como maestro de la descripción en el relato. A pesar de que algunos puedan considerar que se trata de una narración morosa y excesivamente lenta, no nos resistimos a precisar que este tipo de lecturas requieren también su tempo; pues la degustación lenta de sus intrincadas y extensas descripciones nos ofrece innumerables detalles físicos y psicológicos de los personajes con gran profusión de emociones, sensaciones y conductas. Es una novela densa, pero precisamente por eso, cuando aplicamos el microscopio para ver sus interioridades, encontramos innumerables tesoros. El retrato de Jim, las caricaturas de los tripulantes del Patna, las descripciones irónicas de Egstrom y Blake, la etopeya de Stein, la esperpéntica descripción del rajá de Patusán y sus estancias…. Conrad domina todas las técnicas y recursos de la lengua y las pone al servicio del relato. Unas veces imita los movimientos de la cámara cinematográfica, otras usa profusión de adjetivos, y en ocasiones economiza tanto que se acerca al impresionismo literario. Dos ejemplos:

 Caricatura impresionista de los tripulantes del Patna

“Uno de ellos era un ruin hombrecillo de hundidas mejillas que llevaba el brazo en cabestrillo; otro, un sujeto alto, con chaqueta de franela azul, reseco como astilla y no más grueso que mango de escoba, de caído bigote gris, miraba en torno suyo con aire de imbécil. El tercero era un joven tieso, ancho de hombros con las manos en los bolsillos…”

Descripción cinematográfica: lo que ilumina un cigarro

“La prolongada forma de los sillones de junco ofrecía cómodo descanso a cada uno de los silenciosos oyentes. De cuando en cuando, una de aquellas rojas manchitas de fuego movíase bruscamente, esparciendo claridad por los dedos de lánguida mano o por parte de algún rostro en profundo reposo, o bien lanzaba un chispazo de luz carmesí sobre unos ojos pensativos sombreados por una frente sin arrugas”

Las descripciones del mar adquieren una naturaleza material y plástica con valor como espacio navegable y como símbolo, generalmente del peligro y del mal. El mar aparece en ocasiones dotado de alma y voluntad, como criatura que ataca a los hombres y de la que éstos no pueden escapar. En la novela, el tratamiento de la naturaleza tiene más valor simbólico que realista, como es propio de los relatos románticos. La noche, la luna y la niebla envuelven con frecuencia a Jim en un halo de irrealidad y misterio que confiere al personaje el carácter espectral y fantasmagórico de los seres inmateriales.  La oscuridad y las sombras anticipan la muerte, lo mismo que el sueño que dota a Jim de su singular aire ensimismado y ausente, como si existiera en otra dimensión distinta del resto de mortales. Y naturalmente, la isla como refugio, la tierrra de Patusán como edén rodeado de vegetación en los confines del mundo civilizado. El viaje como metáfora de la vida de un personaje condenado por el azar y el tiempo a la muerte de los héroes.

“La conquista del amor, del honor, de la confianza que en nosotros depositan los hombres; el orgullo que esto engendra, la fuerza que comunica, materiales son apropiados para forjar con ellos una narración heroica.”
“Treinta millas de bosques mantenían aquello cerrado a la vista de un mundo que se mostraba indiferente, y el ruido de las olas al estrellarse, blancas de espuma, en la costa, sofocaba la voz de la fama.”

A pesar de ser Jim un personaje que impregna de romanticismo todas sus acciones y todos sus pensamientos, en  aras de perseguir su sueño, Marlow pone las cosas en su sitio al precisar que nadie encuentra la verdad ni las respuestas a las grandes preguntas. De Jim dice que “vivía escabulléndose continuamente” y que “estaba satisfecho, casi…”, como el hombre del siglo XX, con conciencia de su propia temporalidad, de su existencia como realidad única y cierta. Muy lejos de la ingenua felicidad de Robinson Crusoe. GB

Lord Jim ¿por qué se suicida Brierly?


Lord Jim: ¿por qué se suicida Brierly?

Esta cuestión se planteó el día de la reunión del Club de Lectura. Brierly es uno de los asesores de los magistrados que juzgan a Jim. El narrador no puede ocultar el desprecio que le produce este personaje, aunque lo hace de forma sutil e irónica:

El otro era Brierly, ¿sabe usted?, el enorme Brierly, el capitán del barco modelo de la Blue Star…Ese mismo.
Parecía aburrido y molesto a más no poder por el honor que le habían dispensado al nombrarle. Ni una sola vez se había equivocado en la vida; nunca le había ocurrido una sola desgracia; jamás tuvo un contratiempo, ni tropezó con nada que le parara un poco los pies en su rápida carrera. En fin, era uno de esos seres afortunados para los que la indecisión no existe, y mucho menos la desconfianza de sí mismo. A los treinta y dos años tenía lo que es uno de los mayores empleasen el comercio de Oriente…, y es más: estaba satisfechísimo de poseerlo.

