domingo, 19 de febrero de 2017

Maestros antiguos y su discurso

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MAESTROS ANTIGUOS” de Thomas Bernhard

CERO COMENTARIOS Y UNA CONCLUSIÓN.
Por José Luis Vicent Marin.


Creo que no diré nada del libro. Si el exigente Reger escucha lo que diga del libro que he leído, tirará por tierra todo lo que diga del libro que cree que he leído y me exigirá leerlo de nuevo. Pero ahora que yo sé que he leído el libro, ya sé cómo leería de nuevo el libro. Ahora que ya he terminado de leer el libro en que Aztbacher escucha, cuenta y escribe cómo Reger habla de sí mismo y de la vida desde sí mismo, ya sé cómo el propio Reger leería el libro en que Aztbacher permite a Reger que hable de sí mismo y de la vida desde sí mismo. Si yo fuera Aztabacher, escucharía cómo Reger me dice que debo leer el libro de Reger y si fuera Irrsigler, me acercaría al oído de Reger para decirle que no hay problema en que se tome su tiempo para contar a Aztbacher el propio libro de Reger. Puede que Reger o Aztbacher o incluso Irrsigler no nos hayan dicho nada y yo o cualquiera, cualquiera o yo, hayamos leído el libro como quien dice en tiempo real y puede que entonces así, en esas tres o cuatro horas, hayamos cogido un empacho intelectual o un empacho depresivo o un empacho depresivo-intelectual del que ya nunca nos repongamos. O puede que nos repongamos pero no nos demos cuenta de que nos reponemos. Pero también es posible que Reger o Aztbacher o incluso Irrsigler sí me digan algo, a mí o cualquiera, sí me adviertan que debo leerlo detenidamente, administrándolo como una medicina, seis páginas por la mañana, seis por la tarde y seis por la noche durante seis días, y el séptimo descansar y reflexionar. Reflexionar y descansar sobre todo lo leído. Incluso sobre los fragmentos leídos entre cada acto de mañana, tarde y noche, reflexionar y descansar. Descansar con el mono obrero de Irrisgler y reflexionar con el mono intelectual de Reger a fin de digerir y si es preciso evacuar lo inconveniente o justo lo conveniente para que cada dosis haya consistido justo en el cien por cien de una ingesta conveniente. Tal vez me avisen o adviertan, como advierten y avisan en el libro, que me fije, que me fije mucho, que me fije hasta encontrar la coma o el punto fuera de sitio, que me fije también en la letra cursiva hasta ver si la encuentro en la frase que no toca, incluso en la palabra que no toca o en la parte de una palabra que no toca. Que me fije en las frases que parecen repetirse para repetir el sentido sin repetir la frase, hasta encontrar la frase que repite el sentido y la propia frase. Que me fije en el recordatorio insistente de la cesión narrativa, así como una letanía, hasta encontrar si excede los límites de una letanía. También que me fije en lo que dicen, que profundice mucho en lo que dicen, aunque lo que dicen sé que se parece mucho a lo que ya conozco si de verdad me fijo en lo que ya conozco. Así hasta encontrar el defecto, así una y otra vez hasta encontrar el defecto. El defecto que a base de insistir en el defecto de insistir, no haga perfecta a esta obra y la tire por tierra por el único defecto de no haber sabido leerla.

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MAESTROS ANTIGUOS



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Maestros antiguos, de Thomas Bernhard

Cáustica, lúcida e intimista disección de la estupidez universal

Desde las primeras líneas de esta novela nos enfrentamos a un texto muy alejado del relato convencional. Heredero del afán rupturista y del espíritu rebelde de los movimientos de vanguardia, Thomas Bernhard construye un relato formalmente tan complejo como sugerente, que evidencia su interés en la búsqueda de nuevas formas de narrar. El lector se ve arrastrado por un monólogo sin pausa, que fluye como las aguas acompasadas de un río sosegado  por cuyo fondo discurren corrientes turbulentas. El discurso se va deslizando hacia su final  dispersándose en múltiples meandros, y recogiendo las aguas revueltas de otros afluentes para configurar un universo imaginario donde se integran las vidas de tres personajes cuyo punto de encuentro es el Kunsthistorische Museum de Viena.

Allí, en la sala Bordone, conoceremos a Reger, musicólogo y crítico del Thimes, que durante treinta y seis años se ha sentado en el mismo banco, para meditar ante el cuadro de Tintoretto, El hombre de la barba blanca. Allí, el vigilante Irrsigler, con su impresionante uniforme y esa mirada molesta que utilizan los vigilantes de los museos para intimidar a los visitantes de los museos, como reza el texto. Allí también se encuentra Atzbacher, el observador y cronista de la historia, cuya voz narradora recoge las de los otros dos personajes, nutriendo así su relato con indicios e informaciones provenientes de los discursos referidos de los otros. Esta conjunción de voces y miradas evoca un deslumbrante universo social e íntimo que comprende casi todos los aspectos de la sociedad austriaca de su tiempo, cuya función como referente próximo se  amplía para convertirse en metáfora universal.


