lunes, 20 de marzo de 2017

VLADIMIR NABOKOV (Y SU LOLITA)

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Por Antonio Rey González


Las cosas que aborrezco son sencillas:
la estupidez, la opresión, la guerra, el crimen, la crueldad.
Mis placeres son escribir y cazar mariposas.

Vladimir Nabokov


En la introducción de un ya clásico ensayo sobre la famosa novela de Nabokov, su autora, la escritora rusa Nina Berberova, considera que existen tres tipos de libros: los hay que caben por entero entre sus dos tapas; allí se quedan y de allí no salen. Hay otros que no caben entre sus tapas, que parecen desbordarlas; pasan años a nuestro lado, nos transforman, transforman nuestra conciencia, Y, finalmente, hay una tercera clase de libros, que son aquellos que marcan la conciencia e incluso el modo de vida de una generación literaria, y dejan su marca en todo un siglo. Su cuerporeposa en un estante, pero su “alma” ocupa el aire que nos rodea. A esos libros -dice Berberova- los respiramos, viven en nuestro interior; nadie los ignora y a pesar de haber sido escritos hace cien o mil años, siempre están junto a nosotros; maduramos con ellos, nos nutrimos de ellos, nos fundimos con ellos y en definitiva los amamos por siempre.

Uno de esos grandes libros, que ya tiene su lugar en el sistema periódico de los elementos literarios es, sin lugar a dudas, el libro que analizamos en esta ocasión: Lolita de V. Nabokov, aparecido en Paris en 1955, en inglés, lengua de su composición. La novela se publicó en los Estados Unidos en 1958. Su éxito fue estrepitoso, excepcional y perdurable, y desde entonces se han hecho traducciones a casi todos los idiomas del mundo, entre ellos el ruso por el propio Nabokov (Phaedra,  Nueva York, 1967).

Vladimir Vladimirovich Nabokov, novelista, poeta, erudito, traductor y coleccionista de lepidópteros, nació en San Petersburgo el 23 de abril de 1899 en una familia rica y aristocrática. Su padre fue un destacado y respetado político liberal, y su madre, Elena Ivanovna, una rusa noble e igualmente rica, con una gran herencia artística a sus espaldas.
Fue el mayor de cinco hijos y pasó su infancia en la finca familiar de Vyra a unos 50 kilómetros de San Petersburgo. Aprendió primero inglés y luego francés con varias institutrices y más tarde perfeccionó el ruso. La familia en su vida diaria hablaba habitualmente en su hogar una mezcla de francés, inglés y ruso y no cabe duda que esta diversidad lingüistica jugaría un papel muy importante en el desarrollo de Nabokov como artista. El mismo se describió a si mismo como un niño trilingüe, perfectamente normal en una familia con una gran biblioteca”.



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Llevó una vida activa; jugó a tenis y futbol, y pasó horas y horas practicando su afición preferida: recoger mariposas; afición que pronto se convirtió en pasión y que influiría enormemente en su vida y en su arte. A la vez una serie de tutores de fueron proporcionando una educación muy variada, incluyendo el dibujo y la pintura.
En 1910 entró en la escuela Tenishev en San Petersburgo, la más cara y avanzada de Rusia y unos años después, en 1916, su tío le donó la cantidad equivalente a unos dos millones de dólares lo que le permitió, entre otras cosas, hacer una edición privada de 500 ejemplares de sus primeros poemas.

En noviembre de 1917 la familia Nabokov salió de San Petersburgo para la finca de unos amigos en Yalta (Crimea), tras los sucesos que condujeron a la abdicación del zar Nicolas II y la instauración del nuevo gobierno revolucionario (Revolución de febrero) localizado al comienzo en Petrogrado (San Petersburgo) y dos años después con el avance del ejército rojo y el triunfo definitivo de la llamada Revolución de Octubre, los Nabokov viajaron a Constantinopla y luego a Inglaterra. Vladimir y su hermano se asentaron en Cambridge, estableciéndose el resto de la familia en Berlín, donde su padre fue asesinado, años más tarde, por dos mercenarios de derecha que, en realidad, intentaban matar al político Miliukov. Su madre se reasentó en Praga, donde permaneció hasta su muerte en 1939.

Vladimir estudió ictiología y más tarde literatura francesa y rusa, superando su graduación en 1922. En ese tiempo escribió poesía, ya en inglés, y completó una traducción al ruso de Alicia en el País de la Maravillas. Ese mismo año de la finalización de sus estudios se trasladó a Berlín donde había una gran población rusa exilada. Se ganó la vida, a duras penas, publicando cuentos y poesía (con el seudónimo de Vl Sirin, para no ser confundido con su padre) y complementando sus ingresos con traducciones, apareciendo como extra en películas, actuando de secundario en obras teatrales y componiendo los primeros crucigramas en ruso. También participó en grupos literarios lo que le permitió realizar lecturas de sus primeras obras.


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En 1925 se casó con su novia, también emigrada rusa, Vera Slonim y publicó -en ruso- su novela Mashenka (María), que fue bien recibida por la crítica, aunque le generó pocos ingresos.