Este dechado de virtudes es un producto de la buena suerte, ya que todo le ha salido bien en la vida y nunca ha tenido que enfrentarse al fracaso. Parece ser la antítesis del desgraciado Jim, y sin embargo le compadece y le ofrece dinero para que huya. El rechazo de Jim  en su infinita pureza es algo que Brierly no puede soportar ¿por qué? Quizá por ver en Jim lo que él en el fondo era o podría haber sido, es decir, la aparente perfección de su vida es una máscara, una mentira. Así lo sabrá más adelante el lector cuando dos años después, Jones, el servidor de Brierly y  heredero de su perro y de sus gemelos, le cuente a Marlow el planificado suicidio de su amo. Describirá Jones cómo era el verdadero Brierly, cruel y despótico en su intransigente fanatismo, cómo era su cara oculta.
 Brierly aparece como el alter ego de Jim. Mientras éste muestra su deshonor con sincera y  digna angustia, aquél disfraza su verdadero carácter. En el fondo, Brierly admira el valor de Jim para enfrentarse a la ignominia de su cobardía, y como dice el narrador, “aquella creencia suya en el propio esplendor, que había privado a su propia vida de  todos los terrores legítimos que los demás sienten”, le hace sentirse cerca “del pobre muchacho”. Y  resulta paradójico  que la excelencia de la vida de Brierly esté inspirada en un espíritu práctico muy alejado del ideal de comportamiento que muestra, mientras que Jim es puro ideal sin sentido utilitario alguno.

La muerte de Brierly es, pues, una cuestión de coherencia, pues el sacrificio de Jim, su negativa a ocultarse, desaparecer y huir, le resulta tan incomprensible e insoportable que le hace ver su vacía y falsa existencia. Además, la ignominia de Jim es también la de toda una clase social y profesional a la que Brierly pertenece. Su desesperación se evidencia en las palabras de Marlow sobre las actitudes de Brierly y Jim el último día del juicio:

El talante de este último sugería inmediatamente la idea de cierto sombrío descaro, y el del primero, de desdeñoso fastidio; y, sin embargo, bien podía ser que fuesen falsas ambas actitudes, y, por lo menos, de una me constaba que lo era. Brierly no estaba allí aburrido sino desesperado. GB

Lord Jim, de Joseph Conrad


Lord Jim de Joseph Conrad

Las contradicciones de Jim: aislamiento y condena

Lord Jim o tuam Jim, como lo llamaron los nativos malayos bajo su mando, es un personaje complejo que esconde misteriosos matices tras su apariencia de aventurero decimonónico. Si esta novela fuera un simple relato de aventuras, acabaríamos enseguida su resumen:

Cuando Jim trabajaba como marino en el Patna, barco que llevaba peregrinos a La Meca, huye junto al capitán, el maquinista y un marinero en medio de una terrible tempestad, no cumpliendo así el deber de socorro exigido por las leyes. Cuando el barco es rescatado por  la flota  francesa, los responsables son juzgados y condenados. Todos huyen menos Jim, que  se enfrenta al deshonor de la inhabilitación y a la angustia del culpable que no sabe  cómo expiar su falta. Obsesionado por olvidar su infracción, emprende un viaje sin fin que le aleja cada vez más de la civilización de sus iguales, hacia el Oriente y las más intrincadas selvas de Malasia, donde finalmente encontrará la muerte.

¿Qué es, pues, lo que esconde Lord Jim? Veamos lo que nos dice el narrador de su historia:

Se ilusionó demasiado creyéndose un espléndido caballo de carreras, y veíase condenado a tirar sin gloria alguna, como el pollino que arrastra el carrito de un vendedor ambulante.

Éste es el problema de Jim, le prepararon para algo que no pudo ser, que nadie puede ser: el papel de héroe absoluto, la perfección máxima en el desempeño del deber, el depositario del honor, la fama y la gloria que  son propias de los seres superiores. Ese perfil heroico le viene de su educación familiar. Hijo de uno de esos hogares de párroco protestante que son archivos de piedad y de paz, la rectitud aprendida en los libros hace que Jim se forme una idea del futuro y de la vida absolutamente irreal. En  la imagen idealizada de sí mismo, viéndose cómo protagonista de grandes hazañas, no se prepara para una realidad fea  y mediocre. Por eso cuando se enfrenta a los hechos que le exigen reaccionar ante el peligro, se queda inmóvil, paralizado, poseído por una especie de ensimismamiento lleno de proyectos imaginarios.

