martes, 26 de febrero de 2013

La toponimia en El Quijote




En este comentario no me quiero referir a grandes topónimos, como El Toboso, Puerto Lápice, o incluso La Mancha; quiero referirme a otros topónimos que podemos llamar menores y que a mí me resultan conocidos. Ello no significa que sean  menos importantes ya que otorgan  a la obra que nos ocupa un plus de verosimilitud.

Veamos. El capítulo XX de la primera parte que aunque su título  es largo y elusivo trata de la ‘Aventura de los batanes’, y lo ubica Cervantes al borde mismo de ‘una corriente de agua o arroyo’  supuesto que pone en boca de Sancho al principio del capítulo  “-No es posible, señor mío, sino que estas hierbas dan testimonio de que por aquí cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedecen…”

Las Lagunas de Ruidera,  actualmente incluidas en la demarcación  del Parque Natural de las Lagunas de Ruidera está formado por quince lagunas que ocupan una extensión de unos treinta kilómetros. A lo largo de su recorrido unas lagunas se comunican con otras a través de una compleja red fluvial con gran cantidad de arroyos y cascadas constituyendo un paisaje de singular belleza. Están situadas en el Campo de Montiel entre el término municipal de Ossa de Montiel, el más occidental de la provincia de Albacete, y una parte del término del vecino municipio de Ruidera, que ya pertenece administrativamente a la provincia de Ciudad Real.

 El conjunto recuerda por su forma una cadena o rosario con el tamaño de las cuentas irregulares y desigual distancia entre ellas pero enlazadas unas con otras, de tal modo que cada laguna vierte el agua que le sobra en la siguiente, ubicada a altitud inferior. Finalmente después de la última laguna su caudal se desliza hasta el vecino embalse de Peñarroya, en el término municipal de Argamasilla de Alba.

Hacia la mitad de esta suerte de rosario se encuentra la laguna Batana, situada entre la Santo Morcillo de la que recibe el agua que le sobra y la laguna Colgada, de la que la separa un desnivel importante, y que vierte en ella  sus excedentes del líquido elemento, formando una hermosa cascada.

Es un hecho admitido que la laguna Batana “… que se llama así porque al final de la misma había un batán de construcción antigua”; con toda probabilidad este batán estaba construido en el límite de la laguna con su vecina, la Colgada ya que entre las dos existe una diferencia de altura de cierta importancia, que permitiría aprovechar la energía potencial del salto de agua entre ambas lagunas. Actualmente no quedan restos visibles de aquella construcción.
Tal vez el rodeo haya sido demasiado largo, pero lo que quiero poner de manifiesto es que en pleno corazón de La Mancha, escenario mayoritario de las aventuras de nuestros héroes, existe una realidad física y tangible, donde toma apoyatura el escenario concreto de una aventura. Efectivamente es muy verosímil que don Quijote y Sancho llegaran a aquel paraje (que existe de verdad), que siendo de noche cerrada se quedaran al borde mismo de la laguna. Es verosímil también que oyeran los ruidos que el agua hacía al caer a la laguna vecina formando una cascada, distinguiéndose perfectamente la naturaleza de este ruido de otros rítmicos  y metálicos debidos a los golpes de los mazos y demás mecanismos del batán….
Hasta ahí lo verosímil, después la frondosa imaginación de Cervantes construyó un capítulo que puede incluirse entre los más divertidos de toda la obra.

Nos presenta un Sancho muerto de miedo desde luego, pero poliédrico como en pocas ocasiones con cambios en su estrategia y en su comportamiento en corto espacio de tiempo. Es evidente que el único objetivo que Sancho perseguía en aquellos momentos era persuadir a su amo  de que no emprendiera su aventura o que la aplazara hasta que amaneciera, pero para ello Sancho acudió primero a sus ‘conocimientos’ de astronomía intentando interpretar la posición y movimiento de las estrellas… ¡en una noche oscura!. Fracasado este intento, Sancho lo intentó de nuevo atreviéndose a contarle a don Quijote un  cuento sin fin, destinado deliberadamente a dilatar el acometimiento de la aventura. Por último, ante el fracaso de estos ardides, Sancho resuelve trabar las patas de Rocinante aprovechándose de que en la oscuridad de la noche su amo tendría dificultades en descubrir la treta.

Conseguida la inmovilización de Rocinante y aguijoneado por el miedo y el frio de la madrugada, Sancho acaba ensuciándose (literalmente) en las mismísimas narices de don Quijote y sin soltar una mano del arzón de la silla del caballo, en una escena vívida y desternillante como pocas, consiguiendo de paso el enfado de don Quijote.