El año 1934 nació su hijo Dimitri y en 1937 abandonaron Berlín y se instalaron en París, debido a su repugnancia por el régimen nazi y los problemas derivados de la herencia hebrea de su mujer. Allí siguió escribiendo en ruso, aunque compuso algunas obras en francés y su primera novela en inglés: La verdadera vida de Sebastian Knight, decidiendo entonces que su futuro literario estaría en ese idioma. Pero puesto que Inglaterra no estaba preparada para ofrecerle el puesto académico que deseaba, los Nabokov deciden emigrar a los Estados Unidos de Norteamérica, trabajando inicialmente en el Museo de Historia Natural de Nueva York clasificando mariposas.

Durante el verano de 1941 enseñó escritura creativa en la Universidad de Stanford, y posteriormente obtuvo una plaza como profesor residente en literatura comparada e instructor en ruso en el Wellesley College, prestigiosa universidad privada femenina. Posteriormente trabajaría en Harvard, primero como entomólogo y después, entre los años 1949 a 1959, como profesor de literatura rusa y europea. También durante la década de 1940 colaboró en el New Yorker, impartió conferencias y publicó un trabajo académico sobre Gogol.


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En el año 1945 les fue concedida la ciudadanía estadounidense y seis años más tarde compiló una especie de memorias tituladas inicialmente, Evidencia conclusiva y definitivamente, Habla, memoria.

Como hemos dicho, a principios de los años 50 compuso la novela que lo hizo famoso. Consiguió un extraordinario éxito popular; tanto que permaneció durante seis meses como el bestseller número uno en los EEUU.

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El dinero generado por la novela y los derechos cinematográficos le permitieron a Nabokov retirarse a Cornell en 1959 para dedicarse a escribir a tiempo completo. En 1961 él y Vera se trasladaron a Montreux (Suiza) temporalmente, para estar más cerca de su hijo Dimitri que estudiaba canto en Milan. Se acomodaron de momento en el hotel Montreux-Palacio, pero allí pasarían el resto de sus vidas. Nabokov continuó escribiendo y publicando nuevas novelas, como Pálido fuego, Gloria o Ada y el ardor.


Nabokov enfermó súbitamente de una extraña dolencia pulmonar que le obligó a ingresar en cuidados intensivos; una congestión bronquial que empeorando día a día y, a pesar de la consulta a especialistas expertos, le condujo a la muerte el 2 de julio de 1977, a los 76 años. Su tumba es una sencilla y ancha losa de mármol, sin ningún ornato, de color azul marino, con la escueta inscripción: VLADIMIR NABOKOV. ÉCRIVAIN (1899-1977).

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Su legado literario es impresionante y su prosa continúa deslumbrando tanto a eruditos como a lectores ocasionales.









Libros de Vladimir Nabokov

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(Primera cifra: año de la edición original. Segunda cifra: edición en castellano).
Todos los enlaces remiten a la ficha completa y reseña si la hubiere en: Lecturalia (www.Lecturalia.com).


El hechicero (1985) (1987)
Curso sobre el Quijote (1983) (2010)
El original de Laura (1977) (2010)
¡Mira los arlequines! (1974) (2008)
Opiniones contundentes (1973) (1999)
Vals y su invención (1970) (1971)
Habla, memoria (1967) (1994) 
lido fuego (1962) (1992)
Pnin (1957) (1994)
Lolita (1955) (2007)
La dádiva (1938) (1988)
Desesperación (1937) (1999) 
Risa en la oscuridad (1932) (2000)
El ojo (1930) (1999)
La defensa (1930) (1999)
Rey, dama, valet (1928) (2001)
Mashenka (1926) (1994)
Poemas desde el exilio (1923) (2001)


Bibliografía
-Berberova, Nina (2010). Nabokov y su Lolita. Madrid. Páginas de espuma
-Boyd, Brian (1992-2006). Vladimir Nabokov. Los años rusos; Los años americanos (Biblioteca de la memoria). 596+968 pp. Barcelona Anagrama

-The International Vladimir Nabokov Society. A bibliography of criticism.


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LOLITA, de Vladimir Nabocov

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Por José Luis Vicent Marin.

Seguramente es difícil hablar de este libro aislándolo de las cuestiones éticas o morales que lo rodean, vaya pues por delante, que dos de los aspectos ajenos al contenido, que más me han cautivado han sido, por un lado la belleza y riqueza del lenguaje y por otro la forma de hacernos llegar ese texto anclándote a él, apresándote a él tanto como el personaje principal está preso de sus deseos. Adoptar el relato en primera persona no es un capricho sino prácticamente un imperativo, dado que el narrador se convierte en el trasmisor de sus propias memorias de un modo casi confesional concentradas especialmente en unos determinados años de la vida de Humbert Humbert. De hecho, Humbert Humbert —llamémosle H.— en el manuscrito elaborado en la cárcel donde fallece justo antes de iniciar su proceso —que según el doctor en filosofía Jhon Ray, encargado de su publicación a través del abogado de H., tenemos la suerte de leer—, se dirige infinidad de veces tanto al supuesto jurado que debe juzgarle —sin en principio revelar la causa—, como al lector, no apelando a ningún perdón sino a la comprensión y a la inteligencia interpretativa de sus actos, sustentados a menudo por comparaciones de comportamiento con civilizaciones de otros tiempos y lugares.