La primera vez que le pasa esto es durante su aprendizaje  como marino, cuando alguien cae al agua y Jim es incapaz de socorrerle. Más tarde, ocurrirá lo mismo en el aparente naufragio del Patna. Mientras todos se afanan en ponerse a salvo, Jim, en su inmovilidad, se encuentra en su mundo interior, imaginando desastres, muertes y hundimientos, sin hacer absolutamente nada, en una distante y contemplativa elegancia que le hace sentirse distinto y superior a todos. De hecho, cuando finalmente salta a la barca en que se encuentra el resto, lo hace de forma impulsiva como si su cuerpo fuera independiente de su mente y de su voluntad. Y de hecho así es. El modelo heroico ideal se encuentra atrapado en una materia que no obedece, que no le responde. Esta clase de héroe sólo puede vivir en un  universo imaginario, el de la ficción literaria propiciada por el idealismo romántico.

La  contradicción esencial de Jim es que no puede existir, no puede “ser”. En la vida real está condenado a la incomprensión y a la soledad. Su aislamiento es el del héroe trágico,  abocado a la muerte para cumplir su destino. Y es que en Jim se oponen literatura y vida. No puede vivir su proyecto heroico, es imposible que lo haga en la sociedad en que su creador le ha situado. En la novela queda claro que los demás no entienden su singular orgullo, su negativa a ser como los demás. Lo dice Egstron, uno de los que conoció a Jim, cuando Marlow le explica que Jim rechaza trabajos corrientes o los abandona, porque no puede olvidar lo que le pasó en el Patna, no puede soportar la culpa:

-¿Y a quién demonios le importa eso? ¿Y quién demonio es él para tomarse así las cosas?

Lo que se desprende de estas palabras es claro: el desliz de Jim no era tan raro ni grave en el ambiente  marinero. En aquella vida, los hombres cometían errores y sobrevivían. Pero Jim no, él es diferente, porque su diseño corresponde al ámbito de la literatura romántica, es un héroe de libro, novelesco. Por eso aparece siempre como una silueta, una línea dibujada en la sombra, levemente iluminado, hierático, como si no fuera real. Lo que muere con Jim es el romanticismo. Lo  afirma Stein, el amigo naturalista de Marlow, cuando diagnostica el problema, la enfermedad del personaje:

Entendido. Perfectamente. Es un romántico.

La única forma de sobrevivir a tal “verdad esencial” es, según Stein, es “sumergirse en el elemento destructor”, “seguir el ensueño”, o sea, que Jim viva su fantasía en un lugar donde pueda realizar su ideal. Patusán es el sitio donde Jim ejecutará su proyecto heroico, todo belleza, bondad y justicia. Y siempre mostrará un gran valor, el valor que no tuvo en el mundo de los hombres, en la antipática realidad. Jim sobrevivirá en ese mundo lejano y olvidado donde podrá existir como héroe canónico, aunque será un dios con pies de barro. Se sentirá siempre amenazado por el recuerdo, la memoria de los otros, y por la propia realidad. Cuando aparece el miserable y malvado Brown, la ideal bondad de Jim es su sentencia de muerte.

Leamos esta magnífica descripción del Jim romántico, que fascina a Marlow y al propio Stein, que ve al personaje como  afectado por una enfermedad, “algo malo, malísimo

Era en aquel momento difícil de creer en esa existencia de Jim, que, empezando en el hogar de un párroco protestante, quedaba luego mancillada por multitudes enteras de hombres, como por nubes de polvo, y reducida al silencio por el choque de las exigencias de la vida y de la muerte en el mundo material…; pero, con todo, su imperecedera realidad surgió en mi mente con irresistible, convincente fuerza. La vi tan vivaz como si, al ir avanzando a través de los altos y espaciosos aposentos, entre flotantes destellos y los repentinos reflejos de figuras humanas deslizándose, junto con vacilantes llamas, en insondables, transparentes profundidades, nos hubiéramos acercado a la verdad absoluta, que, como la belleza misma, flota, falaz, oscura, medio sumergida en las quietas, silenciosas aguas del misterio.

El caso de Jim es digno de estudio para psicólogos y psiquiatras. En sus distantes conversaciones con Marlow, pasa por todas las fases de la disfunción vital: se lamenta, se queja de incomprensión y defiende su honor como si éste existiera por el hecho de ser pensado o soñado. Su existencia se entiende más como personaje que como persona, pues ¿cómo podría vivir un Jim perfecto en un mundo de pícaros, malhechores y hombres de negocios motivados por espurios intereses  ?

Es cierto que en un primer plano, Jim simboliza el afán de redención o de expiación de la culpa, lo mismo que Robinson Crusoe, aunque éste no busca su destino sino que se lo encuentra, debido a la  intervención de la divina Providencia. A la luz de esta lectura comprendemos que el segundo es mucho menos complejo que el primero.