El relato de Atzbacher se impregna  con la ironía y sarcasmo de la irreverente crítica que Reger, con su personal visión del mundo, aplica a todos los aspectos  de la vida. La moral, la política, la cultura y el arte son juzgados sin piedad alguna por el incisivo y cáustico prisma de Reger, que le saca  punta a todo sin que nada se le escape. La filosofía, la literatura, la música y la pintura son sometidas a su cruel y despiadado escrutinio, sacando a la luz molestas e irreverentes conclusiones, que sin duda molestarán a más de un lector, bien por sentirse reflejado, bien porque no suele ser agradable comprobar cómo se manifiesta lo que permanecía oculto por la hipocresía.

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Los componentes de la narración

Si aplicáramos a esta novela el paradigma de análisis de una narración, el esquema estructural se mostraría con notable sencillez  respecto a varios de sus componentes. El espacio escénico, por ejemplo, es la sala del museo, como ya hemos  mencionado. El tiempo de la historia es mínimo: media hora, de las 10,30 a las 11, mientras Atzbacher espera a Reger. La complejidad viene dada por el tiempo del discurso, que comprende toda una vida, desde la infancia a la vejez de Reger. De modo que desde un presente cercano -el tiempo de la observación de Atzbacher- se produce una extensa retrospección con intermitencias e interrupciones. Este proceso posibilita la evocación dispersa y aparentemente caótica de una enorme cantidad de vivencias y reflexiones, que finalmente confluyen y nos conducen hacia la desencantada visión del mundo de Reger como alter ego del autor.

Respecto a la acción, diríamos que casi no hay ninguna pues casi nada sucede. Al comienzo de la lectura, Atzbacher e Irrsigler ya están en sus puestos, uno  observando y el otro vigilando. La entrada de Reger y su posterior salida a instancias del conserje constituyen parte del enigma al que se suma el misterioso motivo de  cierta cita a las 11. Cuando se desvele lo que Reger quiere pedir a Atzbacher, el lector se llevará una sorpresa, y no pequeña. Este rasgo del relato nos sitúa ante un texto que, contando muy poco da mucho que pensar, un texto donde la reflexión se impone a la acción.

Y claro está, la otra singularidad narrativa se encuentra en las voces narradoras. Una voz externa presenta al escribiente Atzbacher, conductor del discurso. Pero dentro de ella se inserta la de Irrsigler, que se revela como gran proveedor de datos y juicios sobre Reger. Con frecuencia, el vigilante repite las palabras y  opiniones del crítico, pues las ha interiorizado y hecho suyas. De esta forma la voz de Irrsigler se hace subsidiaria de la de Reger, produciéndose una especie de simbiosis entre el maestro y su oyente. En otras ocasiones, el propio Reger -protagonista y núcleo temático de la historia- irrumpe en el discurso narrativo, configurando así un coro de voces que, lejos de nublar el relato, lo enriquecen con sus múltiples perspectivas.

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El demoledor universo  del enfurecido Reger

La parte más extensa de la novela es, sin duda, el conjunto de pensamientos, críticas y valoraciones sobre la sociedad, la cultura y el arte, ya que constituyen el eje temático alrededor del cual se organiza el relato. Sin embargo, la desolada e iracunda visión del mundo de Reger trasciende la mera rabieta político-social para trazar el perfil de un personaje, lúcido respecto a su percepción intelectual, y herido desde el punto de vista emocional.

Resulta muy evidente que la excitable personalidad de Reger proyecta una exaltada y vehemente crítica de las constantes muestras que la hipocresía universal ha dejado en la Historia, aunque la realidad  que le inspira es aquella que mejor conoce: los museos y Austria. El arte y la política  focalizan el mundo imaginario del protagonista, sobre el que se proyecta una visión subjetiva e inconformista, que no está alejada de los indignados de Stéphane Hessel. La actualidad de muchas de sus opiniones sobre las injusticias y desigualdades sociales anticipan lo que la reciente crisis destapó e hizo aparecer como algo original y juvenil. Pero sabemos que esta actitud corresponde a épocas más antiguas, bien definidas y estudiadas, como el pesimismo barroco  o el existencialismo de comienzos del siglo XX, del que se nutrió la vida y obra del autor. Así sucede con su odio hacia el Estado, cuyos actos califica Reger como “desatinos de la democracia”, con sus corruptelas cotidianas, las pensiones excesivas de sus ministros y sus deplorables políticas educativas. En este punto, el de la educación, es donde encontramos el mayor grado de causticidad y rechazo. El estado es tan castrador de la creatividad y la sabiduría como aquellos que transmiten su  mensaje: los profesores. Mejor leer  lo que dice Reger:

“Los profesores son obstaculizadores de la vida, la existencia, […] peones del Estado. El Estado católico no tiene ningún sentido artístico…[…] Los profesores, en su pedante insuficiencia, ahogan en sus alumnos toda sensibilidad hacia la pintura y sus creadores”