Pero no voy a contagiarme de la cara cínica de H. y confieso —sin apelar a nada— que algunos pasajes de la segunda parte cuando viaja junto a Lolita por toda Norteamérica, me han resultado un tanto tediosos. Demasiados sitios de paso de los que decir algo, aunque tengan poco de que hablar y hasta demasiados vehículos reseñados, cuyas marcas y características me importan casi nada. Sin embargo no sería de extrañar que esto fuera también intencionado para certificar la apatía, el aburrimiento o la indiferencia de la muchacha frente al celo vigilante de H. que, a la hora de elaborar su manuscrito, no deja nada al azar. Véase si no, la aparentemente insustancial lista de “quién es quién en el teatro” y la importancia que se revela más tarde con el nombre de uno de ellos.

H. es un erudito, un hombre de letras sumamente culto, y consciente de que lo es, adorna su lenguaje de manera magistral, siendo capaz de trasmitir con exactitud las emociones, desdichas o abyecciones del ser humano, los colores, la luz o la oscuridad, los sonidos y los perfiles del entorno —ya sea una casa, un bosque, una playa, un desierto o una cabaña. Y cómo no, imposible sustraerse a su habilidad para describir la fisonomía humana, bien para ensalzarla como en el caso de Lolita, bien para denostarla como en aquellos seres —especialmente mujeres—alejados de su particular concepción de la belleza. Además H. es capaz de llenar varias páginas hablando de deseos sexuales sin que aparezca un solo momento explícito. Lo más cerca que está de hacerlo es justamente cuando apunta el día y la hora en que Lolita y él fueron realmente amantes —en su imaginación ya lo había sido cientos de veces— y aleja esa posibilidad aduciendo que “cualquiera puede imaginarlo en su animalidad” ya que su tarea es “fijar la peligrosa magia de las nínfulas”.


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Por si fuera poco, acompaña el lenguaje con algunas claves criptográficas como el motel de nombre “el cazador encantado” y con numerosos seudónimos, desde el adoptado —relacionado con sombra— o el de Arthur McFate aduciendo a su destino, hasta el de la “calle killer” donde cree que encontrará al enemigo a liquidar y que en su activación del ego superior, se permite calificarlo como poco brillante. Al final se cuestiona si no debió llamarse incluso con el nombre de pila de algunas personalidades del mundo de la psiquiatría y el psicoanálisis, profesiones en general víctimas de su pulla cuando internado en un sanatorio encuentra en el engaño la mejor manera de superar un trastorno que descubre resumido en su ficha como homosexual en potencia o impotente total”.  

Pero H. también es consciente de lo que le pasa. En su mente pesa la prematura muerte de su madre —otra víctima del destino abatida por un rayo cuando él solo contaba tres años— a raíz de la cual crece felizmente bajo la tutela de su padre y de su tía Sybil —no se oculta algún escarceo entre ambos—en una mansión en la Riviera francesa. Un verano conoce a Anabel cuando ambos cuentan con trece años y su deseo sexual es continuamente reprimido por la presencia ajena. H. cree que aquello desencadenó su comportamiento posterior y su atracción por las muchachas de la edad de Anabel seguirá estancada en el mismo punto en que la dejó, aunque él sobrepase los cuarenta. En el ínterin, destaca una escasa relación que termina en trampa con una prostituta de 15 años llamada Monique y su matrimonio —a fin de dominar sus deseos— con la hija de un doctor polaco llamada Valeria que declara estarle engañando con un taxista ruso el día que H. le propone irse a vivir a EE.UU. por un puesto obtenido merced a la muerte de su tío. Así pues, dos engaños al hombre que mantiene en su interior una lucha tremenda por controlar sus impulsos y que según sus propias palabras “percibía dos sexos: hombre y nínfula, pero ninguno de los dos era el mío”.

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H. —ya hemos dicho— no relata su manuscrito al azar, pero el azar sí juega su papel en el relato: el día que, como inquilino, debe ocupar la planta alta de una residencia en el verano de 1947, ésta arde en llamas y se pone en manos de la señora Charlotte Haze que le enseña una casa “abominable y carente de peligro alguno”, pero al salir a la galería se encuentra con la mirada de su hija Lolita oculta tras unos anteojos apuntándole directamente y “en ese momento los 25 años pasados empiezan a desaparecer de mi memoria”. A partir de ahí, H. se convierte en un hombre calculador, manipulador, reflexivo y estratega, cuyo único objetivo es encontrarse con Lolita, vigilarla y observar las partes de su cuerpo —un pie o una rodilla tienen el valor que le conceda la mirada— y evolucionar en sus tentativas de proximidad, donde el simple roce de una mano o de su pelo le produce un deseo ciego. Pero H. también siente que la quiere y su nombre escrito en una lista de la clase le estremece hasta derramar lágrimas. H. se llena de adjetivos calificativos y descalificativos (prudente, osado, terrible, humilde) presentando las múltiples personalidades necesarias para justificar su comportamiento, hasta que el proyecto de Charlotte de enviar a su hija a estudiar a un internado lejos de allí, soliviantan su ánimo. Un imprevisto “plan perfecto” jugará a su favor cuando Charlotte —con quien a petición suya ha decidido casarse para mantenerse cerca de Lolita y quizá así convertirse en un hombre sano sin los tormentos de otros héroes de escritores rusos— muere atropellada al salir corriendo de casa tras descubrir, a través de anotaciones en una pequeña agenda, el obsceno juego de su reciente esposo. Un azaroso suceso que él bendice, muy distinto al meticuloso, irónico y hasta macabro, relato que lo acompaña.