Robinson encarna las ideas de la ilustración tamizadas por sus raíces presbiterianas, y lo hace como personaje al servicio de unos valores morales y religiosos. A su configuración como personaje literario le sobra ideología y le falta encarnadura.  El protagonista de Lord Jim, además de castigarse voluntariamente, refleja todo el dolor y angustia que su frustrada experiencia conlleva, se muestra evasivo, introvertido y alejado de su entorno, en su singular huida y errante existencia. Ya hemos justificado su valor como representante de un romanticismo oscuro, decadente, melancólico y trágico, que Conrad sentía superado, aunque anticipaba el existencialismo de Camus que vendría después.

Lord Jim, novela canónica sobre la evolución del viaje vital, que parte del ideal romántico y emprende un proceso de transformación que culminará en la muerte, el no-ser, la nada, que diría Sartre. GB





viernes, 8 de marzo de 2013

Quijote XIX-XXVII

   Aventuras en los caminos



Los capítulos XIX al XXII discurren por los caminos reales y los montes de Sierra Morena.En estos territorios, DQ y Sancho se encuentran con una misteriosa procesión de luces que, en medio  de la noche, les produce gran miedo. Cuando, tras arremeter contra el séquito, DQ es enterado de que se trata de una comitiva fúnebre, se alegra de no tener que dar muerte a quien ya esta muerto, réplica que esconde una humorística visión de sus hazañas. 

En este momento es cuando un Sancho totalmente inmerso en su papel de escudero y en el lenguaje cortés que corresponde, presenta a DQ como El Caballero de la Triste Figura, hecho que da pie a una disertación de su amo sobre los sobrenombres de los héroes de los libros de caballería. El  socarrón humor de Sancho se hace patente cuando le indica a DQ que no es necesario que ponga una figura triste en su escudo, que basta con que muestre la suya a quien sea menester.

Otra aventura muy cómica es la de los batanes (cap. XX) pues, como en una buena historia de terror, los dos personajes perdidos en la noche serrana, oyen misteriosos golpes junto al deslizamiento de cadenas en el agua. La situación se hace más cómica cuando Sancho ata las patas de Rocinante y a DQ, por miedo a quedarse solo. El pánico le hace literalmente cagarse de miedo, lo que escama a DQ al percibir tan extraños y desagradables efluvios. 

El descubrimiento de la realidad al salir el sol hace que el papel de ambos personajes se disuelva y la ficción vivida se desmorone. Curiosamente es DQ quien no puede resistir la vulgar realidad ni las risas burlonas de Sancho, que ahora no se cree que él sea escudero ni su amo un caballero. DQ pone fin a  los comentarios jocosos de su criado sobre la famosa valentía de los andantes caballeros con un golpe de lanza en las espaldas de Sancho, reacción más real que imaginaria

Tras una conversación en que DQ instruye a su escudero sobre las distancias que debe haber entre amo y criado, las cosas vuelven a su justo centro al aceptar Sancho su papel en la historia, aunque lo haga interrogando a su amo sobre los sueldos y premios de los escuderos. Práctico sancho, como siempre. La promesa de DQ de dejarle a Sancho algo en su testamento calma a éste y tan contentos.

Entretanto asistimos a una auténtica lección sobre las reglas de caballería. DQ se dispone a pasar tres días de penitencia para honrar a su amada, lo que preocupa a su escudero, lleno de ternura por su amo. 

El capitulo XXI es recordado por el encuentro con un barbero  montado en su jinete y que lleva una bacinilla en la cabeza, lo que es interpretado por DQ como el yelmo de Mambrino, sobre el que había jurado DQ. La discusión sobre si es yelmo o bacina se acaba con el famoso argumento del encantamiento que todo lo transforma, lo que no impide a Sancho quedarse con los aparejos de la cabalgadura abandonada por el pobre barbero, tras el impetuoso ataque de DQ. 

En este capítulo tiene lugar el discurso de DQ donde sintetiza el argumento de las novelas de caballerías. Y desarrolla el tópico con tal maestría, relata tan bien los éxitos de sus hazañas y de sus amores con princesa y reino como premios, que Sancho, embelesado, le da consejos prácticos para mejorar su misión. Los refranes del escudero complementan las reflexiones del caballero sobre el linaje de los hidalgos, que pueden ascender a los más altos lugares  lo mismo en la vida  que en los libros. Y todos contentos.

En el capítulo XXII encontramos a DQ arremetiendo contra una cadena de presos y poniéndolos en libertad tras considerar que son víctimas de una sociedad injusta y de las adversas circunstancias de sus vidas. Entre ellos se encuentra Ginés de Pasamonte, pícaro personaje que   lleva la voz cantante en el grupo y que aparecerá más adelante en las aventuras de los dos viajeros. Este personaje ficcional, aunque basado en un tal Jerónimo de Pasamonte real, habla de libros también reales como El Lazarillo de Tormes y una hipotética obra titulada La vida de Ginés de Pasamonte.