Después de que amaneciera y descubrieran la verdadera causa de sus miedos y desasosiegos, entran por la propia simpleza del asunto en un ataque de risa a dúo, que pronto deriva en una desusada burla por parte de Sancho, que llega a cuestionar incluso la valentía de su amo. De nuevo éste se enfada y le da a Sancho dos golpes con el lanzón, y después lo sermonea con razones ‘propias’ de antiguos caballeros andantes en situaciones semejantes.

De nuevo estas escenas finales del capítulo nos presentan un Sancho acomodaticio, pasando rápidamente de la socarronería a la gravedad, poniendo de manifiesto que no se trata de un simple patán ayuno de recursos y de ingenio.
(Abdón Arjona)



lunes, 11 de febrero de 2013

Quijote (I-IX) Otros temas

Otros temas


El Quijote es un compendio de temas que reflejan el pensamiento de Cervantes y de su época. El más evidente es el de las novelas de caballerías, que criticó con energía y fundamento. Ya dijimos que, a la par que parodia el género también lo explica, por lo que esta novela trasciende lo narrativo para entrar en lo metaliterario, ya que es un libro que trata de literatura. Además de lo que supone la burla de esta clase de novelas, cuyo caricaturesco remedo nos divierte, Cervantes nos da una lección sobre los diversos géneros novelescos. 

Ya mencionamos la crítica a las cursis descripciones pastoriles en boca de sus personajes, como hace la sobrina en el conocido capítulo VI: porque habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza. Dos hachazos en una sola frase.

En el citado capítulo VI nos encontramos con un análisis riguroso de las novelas de la época y de algunos libros de poesía. Los malos, bastantes, van a la hoguera que han preparado los amigos y parientes de DQ. Sólo se salvan, entre otros, los Amadís, algún Palmerín, La Diana de Montemayor, Tirante el Blanco, cierto Cancionero poético, y, curiosamente, La Galatea de Cervantes, en una sorprendente inversión donde un personaje de ficción comenta una novela real, de la realidad no imaginada.

Se extiende el narrador en cuestiones de estilo, recomendando el "estilo llano", que comprende muchos lectores. La claridad es una virtud de las novelas, tanto como la necesaria verosimilitud en el tratamiento de lugares, personajes y sentimientos.

El episodio donde DQ salva al pastor Andrés de los azotes de su amo, muestra hechos y razones de su sentido de la justicia aunque, llevado de su literario papel, se conforme con la promesa del amo de perdonar a su criado. Justicia  e ingenuidad van parejas en la novela y en la vida. Interesante es el carácter humanista de DQ cuando dice  a Sancho que "Haldudos puede haber caballeros; cuanto más que cada uno es hijo de sus obras". Luego remata  Andrés con el contraste humorístico:...pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y mi trabajo? Como siempre,una de cal y otra de arena.

Para concluir, mencionamos el conocimiento cervantino de los ambientes de germanías, plagados de pícaros y ladrones, como se demuestra en las intervenciones del ventero, auténtico experto en tales lances y lugares. Cuando DQ se dirige a él llamándole "señor castellano", la  descripción del ventero no tiene desperdicio:

Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje 

Hay en el Quijote un conjunto tan amplio de refranes y expresiones popularesque sería imposible recogerlos todos. Nos conformamos con llamar la atención del lector sobre este aspecto, que demuestra la versatilidad y talento de Cervantes en el conocimiento y uso de los distintos registros y niveles  de la lengua castellana. GB

Quijote (I-IX) Humor y comicidad

Humor y comicidad

Desde las primeras líneas, el lector percibe que el relato está conducido por una voz narradora subjetiva e implicada en la historia narrada, de tal forma, que además de los comentarios más o menos explícitos sobre los personajes y los hechos que les incumben, una sutil y fina ironía sobrevuela las palabras y frases que componen esta extensa y genial novela. El humor se filtra en cada capítulo y lo impregna todo, de modo que mediante este recurso, el narrador critica y valora todo lo que se le pone por delante, ya sea un asunto social, cultural o literario.

Como dice Henri Bergson en su ensayo La risa, el humor y su pariente la ironía se apoyan en una serie de técnicas universales que se pueden aplicar tanto al arte como a la vida. Hay dos que son reconocibles en el Quijote: la exageración y el contraste.  La primera es muy evidente en las numerosas caricaturas que encontramos, desde la del  propio hidalgo hasta las de los libros de caballerías, con los ridículos nombres de gigantes (Caraculiambro) y lugares (isla Malindrania). En otras ocasiones se parodia el género pastoril y sus gongorinos adornos (Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos..) así como se denuncia la recurrente y ridícula desmesura con que el género caballeresco trataba a sus personajes: ...desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle [...] doncella hubo en los pasados tiempos que al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido.