Es entonces cuando padre e hija —amante y concubina—emprenden aquel viaje por los 48 estados hasta que las distintas normativas de éstos en cuestión de tutelajes que puedan levantar sospechas, le inducen a quedarse quieto instalándose en Beardsley donde la inscribe en una escuela para niñas cuyo enfoque principal es “comunicarse con el mundo, no con los libros” ocultando al vecindario su verdadera relación de la que ambos sacan partido ya que Lolita “me esclavizaba con dinero semanal a cambio de obligaciones esenciales” pero teme que su nínfula escape creyendo que dispone de cantidad suficiente para ello y se lo quita. H. hace amistad con Gastón Godín “un hombre poco entrometido de mente incolora” y la directora de la escuela le cita para leerle un montón de informes respecto a su hija en el que destaca su preocupación por quien le ha instruido en el proceso de reproducción de mamíferos y su tendencia a ser por un lado impúdica y por otro “desinteresada en cuestiones sexuales o reprimida por salvaguardar su ignorancia”. La desconfianza en Lolita llega a su punto álgido cuando se entera que está faltando a sus clases de piano y tras observarla lascivamente en el sillón, discute airadamente hasta provocar su huida en bicicleta. Cuando la encuentra, Lolita se da cuenta que está “igualmente presa porque sola no sabría qué hacer” y le pide salir de viaje pero donde ella decida.


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Es entonces cuando detecta que “otro Humbert —al que decide llamar Trapp por el parecido con un primo de su padre—“sigue a mi nínfula” y en la localidad de Wace asisten a una obra de Clare Quilty y Vívian Daarkbloom basada en una obra de Joice sobre el empleo de niñas envueltas en gasas de colores —otra clave en la narración de H. no sujeta al azar. Lolita da muestras de desapego, se le despista y cuando la encuentra miente repetidamente sobre dónde y con quién ha estado. En el coche la abofetea y después dispone una “reconciliación rastrera” a la que proceden sucesos un tanto intrigantes, como el pinchazo, aproximación y finalmente alejamiento del tal Trapp por una extraña maniobra de Lolita o la desconfianza por la mirada lujuriosa de un joven junto al césped de una piscina o por la sospechosa búsqueda de una pelota de tenis junto a otro hombre entre los matorrales. H. ha decidido llevar su arma cerca, vuelve a sus calificativos como “impasible”, “vacilante” o “tonto enamorado” y evoca momentos en que Lolita “estaba alegre no como ahora”. Lolita enferma y debe ser ingresada en el hospital de Elphistone donde intuye conspiraciones con la enfermera, hasta que el día que le comunican el alta —tras una semana sin ella por primera vez en dos años— descubre que ha huido con su supuesto tío Gustave Trapp: Lolita le ha traicionado. Durante dos años recorre los 342 hoteles por los que pasaron en busca de alguna pista. Entre 1949 y 1950 visita otro sanatorio en Quebec donde compone versos bilingües que aluden a la búsqueda de su nínfula. Podría decirse que H. se convierte en su propio psicoanalista: “La pérdida de Lolita no me curó la pederosis, pero yo no concebí deleitarme con una niña. Mi corazón era un órgano histérico e incomprensible. Pasa por su vida una mujer de 30 años llamada Rita “simple, amable, callada y suave” hasta que un día recibe varias cartas entre la que destaca la de Lolita comunicándole que está casada con un tal Dick, que va a tener un bebé y que necesitaría algo de dinero. Cuando averigua el domicilio se da cuenta que ese veterano de guerra es solo “un cordero con quien Lolita es feliz” y un H. resignado percibe que no ha dejado huella en Lolita que finalmente le da el nombre —a él, no al “astuto lector que lo adivinó hace tiempo”— de con quién se escapó: un cerdo borracho y drogadicto que quería filmar escenas de sexo con chiquillas y hombres y que la expulsó del grupo cuando ella se negó. Lolita le dice que Quilty le destrozó el corazón pero él le había destrozado la vida y H. se separa de ella totalmente enamorado, tapándose su cara inundada de lágrimas. H. odia al antiguo H. por haber privado a Lolita de su niñez. Aquel H. bestia que su instinto producía para dar paso al H. tierno generador del deseo, se transforma en el H. terrible cuyo único fin es una venganza que culmina en una chocante pelea física y dialéctica: “esta narración no es del oeste sino una riña blanda y muda de dos literatos, uno drogado y otro enfermo cardíaco con Gin en el cuerpo”.

H. termina su historia creyendo que a veces “mi yo evasivo se me escapa”, asegurando que Humbert era el nombre más sucio posible, que él mismo se hubiera condenado a 35 años de cárcel “por violación, descartando los demás cargos” y que no quiere que se publique su obra hasta que Lolita esté muerta.


Si el H. de hace sesenta años capaz de distinguir una nínfula en una foto de colegialas, viera hoy cómo determinadas compañías promocionan sus productos mostrando niñas pintadas y disfrazadas, discreparía sobre su propósito solicitando penas para sus presidentes, directores de marketing y publicistas. Quien sí da cuenta del mismo es Nabokov señalando que “Lolita no contiene ningún lastre moralizante. Es solo ficción que proporciona placer estético, sensaciones que se avivan como la curiosidad, la ternura, la bondad o el éxtasis”, que cuando piensa en la novela se detiene en algunas escenas a modo de puntos secretos como la lista de alumnas, las fotografías en la buhardilla de Gastón, los sonidos tintineantes de la ciudad escuchados desde el valle o las Lolitas avanzando al regajo de Humbert, jugando al tenis o enferma en el hospital y que no desea que se le confunda con una personificación de H., aunque H. como Nabokov sea un hombre ilustrado y no un vendedor de salchichas incapaz de escribir su propia historia.