En el momento de ser liberado junto con el resto de los presos, se burla de DQ   negándose a servir a su Dulcinea, y  entre todos propinan a  amo y criado una gran paliza. El final de este capítulo contiene una descripción que podríamos llamar impresionista, donde se muestra cuál es la situación:
Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don Qujote; el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando que aún no había cesado la borrasca de piedras, que le perseguían los oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse tan malparado por los mismos a quien tanto bien había hecho.
Véase la injusticia y la paradoja: DQ había defendido  el derecho de los presos a la libertad y es víctima de sus propios principios. Esta conclusión es la que justifica el idealismo del personaje.



Comienza una historia de amor

Los dos siguientes capítulos forman una unidad argumental. En sus andanzas por sierra Morena encuentran una maleta que contiene poemas, libros y dinero. Estos objetos son indicios de la historia de Cardenio, que conoceremos en el capítulo siguiente. De momento los escritos en verso y prosa sirven para mostrar de nuevo  los tópicos de la poesía de tema amoroso: la crueldad del Amor, las quejas del amado ante una mujer fría, cruel y, como el demonio, fuente de todos los males y desdichas. Los cien escudos satisfacen la avaricia materialista de Sancho, que contrasta con el deseo de justicia y de salvaguardar los bienes encontrados, de DQ.

El encuentro con un cabrero, les da noticia del dueño de la maleta, un mancebo loco y alucinado con cambios súbitos de conducta, pues pasa de la más amable cortesía a la ira más incontenible. El cabrero cede su voz al narrador que pone al  demente personaje el sobrenombre de El Roto y propicia el encuentro entre  éste y el de la Triste Figura. Una aproximación de dos clases de locura:

....puestas las manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando como que quería ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la figura, armas y talle de don Quijote, que don Quijote estaba d verle a él.
Aquí acaba la primera parte del relato del astroso caballero de la sierra. A continuación el encargado de narrar su historia en primera persona del protagonista de la misma: el desdichado Cardenio.  Estamos en el capítulo XXIV.

La crónica de los desgraciados amores entre Cardenio y Luscinda, junto con la traición del mal llamado amigo Fernando -frívolo joven que seduce y engaña a las inocentes y crédulas doncellas- contiene todos los ingredientes del melodrama. En la época existía ya un genero novelesco sentimental, cuyos excesos en cuanto a la inverosimilitud de personajes y enredos no tenían qué envidiar a las malas novelas de caballería. Vemos por lo tanto, cómo este relato insertado sirve tanto para entretener como para mostrar las virtudes y defectos de la buena o mala literatura.

El relato de Cardenio da pie para plantear otros temas y reflexionar sobre ellos:
  • La necesidad de distinguir entre la pasión juvenil, de engañosa y corta duración, y la permanencia del auténtico amor.
  • La mención de las bondades de los libros de caballería. DQ alaba el gusto de Luscinda por estos libros y cita los de Amadís. De nuevo la inversión de un personaje ficcional  aludiendo algo real.
Precisamente es el comentario sobre dos personajes librescos (Elisabat y Madásima) lo que provoca una disputa entre Cardenio y DQ, y es de tal envergadura que llegan a las manos. Golpes y puñadas reales en  el primer nivel de ficción, causada por los seres imaginarios de un segundo nivel. Interesante, como hemos visto en otras ocasiones. Así como de los males reales que pueden ocasionar los libros de caballerías. Volvemos de nuevo al humor por la caricatura. Veamos cómo se presenta a Cardenio:

 Figurósele que iba desnudo, la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los pies descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían unos calzones, al parecer, de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos, que por algunas partes se le descubrían las carnes.

Sancho baja a la venta

 Entre conversaciones sobre el deseo de Sancho de volver a su casa y dejar aventuras que sólo le reportan golpes (cap. XXV) amén del silencio al que le castigó DQ, éste,  magnánimo, le levanta la sanción y hablan  de múltiples asuntos. Sancho reprocha a DQ el haberse batido con Cardenio por un personaje de los libros y DQ replica que aquél no sabía lo que decía porque había perdido el juicio. Fantástico: un loco juzgando a otro loco ¿se ve la ironía? 

Lo interesante es el discurso de DQ sobre las  obligaciones de los caballeros andantes:

  • Hacer penitencia ayunando desnudo durante tres días,  como Beltenebros.
  • Imitar a Amadís   en sus llantos y no a Roldán en su violencia.
  • Imitar a los modelos heroicos clásicos: Ulises, Eneas..
  • Sublimar la realidad mediante encantamientos y magos.
  • Definirse como el más loco de los caballeros, sin más causa ni ocasión que postrarse ante su Dulcinea.
  • Defender el derecho a imaginar un mundo ideal que le sirva a sus propósitos.