De esta calificación no se salvan los que Reger llama Maestros Antiguos, los grandes clásicos venerados por la Historia, pues también ellos vendieron su arte al Estado o a la Iglesia, siendo así sobornados por el poder. Austria aparece como el mayor ejemplo de esa vulgaridad política y estética, que subordina la creatividad al dinero y las ideas al conformismo más reaccionario. La cuna de los Habsburgo, Viena, donde las excelencias musicales contrastan con los sucios lavabos de bares y restaurantes, simboliza todo lo “provinciano, católico y repulsivo”. En este capítulo se incluyen  peyorativos juicios sobre los museos, sus guías y visitantes, signos de unos tiempos que  arrojan el arte al mercado y el viaje al consumo. Todo el discurso se muestra impregnado de irritada ironía:

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“Los visitantes, agobiados, agotados. No miran, corren. No ven nada. Cometen el error de querer verlo todo. Andan y andan. Miran y miran. Y de pronto se derrumban porque han devorado demasiado arte”

“El 99% de la humanidad no tiene interés sobre el arte. Si escuchamos a los guías, oímos sólo una charlatanería artística que nos ataca los nervios. […] Los guías nos dan la matraca con su charla artística y cobran por ello un motón de dinero. […] los historiadores del arte no hacen más que sepultar a los visitantes con su charlatanería”

Nada parece escapar al ácido discurso de Reger: la caricatura de los visitantes de los museos según el país del que proceden; la revisión de escritores y filósofos –con especial malevolencia hacia Heiddegger, su barriga y sus prendas de calceta- encumbrados por una crítica que nadie cuestiona, lo que es tanto como aceptar el papanatismo de la moda y la costumbre; los padres irresponsables, que no aceptan a sus hijos y los rechazan porque “no han salido como   esperaban”; la asfixia del gusto musical moderno por un exceso de oferta y la sordera provocada por el volumen y los auriculares, pues “los hombres de hoy padecen, porque no tienen otra cosa, un consumismo musical enfermizo”; la hipocresía de las clases bajas con el ejemplo del ama de llaves codiciosa y ladrona; la pragmática estupidez del visitante inglés que acude al museo a comprobar si el cuadro colgado en  sus paredes es una falsificación que devalúe la “autenticidad” del que tiene en su casa; la hipocresía del mundillo del arte y sus contubernios con los políticos:

…les colman de becas y premios y a cada instante hay un doctor en Historia del Arte por aquí, un doctor en Historia del Arte por  allá, […] Se sientan junto a un ministro, luego junto a otro; hoy está, con el Canciller federal, mañana con el Presidente del Parlamento”
Pero también hay matices que pueden escapar a la atención del lector, capturado por esa enfurecida diatriba sobre Austria. Una pequeña frase nos guía hacia la verdadera intención y sentimiento de Reger : “¡Quiero a este país, pero aborrezco al Estado!” Encerrado entre la cólera se encuentra el pesimismo del personaje y su consecuente impotencia para cambiar el sistema. Pues esta novela es también un desahogo, una forma de soportar la vida, de dejar constancia del desasosiego y la protesta. El recurso que aquí pone en práctica Thomas Bernhard es la caricatura mediante el arte, en este caso, de la escritura. Nada escapa a  su corrosiva pluma: el Papa, las pompas, las ceremonias, los premios, la Ópera y, naturalmente, Viena.


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El mensaje intelectual de Reger

En lo más profundo del discurso, escondido entre imprecaciones y condenas, se encuentra la esencia del pensamiento de Reger sobre el proceso de   aprehensión estética, se trate de literatura, pintura o música. Su rechazo de los Maestros Antiguos no es intuitivo ni fruto de la pasión, sino que enlaza con una teoría axiomática sobre la comprensión del Arte  de la que se infieren una interesante teoría y un conjunto de recomendaciones.

La primera nos previene contra la voracidad de pretender leerlo todo, mirarlo todo, comprenderlo todo. Esta negación de la totalidad va unida a la idea de que la perfección no existe:

No hay ningún cuadro perfecto, ni ningún libro perfecto, ni ninguna pieza musical acabada, perfecta. [...] Ninguna de esas obras de arte mundialmente famosas, sea de quien sea, es realmente un todo y algo perfecto. Eso me tranquiliza. […] Pues amamos la filosofía y las ciencias del espíritu en general sólo porque son absolutamente desvalidas”

 Por ello, la mejor manera de acercarnos al arte, que nos propone Reger, sería buscar los defectos de la obra, ya que esto es lo que la humaniza:

  “Una cabeza genial es una cabeza que, después de haberlos encontrado, señala esos defectos encontrados, y con todos los medios a su disposición, muestra esos defectos”

Esta ausencia de perfección es lo que acerca el arte a la vida, donde  son las partes las que contienen la verdad. De este modo, lo perfecto es cerrado, impenetrable y  odioso, frente a lo fragmentario, imperfecto e incompleto pero abierto a la participación del intérprete. 