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domingo, 19 de febrero de 2017

Maestros antiguos y su discurso

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MAESTROS ANTIGUOS” de Thomas Bernhard

CERO COMENTARIOS Y UNA CONCLUSIÓN.
Por José Luis Vicent Marin.


Creo que no diré nada del libro. Si el exigente Reger escucha lo que diga del libro que he leído, tirará por tierra todo lo que diga del libro que cree que he leído y me exigirá leerlo de nuevo. Pero ahora que yo sé que he leído el libro, ya sé cómo leería de nuevo el libro. Ahora que ya he terminado de leer el libro en que Aztbacher escucha, cuenta y escribe cómo Reger habla de sí mismo y de la vida desde sí mismo, ya sé cómo el propio Reger leería el libro en que Aztbacher permite a Reger que hable de sí mismo y de la vida desde sí mismo. Si yo fuera Aztabacher, escucharía cómo Reger me dice que debo leer el libro de Reger y si fuera Irrsigler, me acercaría al oído de Reger para decirle que no hay problema en que se tome su tiempo para contar a Aztbacher el propio libro de Reger. Puede que Reger o Aztbacher o incluso Irrsigler no nos hayan dicho nada y yo o cualquiera, cualquiera o yo, hayamos leído el libro como quien dice en tiempo real y puede que entonces así, en esas tres o cuatro horas, hayamos cogido un empacho intelectual o un empacho depresivo o un empacho depresivo-intelectual del que ya nunca nos repongamos. O puede que nos repongamos pero no nos demos cuenta de que nos reponemos. Pero también es posible que Reger o Aztbacher o incluso Irrsigler sí me digan algo, a mí o cualquiera, sí me adviertan que debo leerlo detenidamente, administrándolo como una medicina, seis páginas por la mañana, seis por la tarde y seis por la noche durante seis días, y el séptimo descansar y reflexionar. Reflexionar y descansar sobre todo lo leído. Incluso sobre los fragmentos leídos entre cada acto de mañana, tarde y noche, reflexionar y descansar. Descansar con el mono obrero de Irrisgler y reflexionar con el mono intelectual de Reger a fin de digerir y si es preciso evacuar lo inconveniente o justo lo conveniente para que cada dosis haya consistido justo en el cien por cien de una ingesta conveniente. Tal vez me avisen o adviertan, como advierten y avisan en el libro, que me fije, que me fije mucho, que me fije hasta encontrar la coma o el punto fuera de sitio, que me fije también en la letra cursiva hasta ver si la encuentro en la frase que no toca, incluso en la palabra que no toca o en la parte de una palabra que no toca. Que me fije en las frases que parecen repetirse para repetir el sentido sin repetir la frase, hasta encontrar la frase que repite el sentido y la propia frase. Que me fije en el recordatorio insistente de la cesión narrativa, así como una letanía, hasta encontrar si excede los límites de una letanía. También que me fije en lo que dicen, que profundice mucho en lo que dicen, aunque lo que dicen sé que se parece mucho a lo que ya conozco si de verdad me fijo en lo que ya conozco. Así hasta encontrar el defecto, así una y otra vez hasta encontrar el defecto. El defecto que a base de insistir en el defecto de insistir, no haga perfecta a esta obra y la tire por tierra por el único defecto de no haber sabido leerla.

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MAESTROS ANTIGUOS



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Maestros antiguos, de Thomas Bernhard

Cáustica, lúcida e intimista disección de la estupidez universal

Desde las primeras líneas de esta novela nos enfrentamos a un texto muy alejado del relato convencional. Heredero del afán rupturista y del espíritu rebelde de los movimientos de vanguardia, Thomas Bernhard construye un relato formalmente tan complejo como sugerente, que evidencia su interés en la búsqueda de nuevas formas de narrar. El lector se ve arrastrado por un monólogo sin pausa, que fluye como las aguas acompasadas de un río sosegado  por cuyo fondo discurren corrientes turbulentas. El discurso se va deslizando hacia su final  dispersándose en múltiples meandros, y recogiendo las aguas revueltas de otros afluentes para configurar un universo imaginario donde se integran las vidas de tres personajes cuyo punto de encuentro es el Kunsthistorische Museum de Viena.

Allí, en la sala Bordone, conoceremos a Reger, musicólogo y crítico del Thimes, que durante treinta y seis años se ha sentado en el mismo banco, para meditar ante el cuadro de Tintoretto, El hombre de la barba blanca. Allí, el vigilante Irrsigler, con su impresionante uniforme y esa mirada molesta que utilizan los vigilantes de los museos para intimidar a los visitantes de los museos, como reza el texto. Allí también se encuentra Atzbacher, el observador y cronista de la historia, cuya voz narradora recoge las de los otros dos personajes, nutriendo así su relato con indicios e informaciones provenientes de los discursos referidos de los otros. Esta conjunción de voces y miradas evoca un deslumbrante universo social e íntimo que comprende casi todos los aspectos de la sociedad austriaca de su tiempo, cuya función como referente próximo se  amplía para convertirse en metáfora universal.