Los dos momentos más cómicos de este episodio son los lamentos de Sancho por el robo de su asno y bienes por el malvado  Ginés de Pasomonte, y el retrato realista de Aldonza Lorenzo. El  lamento por la pérdida del amor o la muerte de un ser querido constituye una categoría poética altamente codificada. Desde  El planto por la muerte de la Trotaconventos del Arcipreste de Hita, hasta la Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique y la Elegía a Ramón Sijé  de Miguel Hernández. 


En este caso, las quejas de Sancho por su rucio adquieren carácter de parodia con más contenido vulgar y cotidiano que espiritual y lírico:

¡Oh, hijo de mis entrañas, nacido en mi mesma casa, brinco de mis hijos, regalo de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis cargas y, finalmente, sustentador de la mitad de mi persona, porque con veintiséis maravedíes que ganaba al día, mediaba yo mi despensa!

 Por el contrario, DQ, emulando el dolor de su escudero usa del más almibarado, artificioso y barroco lenguaje para sus literarias y plañideras súplicas:

¡Oh vosotros, quienquiera que seáis, rústicos dioses que en este inhabitable lugar tenéis vuestra morada, oíd las quejas de este desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos impulsados celos han traído a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse de la dura condición de aquella ingrata y bella, término y fin de toda humana hermosura! ¡Oh vosotras, napeas y dríadas.....
En cuanto a la descripción que Sancho hace de la heterónima de Dulcinea, no tiene desperdicio:

..y sé decir que tira tan bien una barra que el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh, y qué rejo que tiene, y qué voz! [...] Y lo mejor que tiene es que no es melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire...
Finaliza el capítulo con los preparativos de la salida de Sancho para llevar a Dulcinea la carta de DQ en la que le envía saludos con las más floridas maneras y se pone a sus pies como su dueña y señora.  Concluye con el asombro de Sancho y sus cómicos comentarios respecto a los propósitos de DQ de triscar desnudo por los riscos serranos y ayunar, como penitencia  de caballería. Tras unos consejos que denotan el pragmatismo de DQ, parte el escudero a cumplir su misión con una insólita imagen en su retina:

Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbos la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante, y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco. 

Queda DQ solo elucubrando sobre los caballeros literarios y sus características. Un excelente monólogo que demuestra el conocimiento cervantino sobre la novela y las diferencias entre Amadís y Roldán. Sancho se dirige a la venta donde es reconocido por el cura y el barbero. Quedan todos admirados ante el encarnamiento del personaje del escudero en el labrador Sancho Panza. Éste recita de memoria la carta paródica a Dulcinea, ante el regocijo general, pero abandona su carácter ficcional para ocuparse de asuntos más prácticos como sus derechos sobre los tres pollinos prometidos por DQ. (cap XXVI)

En el capítulo XXVII, que cierra la tercera parte del libro, asistimos a la quijotización o ficcionalización de todos los personajes que rodean a DQ. Informados por Sancho de la locura de DQ, el cura y el barbero deciden disfrazarse de doncella andante y escudero, con el fin de sacar al loco DQ de aquellas montañas para volverle a casa y ayudarle en su curación. 

A partir de ese momento y tras cómicos intentos de mejorar sus camuflajes, los personajes dirigen la acción de la historia, como cuando el autor pierde el control de la misma en aras de sus criaturas. Al aceptar la locura e DQ, se quijotizan y lo disponen todo para una representación. Lo mismo que los lectores, se ven arrastrados al interior de la ficción, participan en el engaño porque se lo creen.

El resto es el encuentro con DQ y Cardenio,  el cual da fin a su relato, completando la información narrada en los capítulos anteriores. Quedan claras la traición de Fernando al pretender casarse con Luscinda y la cobardía o pasividad de Cardenio para mostrar sus cartas y defender su amor. Situación que le ha conducido a la situación  desgarrada y demente en que se encuentra, con lo que sigue la parodia de la novela sentimental, ámbito del llanto extremo, del dolor y de la locura de amor mal entendido.

Este capítulo también muestra el tópico del planto de Cardenio, lleno de alusiones a personajes de la Historia relacionados con la traición:

¡Oh Mario ambicioso, oh Catilina cruel, oh Sila facineroso, oh Galaón embustero, oh Vellido traidor, oh Julián vengativo, oh Judas codicioso. Traidor, cruel, vengativo y embustero, [...] ¿qué ofensa te hice? ¿qué palabras te dije?...
Este personaje lleno de dolor por la pérdida de su amada reflexiona sobre la muerte aplazada para mayor sufrimiento de los culpables:

...pues la que se recibe repentina, presto acaba la pena; mas la que se dilata con tormentos siempre mata, sin acabar la vida...

El narrador siempre está por ahí

Diremos algo sobre la presencia del narrador en el texto y alguna que otra mención sobre el autor, que aparece ocasionalmente. 
A veces se nos habla de el sabio a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas, o saca el autor desta historia que debía ser bien nacido (Sancho Panza), con lo que el narrador desplaza al responsable de la narración a esa tercera persona. 