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Esta  afirmación conecta asimismo con su propuesta para  que el destinatario del arte alcance un mayor grado de madurez, libertad e independencia. Lo hará mediante la elaboración de un criterio propio que huya de tópicos, modas o clichés  predeterminados por otros. La síntesis de esta idea es tan  sugerente  como provocadora:
La verdadera inteligencia no conoce la admiración. Toma nota, respeta, estima, eso es todo. La admiración es propia del tonto. El inculto admira porque es demasiado tonto para no admirar. La admiración de los llamados cultos es, sin embargo, una perversidad francamente perversa”

Y también enlaza con sus observaciones sobre la obsesión por el estudio y el detalle, que Reger considera como obstáculos  para la percepción intelectual y estética:

Debemos evitar estudiar en general nada detalladamente. Hasta Shakespeare se nos desmorona cuando nos ocupamos de él bastante tiempo estudiándolo”

Concluimos con la idea de que lo que rechaza Reger de los Maestros Antiguos es su reconocimiento incuestionable por unas supuestas autoridades que él no reconoce. En cambio  acepta a aquellos escritores, pintores o músicos que le han aportado sabiduría y placer en su proceso  creador. Ya lo dice él mismo:

“Me quedo con mi Pascal, Montaigne, Voltaire… Velázquez y Goya… Y otros muchos…”

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El mensaje emocional de Reger

Como en el apartado anterior, Reger desliza comentarios personales entre su discurso furioso, configurando un personaje herido por una infancia infeliz y solitaria. Hijo no amado ni mimado por unos padres ricos pero distantes e incultos y sin sensibilidad alguna para el arte, el protagonista evoca con nostalgia su infancia en el campo con sus abuelos. Recuerda el tiempo en que la naturaleza iluminaba su vida con la libertad de los paseos y la paz de la contemplación.  “En casa de mis abuelos podía ser un ser natural, en la escuela tenía que ser un ser estatal” –confiesa Reger.  El niño solitario se transforma en un adulto hosco y adusto, que intenta encontrar su lugar en el arte, la filosofía y la música. El intelectual esquivo, retraído y antisocial  crece al tiempo que su conciencia crítica sobre la hipocresía humana. Es un ser bastante dandi respecto a sus costumbres, como lo demuestran sus comentarios sobre las ropas y formas de vestir de las masas y sobre la familia y ocio dominguero de la familia de Irrsigler, que desprecia. Su actitud diletante y esnob está más cerca del creador intelectual y viajero del siglo XIX, que del  artista actual.
Sin embargo, tras la máscara del disidente y distante hombre exaltado y provocador, encontramos a un anciano de 82 años que se siente sólo. Reger busca y soporta la compañía del vigilante Irrsigler, a pesar de su distancia cultural y social, porque necesita quien le escuche. Lo mismo le sucede con su confidente Atzbacher, humorísticamente clasificado como “escritor filosofante” por el propio Reger. Como él mismo dice:

Lo que pensamos…si no lo contamos nos asfixia y nos mata. Debemos cultivar el arte de la palabra del mismo modo que el arte del silencio


A medida que avanzamos en la lectura, descubrimos el dolor de Reger por la muerte de su mujer y la desolación que le envuelve. Dejemos que sean sus palabras las que nos trasladen este compendio de emociones que humanizan y sitúan a este personaje en su esencial significado:

En el instante en que murió mi mujer morí yo también. Cuando queremos a un ser tan entrañablemente como yo a mi mujer, no podemos imaginarnos su muerte. […]Todo el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido”

La relación entre arte y vida se evidencia en  estás lúcidas reflexiones de Reger sobre la naturaleza humana:

“Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios, Maestros Antiguos, y recurrimos a ellos en el momento decisivo de nuestras vidas…pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, esa es la verdad…Y vemos que estamos solos y realmente sin recursos. […] Mi mujer me había dejado solo y todos esos libros eran ridículos”

El dolor y el conocimiento se superponen en la aceptación de las contradicciones del ser humano y del propio destino:

Amamos hablar y quedar en silencio […] queremos morir y no queremos […] aborrecemos a los hombres y, sin embargo, queremos estar con ellos”
“A mis 82 años no tengo lo más mínimo que esconder ni que callar”
“Cuando murió mi mujer me sentí por primea vez libre. No tengo ya que defenderme de nada ni nadie. No tengo que luchar. Sólo tengo que dejar que las cosas me lleguen”

Sin comentarios.  Tome nota el lector, estime y respete, si así si lo desea.