El relato de Atzbacher se impregna  con la ironía y sarcasmo de la irreverente crítica que Reger, con su personal visión del mundo, aplica a todos los aspectos  de la vida. La moral, la política, la cultura y el arte son juzgados sin piedad alguna por el incisivo y cáustico prisma de Reger, que le saca  punta a todo sin que nada se le escape. La filosofía, la literatura, la música y la pintura son sometidas a su cruel y despiadado escrutinio, sacando a la luz molestas e irreverentes conclusiones, que sin duda molestarán a más de un lector, bien por sentirse reflejado, bien porque no suele ser agradable comprobar cómo se manifiesta lo que permanecía oculto por la hipocresía.

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Los componentes de la narración

Si aplicáramos a esta novela el paradigma de análisis de una narración, el esquema estructural se mostraría con notable sencillez  respecto a varios de sus componentes. El espacio escénico, por ejemplo, es la sala del museo, como ya hemos  mencionado. El tiempo de la historia es mínimo: media hora, de las 10,30 a las 11, mientras Atzbacher espera a Reger. La complejidad viene dada por el tiempo del discurso, que comprende toda una vida, desde la infancia a la vejez de Reger. De modo que desde un presente cercano -el tiempo de la observación de Atzbacher- se produce una extensa retrospección con intermitencias e interrupciones. Este proceso posibilita la evocación dispersa y aparentemente caótica de una enorme cantidad de vivencias y reflexiones, que finalmente confluyen y nos conducen hacia la desencantada visión del mundo de Reger como alter ego del autor.

Respecto a la acción, diríamos que casi no hay ninguna pues casi nada sucede. Al comienzo de la lectura, Atzbacher e Irrsigler ya están en sus puestos, uno  observando y el otro vigilando. La entrada de Reger y su posterior salida a instancias del conserje constituyen parte del enigma al que se suma el misterioso motivo de  cierta cita a las 11. Cuando se desvele lo que Reger quiere pedir a Atzbacher, el lector se llevará una sorpresa, y no pequeña. Este rasgo del relato nos sitúa ante un texto que, contando muy poco da mucho que pensar, un texto donde la reflexión se impone a la acción.

Y claro está, la otra singularidad narrativa se encuentra en las voces narradoras. Una voz externa presenta al escribiente Atzbacher, conductor del discurso. Pero dentro de ella se inserta la de Irrsigler, que se revela como gran proveedor de datos y juicios sobre Reger. Con frecuencia, el vigilante repite las palabras y  opiniones del crítico, pues las ha interiorizado y hecho suyas. De esta forma la voz de Irrsigler se hace subsidiaria de la de Reger, produciéndose una especie de simbiosis entre el maestro y su oyente. En otras ocasiones, el propio Reger -protagonista y núcleo temático de la historia- irrumpe en el discurso narrativo, configurando así un coro de voces que, lejos de nublar el relato, lo enriquecen con sus múltiples perspectivas.

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El demoledor universo  del enfurecido Reger

La parte más extensa de la novela es, sin duda, el conjunto de pensamientos, críticas y valoraciones sobre la sociedad, la cultura y el arte, ya que constituyen el eje temático alrededor del cual se organiza el relato. Sin embargo, la desolada e iracunda visión del mundo de Reger trasciende la mera rabieta político-social para trazar el perfil de un personaje, lúcido respecto a su percepción intelectual, y herido desde el punto de vista emocional.

Resulta muy evidente que la excitable personalidad de Reger proyecta una exaltada y vehemente crítica de las constantes muestras que la hipocresía universal ha dejado en la Historia, aunque la realidad  que le inspira es aquella que mejor conoce: los museos y Austria. El arte y la política  focalizan el mundo imaginario del protagonista, sobre el que se proyecta una visión subjetiva e inconformista, que no está alejada de los indignados de Stéphane Hessel. La actualidad de muchas de sus opiniones sobre las injusticias y desigualdades sociales anticipan lo que la reciente crisis destapó e hizo aparecer como algo original y juvenil. Pero sabemos que esta actitud corresponde a épocas más antiguas, bien definidas y estudiadas, como el pesimismo barroco  o el existencialismo de comienzos del siglo XX, del que se nutrió la vida y obra del autor. Así sucede con su odio hacia el Estado, cuyos actos califica Reger como “desatinos de la democracia”, con sus corruptelas cotidianas, las pensiones excesivas de sus ministros y sus deplorables políticas educativas. En este punto, el de la educación, es donde encontramos el mayor grado de causticidad y rechazo. El estado es tan castrador de la creatividad y la sabiduría como aquellos que transmiten su  mensaje: los profesores. Mejor leer  lo que dice Reger:

“Los profesores son obstaculizadores de la vida, la existencia, […] peones del Estado. El Estado católico no tiene ningún sentido artístico…[…] Los profesores, en su pedante insuficiencia, ahogan en sus alumnos toda sensibilidad hacia la pintura y sus creadores”