El contraste como recurso humorístico se extiende a lo largo de toda la novela. Puede ser un doble sentido en las irónicas explicaciones del narrador sobre la locura de don Quijote (se le pasaban las noches leyendo de claro en claro , y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer...)  o en los diálogos de los personajes, como cuando dice el ventero: 
-Según eso, las camas de su merced serán duras peñas y su dormir, siempre velar...

Pero no olvidemos que el contraste más productivo desde el punto de vista del humor es el que ya hemos explicado, el que hace que cada personajes sea a la vez "real" y literario, lo que da lugar a situaciones y conversaciones donde la gracia y la agudeza se combinan con la sorna y la socarronería. Así ocurre cuando don Quijote dice que como caballero debe velar, y Sancho está encantado de dormir; o la forma en que  don Quijote deja de lado  sus espirituales usos caballerescos porque tiene hambre, o siente dolor y frío. 

Otro aspecto que hay que distinguir es la comicidad, recurso distinto del humor, aunque igualmente provoque risa, que se manifiesta en los numerosos gags que salpican la narración de las aventuras de DQ. Seguramente el gusto de Cervantes por el teatro, género que también probó, le hizo ducho en la tarea de componer escenas y secuencias con gran sentido cómico. En esta categoría incluiríamos todas las repentinas arremetidas de DQ contra arrieros, molinos y gentes de buen y mal vivir. También los comentarios que aparecen entre paréntesis, auténticos apartes teatrales con los que el narrador busca la complicidad del lector: ...una manada de puercos (que, sin perdón, sí se llaman).

Finalizamos con la siguiente observación: lo cómico es lo que nos hace reír, y lo irónico es lo que nos hace sonreír y además pensar. De todo hay en esta novela cuya lectura tanto placer nos da. GB 

sábado, 9 de febrero de 2013

El Quijote, capítulos I-IX REALIDAD Y FICCIÓN

Realidad y ficción

Entender bien el significado de esta dualidad de términos es una de las claves para entender esta novela, que esconde algo más que una parodia de las novelas de caballerías.  Veamos cómo se articulan estos dos componentes. 

Para  empezar, hay que sentar el principio de que todo lo que aparece en la cualquier novela es algo imaginado, es decir de naturaleza ficcional. Cuando este universo imaginado, con sus personajes, espacios y conflictos se parece al mundo que conocemos, es decir, nos resulta familiar, decimos que el relato es realista. Si no es así, hablamos de un relato fantástico. Es evidente que esto no sirve para explicar lo que ocurre en el Quijote, pues en este caso lo que se confronta, o quizás combina, no  son exactamente novela realista y fantástica sino realidad y ficción. 

Pero si nos atenemos al principio que hemos mencionado arriba, sería mejor hablar de dos niveles de ficción: el primer nivel ficcional, mal llamado realidad, el del hidalgo manchego que vive de sus rentas con su ama, sus parientes y amigos; el del tosco labrador Sancho con su esposa Teresa; el del resto de personajes secundarios  junto con los lugares que pueblan estos capítulos: venteros, sirvientas, harrieros, labradores, pastores, mercaderes, viajeros y caminantes. Todos estos personajes así como los lugares donde viven,  y los campos o caminos que recorren y habitan, conforman una realidad cercana al lector y a la sociedad del siglo XVII, por lo que  constituyen el componente realista de la novela. 

El otro componente configura el segundo nivel ficcional. Se trata de una sustancia literaria, que se superpone y opone a la mal llamada "realidad" al tiempo que la transforma en  otro universo alimentado por los ingredientes literarios que constituyenel género de la novela de caballerías. Así que, como las cajas chinas o las muñecas rusas, una realidad ficcional (la del hidalgo Quesada) contiene una segunda realidad caballeresca (la de don Quijote de la Mancha), metaficcional o metaliteraria. El primer nivel del relato se refiere al mundo que llamaríamos realista, y el segundo, al mundo literario.

De hecho, el lector conoce en primer lugar al hidalgo -a través de la excelente caricatura que aparece en el primer capítulo (un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor)- además de sus comidas, parientes y empleados: su ama, su sobrina y el mozo de campo. Luego asistimos a  la transformación del hidalgo en caballero mediante los ropajes que viste, sus armas y pertrechos. Vemos cómo bautiza a su caballo Rocinante y a sí mismo con el pomposo nombre de don Quijote de la Mancha. Después elige su dama Dulcinea y ya está listo para emprender su primera aventura. Ante nuestros ojos se va perfilando el personaje literario, el loco y alucinado don Quijote.