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Un final con sorpresa y más humor

Esta es una novela de un solo personaje, donde Irrsigler y Atzbacher son complementarios. El primero, como  motivador de los juicios de Reger sobre el mundillo del arte, los museos y también sobre las clases bajas. El segundo, como conductor del  relato y  administrador de las voces y sus discursos. El resultado es una narración personal y colectiva al tiempo, ya que la provocadora perorata de Reger combina la singularidad del protagonista con  grupos de personajes y una sabrosa colección de ideas y temas. Cuando la biografía interior del  protagonista parece haber llegado a su fin porque no hay nada más que contar, el narrador concluye su relato con una artimaña narrativa que conviene comentar. Si ahora recordamos el misterioso motivo de la cita entre Reger y Atzbacher, intercalado reiteradamente a lo largo el discurso, nos sorprenderemos de la trivialidad e irrelevancia del mismo. Resulta ser una simple invitación a ver una obra de teatro, El cántaro roto, en el Burgtheter. Tal insignificante y ordinaria cuestión en medio de tan trascendente  y profunda disertación no deja de sorprender al lector, que probablemente esperaba algo de más  enjundia. Es, pues, señores lectores, la última broma del narrador, y por extensión, del autor, que quizá nos  transmita lo siguiente:

Todo lo escrito es ficción, resultado de la manipulación engañosa del autor, dueño y señor de la historia. Por lo tanto, la cierra cuándo y cómo quiere.

Y encima –escribe el cronista Atzbacher- “La representación fue espantosa”.

¡JA! La ironía, que no falte… y nos sostenga. GB

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domingo, 22 de enero de 2017

Notas a propósito de Thomas Bernhard






"Buscamos el diseño del mundo...nosotros mismos lo somos" (Novalis)



El mayor insulto para Thomas Bernhard era recordar su nacimiento, un 9 de febrero de 1931, en Heerlen, Holanda. "Odio los libros y los artículos que empiezan con una fecha de nacimiento. Detesto con toda el alma los libros y los artículos que adoptan una aproximación biográfica y cronológica; esto me parece del peor de los gustos y, a la vez, el procedimiento menos intelectual que exista"

El libro que primero cayó en mis manos, al poco de su muerte, fue Los comebarato, de la Editorial Catedra. Tiene una magnífica introducción a cargo de Carlos Fortea donde explica algo que luego vemos en sus escritos: “En Bernhard, la religión y la Iglesia son máquinas de destrucción, el Estado sostiene una pantomima de decencia y prestigio, las respetadas Universidades y mundo académico son centros de "aniquilación espiritual"



Para iniciarse en la lectura de su obra habría que comenzar con sus cinco libros autobiográficos, donde relata su infancia y su adolescencia, así podemos comprender mejor toda su obra tanto narrativa, como poesía y dramática. El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño, y luego seguir con Trastorno.


En sus páginas encontraremos los momentos felices de su niñez en torno a la figura de su abuelo y  la dureza de la postguerra en un país ocupado, vencido y enfermo, en el que sus instituciones seguían postradas ante los poderes más rancios y caducos. Más tarde la enfermedad pulmonar que padeció le marcará toda su vida literaria y cotidiana. 

Según decía, Thomas Bernhard escribía para si mismo, aunque sus inicios profesionales fueran de periodista sobre noticias judiciales,  para Diario Popular Democrático de Salzburgo. Allí aprendió a remarcar los aspectos de la realidad que quedaban flotando en el escueto relato de la noticia. ("Durante dos años escribí la crónica judicial, que me volvió a la memoria cuando me puse a escribir prosa. Un tesoro inestimable. Creo que de ahí surgen mis raíces.”)


 Su forma de relatar repetitiva, redundante, tal vez agria, llena de insultos, es en cierto modo como una exageración un tanto teatral para llamar a la reflexión. Y además con cierto sentido musical como el mismo explicaba:  “Y escribir prosa tiene que ver siempre con la musicalidad. El uno respira con el deafragma –los cantantes sólo respiran con el diafragma, porque sino no pueden cantar- y el otro tiene que desplazar la respiración del diafragma al cerebro” (Conversaciones con Thomas Bernhard de K. Hofmann, Ed. Anagrama 1991)



Aunque de origen humilde, Bernhard, pudo convivir con cierta aristocracia austríaca como los Lampergsberg, Wittgenstein. Ese mundo influyó para que adoptara cierta pose de dandi o por decirlo en palabras de su traductor, Miguel Saénz,  de esnob.


Uno de los momentos más importantes de su vida es cuando conoció a la mujer que le apoyó y ayudó toda su vida, Hedwig Stavianicek. Cuando ella murió escribió:"Lo más extraordinario que he vivido nunca ha sido tener la mano de ese ser en mi mano, sentir su pulso, y luego un latido más lento, otro lento latido y luego se acabó. Es algo tan inmenso. Se tiene en la mano todavía su mano, y entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La monja lo echa y le dice: »Vuelva más tarde». Entonces uno se enfrenta otra vez con la vida. Se levanta muy tranquilo, recoge las cosas, y entre tanto vuelve el enfermero y cuelga el número del dedo gordo del cadáver. Se limpia la mesilla y la monja dice: »Tiene que llevarse también el yogur». Fuera graznan arriba los cuervos… realmente como en una obra de teatro”

También habla de ella en la entrevista que publicó la revista QUIMERA en 1987 y que se puede consultar en este enlace http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Thomas_Bernhard.htm


 En el librito que inició mis lecturas “bernahrdianas” hay un párrafo subrayado que señala muy bien una constante de su obra, el odio a lo establecido: ”Quien no empleaba desde muy temprano una gran parte de sus energía en resistirse contra la locura de la masa caía irremediablemente en manos del embrutecimiento… de una forma u otra eso mismo encontramos en las páginas del libro que comentamos en nuestro club de lectura, Maestros antiguos. Aquí nos da la clave de la existencia humana como antídoto a la soledad, soledad que no puede llenarse con solo cultura, pintura, literatura que, por así decirlo, son tan solo unos espejismos.