De esta calificación no se salvan los que Reger llama Maestros Antiguos, los grandes clásicos venerados por la Historia, pues también ellos vendieron su arte al Estado o a la Iglesia, siendo así sobornados por el poder. Austria aparece como el mayor ejemplo de esa vulgaridad política y estética, que subordina la creatividad al dinero y las ideas al conformismo más reaccionario. La cuna de los Habsburgo, Viena, donde las excelencias musicales contrastan con los sucios lavabos de bares y restaurantes, simboliza todo lo “provinciano, católico y repulsivo”. En este capítulo se incluyen  peyorativos juicios sobre los museos, sus guías y visitantes, signos de unos tiempos que  arrojan el arte al mercado y el viaje al consumo. Todo el discurso se muestra impregnado de irritada ironía:

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“Los visitantes, agobiados, agotados. No miran, corren. No ven nada. Cometen el error de querer verlo todo. Andan y andan. Miran y miran. Y de pronto se derrumban porque han devorado demasiado arte”

“El 99% de la humanidad no tiene interés sobre el arte. Si escuchamos a los guías, oímos sólo una charlatanería artística que nos ataca los nervios. […] Los guías nos dan la matraca con su charla artística y cobran por ello un motón de dinero. […] los historiadores del arte no hacen más que sepultar a los visitantes con su charlatanería”

Nada parece escapar al ácido discurso de Reger: la caricatura de los visitantes de los museos según el país del que proceden; la revisión de escritores y filósofos –con especial malevolencia hacia Heiddegger, su barriga y sus prendas de calceta- encumbrados por una crítica que nadie cuestiona, lo que es tanto como aceptar el papanatismo de la moda y la costumbre; los padres irresponsables, que no aceptan a sus hijos y los rechazan porque “no han salido como   esperaban”; la asfixia del gusto musical moderno por un exceso de oferta y la sordera provocada por el volumen y los auriculares, pues “los hombres de hoy padecen, porque no tienen otra cosa, un consumismo musical enfermizo”; la hipocresía de las clases bajas con el ejemplo del ama de llaves codiciosa y ladrona; la pragmática estupidez del visitante inglés que acude al museo a comprobar si el cuadro colgado en  sus paredes es una falsificación que devalúe la “autenticidad” del que tiene en su casa; la hipocresía del mundillo del arte y sus contubernios con los políticos:

…les colman de becas y premios y a cada instante hay un doctor en Historia del Arte por aquí, un doctor en Historia del Arte por  allá, […] Se sientan junto a un ministro, luego junto a otro; hoy está, con el Canciller federal, mañana con el Presidente del Parlamento”
Pero también hay matices que pueden escapar a la atención del lector, capturado por esa enfurecida diatriba sobre Austria. Una pequeña frase nos guía hacia la verdadera intención y sentimiento de Reger : “¡Quiero a este país, pero aborrezco al Estado!” Encerrado entre la cólera se encuentra el pesimismo del personaje y su consecuente impotencia para cambiar el sistema. Pues esta novela es también un desahogo, una forma de soportar la vida, de dejar constancia del desasosiego y la protesta. El recurso que aquí pone en práctica Thomas Bernhard es la caricatura mediante el arte, en este caso, de la escritura. Nada escapa a  su corrosiva pluma: el Papa, las pompas, las ceremonias, los premios, la Ópera y, naturalmente, Viena.


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El mensaje intelectual de Reger

En lo más profundo del discurso, escondido entre imprecaciones y condenas, se encuentra la esencia del pensamiento de Reger sobre el proceso de   aprehensión estética, se trate de literatura, pintura o música. Su rechazo de los Maestros Antiguos no es intuitivo ni fruto de la pasión, sino que enlaza con una teoría axiomática sobre la comprensión del Arte  de la que se infieren una interesante teoría y un conjunto de recomendaciones.

La primera nos previene contra la voracidad de pretender leerlo todo, mirarlo todo, comprenderlo todo. Esta negación de la totalidad va unida a la idea de que la perfección no existe:

No hay ningún cuadro perfecto, ni ningún libro perfecto, ni ninguna pieza musical acabada, perfecta. [...] Ninguna de esas obras de arte mundialmente famosas, sea de quien sea, es realmente un todo y algo perfecto. Eso me tranquiliza. […] Pues amamos la filosofía y las ciencias del espíritu en general sólo porque son absolutamente desvalidas”

 Por ello, la mejor manera de acercarnos al arte, que nos propone Reger, sería buscar los defectos de la obra, ya que esto es lo que la humaniza:

  “Una cabeza genial es una cabeza que, después de haberlos encontrado, señala esos defectos encontrados, y con todos los medios a su disposición, muestra esos defectos”

Esta ausencia de perfección es lo que acerca el arte a la vida, donde  son las partes las que contienen la verdad. De este modo, lo perfecto es cerrado, impenetrable y  odioso, frente a lo fragmentario, imperfecto e incompleto pero abierto a la participación del intérprete. 