Esta dualidad del personaje "real" que se convierte en "ficticio" constituye la esencia de esta singular novela, ya que la doble naturaleza de don Quijote impregna al resto de los personajes, que participan de una u otra propiedad en diferente medida. El lector asiste por primera vez a una lección práctica de teoría literaria sobre cómo se crea un personaje y el contexto social y sentimental en que va a discurrir su literaria vida. Por eso los primeros capítulos están llenos de menciones a las convenciones propias de las novelas de caballerías, de modo que también aprendemos,  a medida que leemos, cuáles eran las características del género, al tiempo que nos reímos con su parodia.

Veamos el proceso que  experimenta del personaje literario o ficcional:
  • Hacerse caballero para enderezar entuertos, enmendar abusos y satisfacer deudas
  • Disponer y limpiar armas y armaduras.
  • Poner nombre a su caballo y a sí mismo.
  • Buscar dama de quien enamorarse y  honrar mediante sus hazañas. (cap. I)
  • Visitar un castillo y ser armado caballero (cap. II y III)
  • Salvar al joven Andrés de los azotes de su amo, y pedir a los mercaderes toledanos  que alaben la belleza de Dulcinea. ( cap. IV)
  • Elección del escudero Sancho Panza y segunda salida por los campos de Montiel. Promesa de títulos y de una ínsula. (cap. VII)
  • Enfrentamiento con los gigantes, con los frailes y con el escudero vizcaíno que acompañaba a una gran señora en su viaje. (cap.VIII y IX)

Este conjunto de acciones corresponden a las convenciones propias de las novelas de caballerías. Pero en nuestra novela, en estas secuencias participan también el conjunto de personajes "realistas"que se encuentran y se enfrentan a don Quijote. Y esa fricción entre realidad y ficción, entre vida y literatura, hace surgir una nueva  materia narrativa, cuya lectura resulta más que divertida, y en la que asistimos a la lucha de un personaje por trascender su propia naturaleza y construir un mundo a la medida de sus ideales. Esa es la esencia y la singularidad de el Quijote, que haciéndonos reír, nos hace reflexionar, tanto sobre la literatura como sobre las grandezas y miserias del ser humano.

Por eso, a cada situación literaria de don Quijote corresponde otra del nivel "real" que se pretende superar, y ese contraste es una de las fuentes del humor que impregna la novela. Del choque entre ambos mundos saltan chispas de carcajadas, risas y sonrisas. Veamos cómo la ficción "real" da paso a la literaria: la celada es de cartón, el caballo es viejo, el castillo es venta, el castellano es ventero, las doncellas son mozas vulgares, los gigantes son molinos, la gran dama es una viajera común, y los caballeros son frailes agresivos.

Esta dualidad real-ideal contamina a todos los personajes de la obra, de modo que todos son corrientes o caballerescos según el momento. El propio don Quijote no es siempre el caballero andante que su personaje le exige. Durante estos primeros capítulos se muestra bastante alucinado y muy metido en su papel, y según avanza en sus aventuras va transformando la realidad en su personal y caballeresca fantasía. Cuando en la venta oye el cuerno del porquero, imagina que le dan la bienvenida con honores, mientras le reciben las mozas convertidas en doncellas. No ceja en su empeño ni por la dura cama que le ofrecen ni por el abadejo que le sirven como comida. Pero el lector se desternilla ante los comentarios de los que en la venta estaban, o imaginándolo comer y beber con la celada puesta. 

Y es curiosa la reacción del ventero cuando don Quijote le dice no tener dinero, pues asistimos a una auténtica lección por parte de aquel sobre las costumbres y usos de la caballería, y encima no tiene reparos en transformarse él mismo en material literario, pues accede a fingir que es señor del castillo y, como tal, arma caballero a nuestro protagonista. Del mismo modo, la señora vizcaína que viajaba hacia Sevilla accede a representar un personaje propio de las novelas de caballerías, al acceder a cantar las alabanzas de Dulcinea. 

Para concluir con estas consideraciones, diremos que en estos capítulos, don Quijote se mantiene fiel a sí mismo comportándose en todo momento como el ideal caballero de las novelas que le volvieron loco, y por ello recibe tantos golpes que ha de regresar a su casa para componerse el cuerpo y el espíritu (realidad ineludible). Aún así, en una ocasión le sale la vena pragmática del hidalgo hambriento que se oculta bajo la piel del caballero. Cuando le ofrecen truchuelas o abadejo,  él dice, tras extensa disertación: "Pero, sea lo que fuere, venga luego; que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas". No sólo ha perdido los usos caballerescos sino también su lenguaje.