En Mallorca

En Torremolinos
Viajó mucho con su "tía", así llamaba a Hedwig Stavianicek, por Italia, Egipto, Portugal y España. En nuestro país especialmente tuvo largas estancias en Madrid, Mallorca y Torremolinos, donde paso el invierno de 1988.

Además de poesía, novelas, fragmentos los llamaba, escribió obras de teatro con gran éxito,  y en sus inicios como escritor también relatos breves. Hay un relato corto en El imitador de voces, Tesis, un anticipo de sus opiniones acerca de los famosos y admirados artistas:

 “Un hombre de Augsburgo fue internado en el manicomio de Augsburgo sólo porque, durante toda su vida, afirmó en cualquier ocasión que lo último que dijo Goethe fue mehr nitch! (¡más no!) y no mehr Licht (¡más luz!), lo que, con el tiempo y a la larga, acabó por atacar los nervios de tal modo a todas las personas que tenían relación con él, que se pusieron de acuerdo para conseguir el internamiento en el manicomio de aquel augsburgués obsesionado de forma tan desgraciada por su tesis. Seis médicos se negaron a ingresar en el manicomio al desgraciado, pero el séptimo dispuso su ingreso inmediatamente. Este médico, como he sabido por el Frankfurter Allgemeine Zeitung, ha sido galardonado por ello con la medalla de Goethe de la ciudad de Fráncfort” (Ediciones Alfaguara, traducción de Miguel Sánez, 1984)


Personalmente recomiendo la lectura de El Malogrado (Ed. Círculo de lectores ahora en Alfaguara) Por allí desfilan, los "grandes del espíritu" que él respetaba y citaba: Nietzsche, Pascal, Voltaire, Montaigne, Shopenhauer. Este maravilloso librito hay que leerlo despacio y con las Variaciones Goldberg interpretadas por uno de los personajes: Glenn Gould.







Según muchos críticos,  Thomas Bernhard es junto con Robert Musil el mejor escritor austríaco de todos los tiempos. El 19 de febrero de 12 de febrero de 1989 falleció en su casa de Gmunden. Está enterrado en el cementerio de Grinzing  en una tumba sin nombre por disposición testamentaria  del escritor.
A.D.

domingo, 15 de enero de 2017

En el último azul: resumen

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“EN EL ULTIMO AZUL” de Carme Riera. Resumen.


Por José Luis Vicent Marin.

Resumir sin omitir e intentando no excederme. Ese será, a pesar de su frialdad, mi primer objetivo, y lo haré en las mismas tres partes que contiene esta obra basada en hechos históricos y amenizada con otros inventados fácilmente identificables.

La primera parte se desarrolla en 1687 en “Ciutat” de Mallorca gobernada por Antonio Nepomuceno, virrey algo permisivo con los judíos de cuyo compromiso con la Iglesia duda el inquisidor Rodríguez Fermosino sirviéndose de la rivalidad de los padres Ferrando y Amengual por ocupar una rectoría, para perseguirlos.

La espita se enciende a los diez años de una historia similar cuya parte erótica escuchada por el marino Joao Peres en boca del capitán Harts, intenta repetir acudiendo al lugar donde aquél era recibido con los ojos vendados en los aposentos de una misteriosa dama, pero antes de conseguirlo escucha unos gritos y acude en auxilio de Aina Cortés a quien encuentra ensangrentada cerca de su amante herido y de un muchacho —su hermano—con el sexo dañado.

El tío de Aína, el orfebre Rafael Cortés, apodado Costura, que desde que murió su joven esposa se pasa las noches en la azotea vigilando La Calle —donde moran los judíos supuestamente conversos— lo ha visto y no duda en acudir al padre de ésta —otro Rafael Cortés apodado Cap de Trons—porque imagina que es el causante. Costura, que a diferencia de su primo, solo busca los beneficios de no ser judío, pretende delatarle ante el Padre Ferrando a fin de que influya en su favor por el encargo de una custodia, pero camino de la Iglesia es abordado por Valls que para conminarlo a retirar la denuncia lo invita a comer en su huerto en compañía de otros judíos a quien se dice que alecciona. Costura acepta porque piensa que el Rabí es el único que podría evitar perder una deuda de su primo si este fuera condenado, y de paso retiene algunos hechos punibles que actúen a su favor como sacar agua en domingo o las conversaciones —algunas disparatadas— de Josep Tarongí apodado “el Cónsul”, de Pere Onofre Aguiló o del propio Valls que se da cuenta y mirándole a los ojos se lamenta de que no exista una máquina capaz de grabar con exactitud todo lo que se habla para que nadie pueda tergiversarlo.