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Esta  afirmación conecta asimismo con su propuesta para  que el destinatario del arte alcance un mayor grado de madurez, libertad e independencia. Lo hará mediante la elaboración de un criterio propio que huya de tópicos, modas o clichés  predeterminados por otros. La síntesis de esta idea es tan  sugerente  como provocadora:
La verdadera inteligencia no conoce la admiración. Toma nota, respeta, estima, eso es todo. La admiración es propia del tonto. El inculto admira porque es demasiado tonto para no admirar. La admiración de los llamados cultos es, sin embargo, una perversidad francamente perversa”

Y también enlaza con sus observaciones sobre la obsesión por el estudio y el detalle, que Reger considera como obstáculos  para la percepción intelectual y estética:

Debemos evitar estudiar en general nada detalladamente. Hasta Shakespeare se nos desmorona cuando nos ocupamos de él bastante tiempo estudiándolo”

Concluimos con la idea de que lo que rechaza Reger de los Maestros Antiguos es su reconocimiento incuestionable por unas supuestas autoridades que él no reconoce. En cambio  acepta a aquellos escritores, pintores o músicos que le han aportado sabiduría y placer en su proceso  creador. Ya lo dice él mismo:

“Me quedo con mi Pascal, Montaigne, Voltaire… Velázquez y Goya… Y otros muchos…”

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El mensaje emocional de Reger

Como en el apartado anterior, Reger desliza comentarios personales entre su discurso furioso, configurando un personaje herido por una infancia infeliz y solitaria. Hijo no amado ni mimado por unos padres ricos pero distantes e incultos y sin sensibilidad alguna para el arte, el protagonista evoca con nostalgia su infancia en el campo con sus abuelos. Recuerda el tiempo en que la naturaleza iluminaba su vida con la libertad de los paseos y la paz de la contemplación.  “En casa de mis abuelos podía ser un ser natural, en la escuela tenía que ser un ser estatal” –confiesa Reger.  El niño solitario se transforma en un adulto hosco y adusto, que intenta encontrar su lugar en el arte, la filosofía y la música. El intelectual esquivo, retraído y antisocial  crece al tiempo que su conciencia crítica sobre la hipocresía humana. Es un ser bastante dandi respecto a sus costumbres, como lo demuestran sus comentarios sobre las ropas y formas de vestir de las masas y sobre la familia y ocio dominguero de la familia de Irrsigler, que desprecia. Su actitud diletante y esnob está más cerca del creador intelectual y viajero del siglo XIX, que del  artista actual.
Sin embargo, tras la máscara del disidente y distante hombre exaltado y provocador, encontramos a un anciano de 82 años que se siente sólo. Reger busca y soporta la compañía del vigilante Irrsigler, a pesar de su distancia cultural y social, porque necesita quien le escuche. Lo mismo le sucede con su confidente Atzbacher, humorísticamente clasificado como “escritor filosofante” por el propio Reger. Como él mismo dice:

Lo que pensamos…si no lo contamos nos asfixia y nos mata. Debemos cultivar el arte de la palabra del mismo modo que el arte del silencio


A medida que avanzamos en la lectura, descubrimos el dolor de Reger por la muerte de su mujer y la desolación que le envuelve. Dejemos que sean sus palabras las que nos trasladen este compendio de emociones que humanizan y sitúan a este personaje en su esencial significado:

En el instante en que murió mi mujer morí yo también. Cuando queremos a un ser tan entrañablemente como yo a mi mujer, no podemos imaginarnos su muerte. […]Todo el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido”

La relación entre arte y vida se evidencia en  estás lúcidas reflexiones de Reger sobre la naturaleza humana:

“Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios, Maestros Antiguos, y recurrimos a ellos en el momento decisivo de nuestras vidas…pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, esa es la verdad…Y vemos que estamos solos y realmente sin recursos. […] Mi mujer me había dejado solo y todos esos libros eran ridículos”

El dolor y el conocimiento se superponen en la aceptación de las contradicciones del ser humano y del propio destino:

Amamos hablar y quedar en silencio […] queremos morir y no queremos […] aborrecemos a los hombres y, sin embargo, queremos estar con ellos”
“A mis 82 años no tengo lo más mínimo que esconder ni que callar”
“Cuando murió mi mujer me sentí por primea vez libre. No tengo ya que defenderme de nada ni nadie. No tengo que luchar. Sólo tengo que dejar que las cosas me lleguen”

Sin comentarios.  Tome nota el lector, estime y respete, si así si lo desea.

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Un final con sorpresa y más humor

Esta es una novela de un solo personaje, donde Irrsigler y Atzbacher son complementarios. El primero, como  motivador de los juicios de Reger sobre el mundillo del arte, los museos y también sobre las clases bajas. El segundo, como conductor del  relato y  administrador de las voces y sus discursos. El resultado es una narración personal y colectiva al tiempo, ya que la provocadora perorata de Reger combina la singularidad del protagonista con  grupos de personajes y una sabrosa colección de ideas y temas. Cuando la biografía interior del  protagonista parece haber llegado a su fin porque no hay nada más que contar, el narrador concluye su relato con una artimaña narrativa que conviene comentar. Si ahora recordamos el misterioso motivo de la cita entre Reger y Atzbacher, intercalado reiteradamente a lo largo el discurso, nos sorprenderemos de la trivialidad e irrelevancia del mismo. Resulta ser una simple invitación a ver una obra de teatro, El cántaro roto, en el Burgtheter. Tal insignificante y ordinaria cuestión en medio de tan trascendente  y profunda disertación no deja de sorprender al lector, que probablemente esperaba algo de más  enjundia. Es, pues, señores lectores, la última broma del narrador, y por extensión, del autor, que quizá nos  transmita lo siguiente:

Todo lo escrito es ficción, resultado de la manipulación engañosa del autor, dueño y señor de la historia. Por lo tanto, la cierra cuándo y cómo quiere.

Y encima –escribe el cronista Atzbacher- “La representación fue espantosa”.

¡JA! La ironía, que no falte… y nos sostenga. GB

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