Algunos han considerado esta novela como simple parodia de la novela de caballerías, pero es algo más. Pues si los personajes y sus conflictos son a la vez una cosa y la contraria, realistas o idealistas ¿qué es en realidad el hombre y su circunstancia? Al mostrarnos Cervantes las dos caras de la realidad, nos hace ver también que ésta puede ser mirada desde varias perspectivas, que no es estática sino cambiante, y que todo tiene al menos dos caras, según se mire. Ante el dogmatismo de un mundo percibido como realidad unívoca, se nos ofrece la posibilidad de conocer una realidad ambigua y mucho más sugerente. Y divertida, no lo olvidemos. GB


El Quijote, capítulos I-IX, narrador y autor

Autor y narrador



En un relato convencional, la distinción entre autor y narrador suele aparecer bien delimitada para el lector atento. El primero es el que imagina y firma la obra,  suele ser uno y fácilmente identificable, salvo si ha decidido permanecer en el anonimato. El segundo, en cambio, puede ser uno o varios, subjetivo u objetivo, interno o externo, omnisciente o equisciente, pues su responsabilidad es relatar las peripecias de los personajes y cómo cambian sus  vidas y los espacios donde transcurren, mientras el tiempo   pasa, hasta que el llega final  y el relato se acaba.

En el caso de El Quijote, nos encontramos con un narrador externo que conduce la narración en tercera persona, con algunas excepciones, que implican al autor del relato o modifican la distancia entre el narrador y lo narrado. Así, el  archiconocido comienzo de la novela, En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme... supone  una brevísima incursión de una primera persona, que es abandonada en el acto para decidirse por la tercera, externa a la historia.  

Esa entrada y ese "no querer acordarse", además de resultar bastante irónico, acentúa el control del narrador  sobre la historia,  así como los juegos que se trae con  su autor y la autoría de la misma, hechos a los que hemos de estar atentos. Un ejemplo muy claro de lo que decimos está en el capítulo I, cuando da a entender que él no es el que ha creado el personaje (Quieren decir que [...] se deja de entender que...) del hidalgo Quesada o Quejana. Como si estas alusiones a otros autores, de momento indefinidos e inconcretos, libraran al narrador de la responsabilidad de un relato que ya desde el principio sorprende tanto por lo novedoso como por lo disparatado. Bien claro lo deja cuando dice:
"...se vino a llamar don Quijote, de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que sin duda se debía llamar Quijada, y no Quesada como otros quisieron decir."
Otras veces busca el narrador la complicidad del lector,  situando a ambos en el interior del relato ( Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero ..., cáp. II), y otras, desde fuera (Autores hay que dicen [...] otros dicen que [...] o desde dentro (lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha...). Con este recurso, el narrador consigue también dotar a su relato de la necesaria y suficiente verosimilitud, tan recomendada por el propio Cervantes a lo largo de esta obra.

Se interrumpe el relato, el narrador reflexiona

Pero estas imprecisas alusiones a otros autores anteriores desaparecen cuando, al final del capítulo VIII, interrumpe el narrador el relato de la aventura con el  vizcaíno con el pretexto de no contar con los papeles de donde la había tomado:
"..deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote [...]

Y si se lamenta el "segundo autor" de no poder seguir con su relato, también se extraña de que " los ingenios de la Mancha no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen...", de modo que declara su intención de hallarlos con el fin de acabar su relato. Este juego cervantino  con la autoría es  a su vez una forma de dar emoción a la historia,  suspendiéndola en un momento de gran tensión, como será  posteriormente propio de las novelas de aventuras, de las novelas por entregas, y en la actualidad, de las telenovelas. Otra muestra del talento cervantino.

Así que en el capítulo IX, el narrador expone al asombrado lector, sus reflexiones sobre la  seguridad de que algún sabio tomara a cargo sus nunca vistas hazañas(de don Quijote), cosa que nunca faltó a ninguno de los caballeros andantes. Y puesto que era costumbre que las aventuras de tales caballeros fueran recogidas por uno o dos sabios, concluye el relato con el feliz hallazgo de unos cartapacios y papeles viejos en el local de un sedero de Alcaná de Toledo. Tras lo cual, se nos aclara con el humor que caracteriza a esta obra, que reconoció que aquellos papeles trataban de don Quijote porque el muchacho que se los mostraba los abrió y, tras leerlos, comenzó a reír, pues en el margen decía: Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha.

Así conocemos, por boca de este narrador en primera persona, que mandó traducir los papeles del arábigo al castellano  de la Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.

De gran interés son las descripciones de las ilustraciones sobre la batalla entre el vizcaíno y don Quijote, así como la mención de detalles sobre el nombre de  aquel (Don Sancho de Azpeitia) y sobre lo bien dibujados que estaban Rocinante (...tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético y confirmado...) y Sancho Panza (...la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, por eso se le debió de poner el nombre de Panza y de Zancas...)