Ya a solas, recuerdan la historia de Harts. El Cónsul cree que se fracasó por culpa de Blanca Mª Pires. Valls no piensa igual y ahora con ella en Livorno —ciudad condescendiente y próspera—, vela por sus intereses en la isla, ya que al fallecer su marido Andreu Sampol, compró sus posesiones antes que fueran incautadas. Recuerda un triste episodio de asedio que de niño le llenó de furia y cree que ha llegado el momento de intentar una nueva fuga porque de lo contrario, el tema de Costura y Cap de Trons se volverá contra ellos.

Este tema también se debate en la Iglesia de Montesión donde cada semana se reúnen en aburridas tertulias los dos jesuitas, el cronista Angelat, el Juez de Bienes Jaume Llabrés, y el sobrino letrado del virrey Sebastiá Palou. Al Juez de Bienes le encantan los “quartos embatumats” de las monjas clarisas pero no le gusta que el Padre Ferrando hable bien de Costura ensalzando su papel delator. El Padre Amengual solo está interesado en su cursi obra sobre la vida de sor Noreta —sobrina de la virreina a la que su marido aborrece pensando en los bailes de sus esclavas moritas. Sebastía Palou se burla abiertamente de las frases rimbombantes del padre Amengual y el cronista Angelat alude que su papel —a diferencia de los poetas— es contar la verdad sin añadir ni quitar punto. Aparece Costura llorando porque su primo se muere y el Padre Ferrando insta al malsín a sacarle más cosas antes de que fallezca.

El virrey, informado por su sobrino, dice que hablará con Valls en cuyo huerto se ha refugiado Costura herido por unas pedradas. El Rabí, hospitalario, lo atenderá tras hablar con Pere Onofre Aguiló —único con salvoconducto para entrar y salir de la isla—instándole a que acuda a Blanca en busca de dinero para poder pagar la huida porque hay “celo inquisitorial” y Sebastiá Palou, de paso, le entrega unos pergaminos perfumados. De regreso a Mallorca con el dinero de la viuda de Sampol en el pecho, Aguiló recuerda su amistad y sus diferencias con Valls pero ahora coincide en que el Mesías está por venir y desea que Jacob Mohasé, Rabí de Livorno, se decante por el hijo de Blanca, con cuyos ojos —según su mujer Esther Vives— encandila a los hombres. 

En el ínterin, el inquisidor Fermosino ha recibido la carta de Costura de manos del Padre Ferrando a quien considera un “insecto repulsivo” largándolo sin aclarar lo que hará. Tampoco Amengual le gusta pero al menos no le molesta con sus vidas de santos. Aunque sabe, por muchos casos que hojee —como el de los tratos carnales del Obispo con “la coixa”, la más prestigiosa prostituta del burdel—, que el de la delación es el único que llenará sus arcas vacías.


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La segunda parte empieza con el intento de fuga de un grupo de judíos acaudillados por Gabriel Valls que envenenó a Costura con una dosis tan escasa que le dio tiempo de delatar antes de morir. El grupo salió de Ciutat como cualquier domingo después de escuchar la misa cristiana, hasta llegar al jabeque patroneado por el capitán Willis que los escondió en la bodega conminándoles a que no rezaran hasta alcanzar “el último azul”, pero el mal tiempo les impidió zarpar, el bebé de Aína se ahoga, Valls empieza a sentirse culpa y tienen que regresar antes del cierre de puertas. En Ciutat, la loca Caterina Bonnín —suegra de Valls— ha vociferado que Madó Grossa se ha llevado a su hija alarmando al alguacil y su ayudante que se topan con los grupos separados en hombres por un lado y mujeres y niños por otro. A uno de ellos se le escapa decir que vienen de un jabeque y son llevados a la “Casa Negra” donde comparecen ante el Juez de Bienes y ante el escribano encargado de relacionar los bienes confiscados, como las casas que inmediatamente son cerradas con maderas y listones paseando a sus ex dueños por delante de ellas.

El Rabí en su celda cree que si interrogan a Willis están perdidos, pero mantiene la esperanza en su hijo Rafael a quien aconsejó esconderse en el burdel y se anima recordando a Blanca y sus conversaciones acerca de Cristo, Dios o Adonay y otra con Aguiló asegurándole que Joao Peres trabaja para ella.

Su hijo es ayudado por Beatriu Más, “la coixa” que le cayó bien desde el principio atendiéndolo en todas las facetas, tanto humanas como las propias de su profesión, procurándole un hábito de monje para salir del burdel.

En la tertulia de Montesión, el padre Ferrando duda de la lealtad de Sebastiá Palou que intenta disculpar a Gabriel Valls mientras que el padre Amegual se ofrece a escribir una nueva obra de la que solo posee el título: “Cánticos a favor de la fe triunfante”. El cronista Angelat anima a los dos jesuitas envueltos en su pelea de gallos a que trabajen juntos: uno basándose en datos de los presos y el otro con el ornato de la pluma.