En otras ocasiones comenta el narrador los versos de sus personajes (cap. XXVI) o las reacciones de los destinatarios de los mismos con lo que demuestra su omnisciencia y su control sobre el relato. También se cita expresamente al Cide Hamete Benengeli  como encargado de concluir la tercera parte del libro:

..oyeron que decía lo que se dirá en la cuarta parte desta narración, que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado historiador Cide Hamete Benegeli.
También finaliza aquí nuestro comentario. Quedan muchas cosas por decir, por ejemplo, la variedad y cantidad de refranes, dichos y expresiones populares que inundan la novela. Quizá algún comentarista audaz escriba sobre ello. 
GB

 






jueves, 7 de marzo de 2013

Quijote X-XVII LECCIONES LITERARIAS

 Aventuras quijotescas y literarias



En estos nueve capítulos podríamos considerar que dentro de las aventuras quijotescas se insertan otras de carácter literario (capítulos XI al XIV), correspondientes al encuentro de DQ y Sancho con unos cabreros. Entre ellos aparecen  otros narradores de otras historias que  reproducen, y a la vez parodian, el género pastoril y las convenciones y modas poéticas de la época. Tras el canto del romance por el  refinado pastor Antonio, ejemplo de poesía popular de tema amatorio, otro pastor llamado Pedro relata a un público atento, la triste historia de Crisóstomo, y su muerte por amor a la bella Marcela. 

Todos se emocionan con estos hidalgos rurales que se visten de pastorcillos y huyen a los campos para emular a los personajes de la poesía pastoril, para entre retozos y suspiros, sufrir y morir de amor. Es evidente que al trasladar a la narración quijotesca los personajes propios del género pastoril, se produce el doble efecto en que es maestro Cervantes: un relato contiene el otro, que  a la vez que se desarrolla, se muestra y se parodia. Pues queda claro que la conducta de Crisóstomo es tan hiperbólica como  la de una caricatura,  y de  ahí se deriva su fatal destino. 

El interés de estos capítulos es que al tiempo que se da cuenta de los desgraciados  amores de Crisóstomo, van apareciendo los tópicos que configuran la novela y la poesía pastoril, herederas del amor cortés:
  • La fría enamorada, Marcela, tan hermosa como fría y cruel:
..porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones  de los que tratan de servirla y amarla; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse, y así, no saben qué decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros títulos a éste semejantes, que bien la calidad de su condición manifiestan.
La parodia se encuentra en el final del párrafo con el comentario del narrador a sus oyentes sobre la multitud de damnificados que lloran sus cuitas en los montes:

Y si aquí estuviésedes, señor, algún día veríades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la siguen. 


  • El canon femenino, en boca de DQ y aplicado -cómo no- a su amada Dulcinea:
...que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve...

  • El elogio de la Edad Dorada, que describe una especie de edén o paraíso primigenio donde no solamente aparecen los elementos del locus amoenus, una naturaleza ideal en la que todo es armonía, sino un universo en que todo es paz, concordia y justicia. DQ contrasta este mundo perfecto con sus tiempos, estos detestables siglos, que exigen la existencia de caballeros andantes.
  • La comparación entre las profesiones de clérigo y caballero, muy común en la tradición literaria española (cap.XIII).


 Otra muestra más de que la criatura cervantina nace y se alimenta de literatura. Lo mismo que el personaje de Ambrosio, el amigo de Crisóstomo y encargado de los discursos fúnebres tras la procesión que precedía al entierro. De sus labios sale la elegía en la que se elogia al muerto y se denuesta la actitud de la amada:
Ése es el cuerpo de Crisóstomo, que fue único en el ingenio, solo en la cortesía, estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojo de la  muerte en mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las gentes...

El contrapunto a esta burla de lo pastoril, por exagerado y ridículo, es la réplica de Vivaldo, uno de los viajeros que  asiste a los funerales. En sus palabras insta a Ambrosio a que no queme todos los escritos del difunto para que sirvan de ejemplo  a los vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos.. y para que muestren el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda del desvariado amor.. Ya vemos cómo Cervantes no se resiste a encauzar a sus descarriadas criaturas por la senda del sentido común. En este mismo concepto hay que encuadrar el discurso de Marcela en la que da réplica a las acusaciones que le hacen. 