Y mucho más interesante es la disertación, reflejo del pensamiento cervantino,  con que se cierra este paréntesis en el relato. Trata de la importancia de la verosimilitud como garantía de la calidad de cualquier historia que se precie. Y si reprocha al supuesto primer autor de las aventuras de don Quijote no haber alabado suficientemente al caballero, por ser arábigo ... y ser éstos mentirosos, elogia a los narradores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, seguidores siempre de la verdad, cuya madre es la historia.

En resumen, para concluir con este comentario sobre los juegos cervantinos entre narrador y autoría, llamamos la atención del lector sobre cómo Cervantes ha introducido una historia (la del  descubrimiento de los papeles del Cide Hamete) dentro de otra (las aventuras de don Quijote), estrategia narrativa que veremos muchas veces en esta obra singular y universal. Y que no se olvide la reflexión sobre las bondades de la verdad en los libros, parte de la teoría literaria que nos propone Cervantes mediante las voces de sus criaturas. GB






lunes, 4 de febrero de 2013

El Quijote, Prólogo

EL PRÓLOGO YA ES UNA BROMA

En la presentación de la propuesta de leer el Quijote, planteada en la primera reunión de este club de lectura, ya avanzamos algunas ideas sobre lo que nos encontraríamos como lectores. Desde las primeras líneas descubrimos a un Cervantes irónico, que escribe desde la distancia que da  la madurez y el haber tenido una vida llena de sinsabores. Para no llorar ante su situación y la del mundo que le rodea, Cervantes ha optado por reírse de todo, empezando por sí mismo. 
Sus comentarios nos hacen sonreír con benevolencia y sin demasiada amargura. Estamos ante alguien con gran sentido crítico sobre casi todo, sobre la vida y sobre la literatura, que tan bien conocía; ligeramente desengañado, no lo está tanto como para caer en la acidez del sarcasmo, así que se queda en la sorna y en la parodia. Y lo hace desde el comienzo, por lo que nos proponemos disfrutar con él y con sus palabras.

El autor busca la complicidad del lector dirigiéndose a él en segunda persona,  algo común, una de las convenciones en las publicaciones de la época. Pero en este caso encontramos en ese "desocupado lector", una cualidad que adscribe la lectura a su justo término: la de la diversión ociosa. Desecha así Cervantes esos lectores pedantes y sesudos, pagados de sí mismos y de la altura y nobleza de sus actos, para admitir a aquellos que quieren hacer lo mismo que el escritor: pasarlo bien.

Y si lo que se llevaba en otros prólogos era la alabanza de la obra, nuestro autor opta por lo contrario, es decir por lamentarse de su "mal cultivado ingenio" y de haber engendrado "un hijo seco, avellanado y antojadizo". Para colmo, se ríe de  otros libros creados en maravillosos escenarios, con la mención del tópico del locus amoenus, y completa la jugada con la observación de que esta criatura se "engendró en la cárcel". Con esta estrategia de burlarse de sí mismo y de su libro, se cura Cervantes de lo que otros podrían decir de ambos, que fue mucho y malo, administrando el remedio antes de la enfermedad, una terapia bastante recomendable para aquellos que ya han sufrido bastante y no quieren seguir por ese camino.   

A continuación pasa el autor a plantear otro cliché que estaba de moda desde la Edad Media: las filiaciones de la obra, en qué autores se inspiró y qué fuentes consultó para construir su libro. Era costumbre que todos los autores incluyeran grandes listas de autoridades literarias, filosóficas y científicas, desde los griegos hasta sus contemporáneos, pues era eso lo que daba a la obra prestigio.  Así que Cervantes se inventa un interlocutor con el que platica sobre estas cuestiones y nos muestra en forma de diálogo su intención de dejarnos a solas con la novela y ofrecérnosla "monda y desnuda, sin el ornato del prólogo, ni de la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse".

Así que, planteado el problema, la solución que le propone su amigo es sencilla: copiar de esos libros tan sabios la lista de autores, de la A a la Z, y asunto resuelto. En cuanto a los sonetos de autores prestigiosos que solían anteceder a las obras, más de lo mismo: los escribe el propio Cervantes y después, como dice su interlocutor, con muy buenas razones, se les pone el nombre de quien se quiera "ahijándolos al Preste Juan de las Indias o al emperador de Trapisonda". Tampoco hay que preocuparse de buscar citas y sentencias ni mencionar bibliografía alguna, pues basta con introducir alguna de "las sentencias o latines que vos sepáis de memoria [...] y luego, en el margen citar a Horacio" , y listo.  Por cierto, lo sonetos y poemas que siguen al prólogo son tan disparatados como divertidos. Dejamos al lector que los conozca y los disfrute.

Esta técnica paródica es una de las claves para entender y disfrutar de esta original novela. Así, se ríe el lector con  la burla de tales ocurrencias y costumbres, a la par que las conoce y aprende, una forma bastante agradable de instruir deleitando, como dijo el desconocido autor de el Lazarillo de Tormes.

Con más seriedad y sin ironías, declara el autor que el libro es "una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón". De esta afirmación se infiere que Cervantes tenía clara conciencia de la originalidad de su novela, puesto que no podía encontrar referencia alguna en ningún escritor del pasado. 

En cuanto al estilo, desprecia Cervantes los confusos e intrincados párrafos al uso, y opta por "palabras significantes, honestas y bien colocadas" para que "salga la oración y período sonoro y festivo". Sencillez y claridad frente a abigarramiento y oscuridad, lo que adscribe a nuestro escritor a la frontera entre la estética renacentista y la barroca. No nos resistimos a incluir la última y extensa cita en la que el amigo del autor menciona los efectos que  desea produzca  el libro en todo tipo de lectores:

"...leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecien ni el prudente deje de alabarla"

Para acabar este comentario, nos detenemos en algo que nos ha conmovido: la ternura y cariño que Cervantes tuvo por su criatura, tanto por el libro como por los dos personajes que elevó a la categoría de mitos literarios. Así leemos en el cierre de este singular prólogo. 

"Don Quijote de la Mancha  [...] fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos. [...] pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas" GB

domingo, 3 de febrero de 2013

Robinson Crusoe, lo que piensa el Club de Lectura

LO QUE DICE EL CLUB DE LECTURA

Como es costumbre, publicamos un resumen de la interpretación de la novela tras el debate celebrado el pasado martes. Estamos de acuerdo en que por un lado hablaremos de la novela como relato o narración, y por otro, de las ideas contenidas en el libro, que son muchas y muy interesantes.

Un best-seller dieciochesco

¿Fue Robinson Crusoe uno de los best-sellers de su momento?
Como relato, Robinson Crusoe es una novela bastante mediocre, en la que un narrador en  primera persona cuenta las aventuras de un Robinson joven y alocado, que acaba naufragando en una isla desierta. Tras las numerosas  y conocidas peripecias que llevan a nuestro protagonista a luchar enérgicamente por su supervivencia, finalmente consigue salir de la isla y regresar a Inglaterra, donde recupera sus bienes y fortuna y emprende otros viajes. 

Este libro alcanzó gran éxito en su tiempo y proporcionó al autor la fama y la gloria de haber creado uno de los mitos literarios más consolidados  e imperecederos de la Historia de la Literatura: la isla como metáfora de la soledad, que potencia la necesidad de reflexión y transformación. 

El narrador cuenta la historia desde su memoria, una vez pasados y concluidos los hechos, por lo que lo hace desde la omnisciencia que da el haberlos vivido y experimentado. Dicho conocimiento se manifiesta en la numerosas anticipaciones y prospecciones temporales que salpican el relato, aunque las discronías que se observan en las alusiones al tiempo de la historia (unas 30 aproximadamente) evidencian la falta de cohesión en una obra propia de un principiante o un autor novel. Lo mismo sucede con ciertas secuencias en las que lo fantástico roza lo inverosímil, como las aventuras de la lucha contra el oso y los lobos, durante su viaje de vuelta desde Lisboa a Inglaterra, cruzando España y Francia.

Sabemos que la historia se inspira en un hecho real -muy  conocido y difundido en la época de Daniel Defoe- como fue el naufragio del marinero Alexander Selkirk, que sobrevivió en soledad durante cuatro años en la isla Juan Fernández, frente a la costa chilena. Y si consideramos que la calidad literaria de Robinson Crusoe como novela es dudosa, quizá se deba a que, posiblemente, lo prioritario para el autor   haya sido destacar un conjunto de conceptos morales y religiosos que conectan el relato con las inquietudes e intereses de su época.

Psicología y religión

Como lectores de esta novela y con la distancia que dan los siglos que nos separan desde su publicación, percibimos un más que considerable análisis del ser humano y sus emociones. En este sentido, se podría considerar que la evolución interior de Robinson responde a algunas  tendencias de las modernas ciencias del comportamiento. Se observa así en el personaje la necesidad de sobrevivir a las circunstancias más adversas mediante la valoración positiva de lo que tiene,  desestimando la queja por lo que no posee. Esta estrategia le sirve cuando hace la estimación de su situación con la lista comparativa entre lo positivo y negativo de su vida en la isla, técnica por cierto de gran actualidad y estimación en los métodos empleados por los psicólogos. Y esta actitud -reiterada en numerosos momentos de la historia- le lleva a enfrentarse a las peores experiencias y a su consecuente superación, con la confianza que da la creencia de que el ser humano es capaz de sobreponerse y vencer cualquier adversidad con ingenio, esfuerzo y paciencia, como afirma nuestro único y solitario protagonista.