En su parlamento, Marcela expone y analiza con gran lucidez y no poca modernidad su derecho a proceder libremente en su vida, en sus acciones y en la elección de su amor. Así, reivindica que la belleza femenina pueda existir sin que por ello deba corresponder a cualquier pasión o deseo masculino que suscite, de  modo que sólo ante sí misma debe dar cuenta de sus actos:
...ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste, ni solicito a aquél; ni burlo con uno, ni me entretengo con el otro...
No podemos dejar de detenernos en la larga canción de Crisóstomo, que ocupa casi la totalidad del capítulo  XIV, auténtico compendio de la convencional y artificiosa poesía amatoria culta. Los endecasílabos se llenan de un hiperbólico dolor que recorre toda la geografía del orbe,  y que se impregna de tristes sentimientos, propiciados por el desamor y la ausencia de la amada. Tras la habitual increpación a la amada enemiga, se regodea el amante en la alegría de una muerte próxima e inevitable. Tras la ineludible mención de los mitos que simbolizan el tormento sin fin (Tántalo) o el fatal destino (Ticio, Egión) en el más allá (Cerbero), concluye con la paradoja de la dicha de ella que se alimenta de la desventura de él. Un sumario que evidencia la sabiduría cervantina sobre la literatura de su tiempo, y una guía para alentar a futuros poetas.



En el resto de capítulos, prosiguen DQ y Sancho sus aventuras. El décimo  supone una transición entre la aventura del vizcaíno y el encuentro con los cabreros, que acabamos de comentar. Por cierto, que resulta curiosa alguna incongruencia que otra como la del pastor que relata la historia de Marcela y Crisóstomo, que al principio de su relato usa vulgarismos (cris por eclipse, estil por estéril) y luego se expresa con un registro culto y conocedor de las modas y estilos de un hombre que  sabe de literatura. Quizá Cervantes no quiso desaprovechar la ocasión para resolver una conversación de un modo gracioso, contrastando el habla incorrecta del vulgo con la más artificiosa  e instruida de DQ.

Como ya hemos indicado, en estas páginas encontramos a DQ y Sancho enfrascados en sus conversaciones y peripecias. Sus charlas sobre los bálsamos milagrosos, los moros encantados o las espadas mágicas discurren en el ambiguo territorio de la realidad ficcional que se tiñe de pragmático realismo cuando a uno de los dos conviene. 

Así, DQ se sitúa entre la fidelidad a su personaje caballeresco con sus literarios alimentos, y el hambre real que le acosa; otras veces olvida las propiedades asombrosas de los librescos ungüentos ante el dolor de la herida de su oreja, que es finalmente curada con los remedios tradicionales de los pastores. Y como una constate que se repite a lo largo de la novela, el diferente punto de vista de DQ y Sancho: lo que a uno le parece ejército, al otro parece  rebaño (cap.XVIII); donde uno cree que los golpes sólo producen dolor, el otro piensa que conllevan la conquista del honor y el mérito caballerescos. Sancho se preocupa tanto de la prometida ínsula como del atribulado y doloroso final de cada aventura. Esencial dualidad, tan real como las dos caras de la vida y del humor que destila la novela.

El otro factor que configura esta parte de la novela es la comicidad, que se produce por diversos medios:

  • El paralelismo de situaciones, como cuando Rocinante arremete contra las jacas a la par que DQ contra los yangüeses. Ambos salen de su aventura igualmente molidos a palos. (cap.XV)
  • El enredo, técnica propia del teatro cómico, como la algarabía que se monta en la venta al confundir el harriero la cama de Maritornes con la de Sancho (cap.XVI).Todos dan y todos reciben: 
..daba el harriero a Sancho, Sancho a la moza y la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo..

  • El contraste entre las palabras y el tono, como la conversación entre DQ y Sancho con voces afeminadas, tras la paliza del harriero. (cap.XV)
  • La imagen, como un teatro de títeres, de Sancho volando por encima de la tapia cuando lo mantean por negarse a pagar al ventero.(cap.XVII)
  • La acumulación de hechos desagradables en contraste con las situaciones en que ocurren, como las inoportunas diarreas (cap. XVII) y vómitos de Sancho. (cap.XVIII)
Y para finalizar este comentario, dos muestras del talento narrativo de Cervantes. La primera se puede ver en la secuenciación de la batalla entre DQ, los rebaños de ovejas y los ganaderos. Una gradación perfecta de las acciones, que servirían para un guión cinematográfico. Primero, DQ arremete contra las ovejas, los pastores gritan y avisan, le tiran piedras con las hondas hasta que DQ cae en el arroyo. DQ intenta beber su poción y una cantada le da en la  alcuza  y en la mano " llevándole de camino tres o cuatro muelas de la boca" Los pastores miran y se van. Fin.

Otra muestra, descriptiva en este caso, es la caricatura de Maritornes, modelo de gracia y dominio de la lengua: "una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana..." (cap.XVI)

En cuanto al narrador, en estos capítulos se menciona varias veces al Cide Hamete para dar verosimilitud y fiabilidad a los disparatados hechos que acontecen. Pero en otra ocasión, el narrador pierde su objetividad y se implica en el relato, mostrando su emoción ante el desatinado discurso de DQ sobre los caballeros y las naciones: "¡válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuantas naciones nombró, dándole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus discursos mentirosos!  (cap XVIII)

Pues eso. También nosotros nos admiramos. 

GB