Pero las respuesta psicológicas que el libro documenta están impregnadas del sentimiento y de la educación religiosa del autor de la novela, que se filtran en el relato y en el pérfil del personaje. Las ideas religiosas -emanadas en su casi totalidad del prebisterianismo protestante al que se adscriben Daniel Defoe y su criatura literaria- penetran y condicionan los más importantes momentos de la experiencia de Robinson. Veamos los núcleos fundamentales de su forma de pensar y concebir  su vida particular y la del hombre en general:

  • La culpa por la desobediencia paterna, el arrepentimiento, y la aceptación del castigo, como  expresión del destino dictado por la Providencia divina.
  • El consuelo basado en la aceptación de tal destino y en el reconocimiento del pecado inicial.
  • La consideración de un Dios liberador del pecado y de la aflicción, por lo que deberá ser glorificado (sobre todo los domingos, como mandaban los ritos presbiterianos)
  • La importancia de la Biblia como libro que rige las vidas de los hombres.
En resumen, podríamos afirmar que Robinson Crusoe sintetiza los principios de la sección presbiteriana del calvinismo anglicano, que se oponía al episcopalismo ortodoxo defendido por Isabel I, Jacobo I y Carlos I, y al que se opuso con ímpetu y ahínco, Cromwell, cuyas decisivas medidas  restaron poder a la Iglesia y a la monarquía. La defensa de la libertad de conciencia  y de un ritual austero, reflejo de la sobriedad de la vida, se manifiestan también en la novela como vimos en la tertulia pasada.

El toque ilustrado

Nos llamó la atención el "elogio de lo intermedio o lo mediano" que expresa las recomendaciones del padre de Robinson. El club lo interpreta como una defensa de lo que será la clase media, soporte de la futura burguesía:
"...en medio de los dos extremos, entre los pequeños y los grandes; que los hombres prudentes atestiguaban que allí se hallaba el grado justo de la auténtica felicidad cuando rezaban pidiendo no ser nunca pobres ni ricos " (Robinson Crusoe)
 Esta idea, procedente de  la Ilustración, se completa con otras que enumeramos a continuación:

  •   Afirmación del individuo como responsable de su aprendizaje, el cual emana de la experiencia, y cuyo ingenio se consolida con el esfuerzo y la constancia.
  • El derecho del hombre a ser feliz en un mundo casi perfecto y paradisíaco donde el bien gobierne.
  • Creencia en la bondad natural del hombre (el buen salvaje), incrementada con la educación y los preceptos religiosos.
  • Relativismo en los juicios sobre otras  culturas y sus costumbres (canibalismo de los salvajes)
  • Creencia y defensa de la igualdad de  los hombres.


En suma, un compendio de valores ilustrados que anuncian los cambios económicos, sociales y morales sobre los que se asentará el mundo moderno. Una visión optimista de la humanidad, basada en la confianza en la razón y en la ciencia;Una ética hedonista, que consolida el derecho al placer natural, y una moral fundamentada en la bondad del ser humano.

Y más cosas...

Hay todo un universo de ideas en Robinson Crusoe. Imposible detenernos en todas, aunque nos llamó la atención lo siguiente: el viaje se considera peligroso pero necesario para que Robinson reflexione y alcance una madurez que no tenía, que se transforme en otro ser distinto del que llegó a la isla. La isla, por cierto, es al mismo tiempo prisión y hogar, que el hombre hace a su medida, y al que volverá siempre, como hace nuestro protagonista. Una idea que ha alimentado la imaginación y ha estimulado la creatividad de los escritores y pensadores que siguieron a Daniel Defoe. 

Un relato ingenuo, con más ideas que aventuras. No es un libro de viajes, sino un libro en el que el viaje es un símbolo, raíz del mito. La crítica coincide en considerar esta novela, como dice Manuel  Vázquez Montalbán:

"...una metáfora y una parábola moral e ideológica sobre el individuo abandonado en la naturaleza, sin otro aval, ni otra sanción real que su vínculo con la Providencia. En la parábola se refleja el mundo de la burguesía a través de uno de los más tenaces propagandistas de su consciencia ascendente: Daniel Defoe. [...]  Defoe creía haber escrito una alegoría puritana [...] pero es ya un utilitarista.
Robinson y el capitalismo salvaje, Dicciembre, 1997.


Lo que queda por decir lo dejamos al arbitrio del lector, como comentar el humor de algunas descripciones, el valor del dinero, el pragmatismo del personaje, o la valoración de esa Segunda Parte de Robinson Crusoe, que una de las tertulianas conoce y cuya opinión sería interesante conocer. GB.