En la calle, una turba capitaneada por el líder de los “bandejats”, Sen Boiet, se levanta bramando contra los judíos y de paso protestando contra el virrey por el precio del trigo. Rafael Valls vestido de monje aprovecha la contienda para salir de Ciutat pensando en su madre, en su prometida y en “la coixa”, pero cuando va a atender a un moribundo que resulta ser Sen Boiet, es descubierto por la ausencia de coronilla en la cabeza.

En la Catedral, llena incluso por los familiares de los fugitivos, el sermón del Obispo está repleto de calamidades infernales, calderas hirvientes y agradecimientos al “viento insuflado por la boca de Cristo” que impidió la huida de los herejes y “que salvó a los fugitivos de morir en el mar concediéndoles la posibilidad de ver el cielo”. En la oratoria, el propio virrey se siente aludido y piensa que las moritas —a las que un día de borrachera agredió sexualmente— han cantado y por eso la Iglesia le persigue, a pesar de saber de buena mano que las revueltas fueron instigadas precisamente por ella.

La tercera parte empieza en Livorno. Los cuarenta días que tarda en presentarse de vacío el capitán Willis, hacen dudar a Blanca y Aguiló de la verdad de sus explicaciones pero éste se siente responsable y decide volver a Mallorca donde han comenzado las declaraciones. Primero niños y mujeres a las que como hembras consideran poco capacitadas, y después los hombres. Los tormentos van consiguiendo su objetivo. Algunos niños dan detalles de su estancia en el jabeque y María Pomar con los brazos descoyuntados, admite que Costura tenía razón y que Valls les enseñó el padrenuestro judaico. Madó Grossa se los recoloca y en su celda recibe los cuidados de la visionaria Sara dels Olors que la trata como su “virgencita” y de “la coixa” que se gana su amistad tras los primeros recelos, sobre todo cuando a cambio de algunos favores sexuales al alcaide, consigue que éste permita a su prometido Rafael—detenido con el hábito de monje— visitarla unas horas con la discreta presencia de sus amigas.  Su padre, Gabriel Valls que también consiguió verlo un rato, se pregunta en la oscuridad y silencio de su celda, por la suerte de su mujer María Aguiló a la que ama como una imposición a sí mismo y no puede evitar compararla con la inolvidable viuda de Sampol que jamás hubiera acudido como ella, sumisa y triste al embarque. Valls sigue con su sentimiento de culpa y sus reflexiones, hasta creer que Adonay y el Dios cristiano solo están en la tozudez humana, mientras el Padre Ferrando desiste de hacerle razonar y es relevado por Amegual que se limita a leerle textos de autores anti judíos.

Desde que el virrey volviera de Madrid donde acudió en busca de apoyo con la excusa de concretar detalles de una próxima visita real, y mosqueado por la presencia de un cura que le miraba mal junto a la Reina Mariana de Austria, los poderes eclesiásticos y cívicos en la isla están cada vez más distanciados. El fiscal Llabrés pretende acelerar los procesos “talando todo árbol sano por mucho fruto que dé” aun a costa de arruinar Mallorca y Sebastiá le dice a su tío que le van a relevar y que él se va a casar con la fea y devota hermana de la virreina Onofrina porque a su prometida le han confiscado los bienes.
Mientras tanto, Aguiló sufre un accidente con la yegua que le transportaba y convencido de que el destino lastrará su culpa de por vida se hunde en la melancolía. Blanca toma las riendas mientras reflexiona sobre los misterios de su origen y el posible parentesco con Joao Peres a quien enviará en sustitución de aquél con la esperanza de llegar a tiempo de realizar pactos mercantiles porque los “bandejats”, según le escribió Sepastiá Palou, odian a los judíos.

Valls, insiste en que le interroguen para presentarse como único culpable o se dejará morir en la celda y en una tensa disputa verbal con el fiscal niega ser apóstata aunque nunca renunciará a ser judío porque “no puede dejar de serlo”. El inquisidor le recuerda sus conversaciones en el huerto apuntando que no hay salvación fuera de la religión católica y que habrá tormento para hacerle entrar en razón.

Las sentencias solo libran a los niños, a “la coixa” por seguir su causa abierta, y a unos pocos con penas de 15 años a perpetua. El resto, excepto Isabel Tarongí y Gabriel Valls que serán quemados vivos, han aceptado la religión cristiana y por tanto tendrán la suerte de pasar por el garrote antes de la hoguera.

Cuando llega Joao, Ciutat es una fiesta. Habla con Sebastiá en la misma casa donde Blanca recibió al capitán Harts intentando aclarar lo que entonces sucedió, para concluir que ahora ya es demasiado tarde y ni el dinero ni el anillo con sus iniciales hubieran hecho cambiar al tribunal. Joao, a cierta distancia pero intentando que Valls descubra en sus ojos una muestra de gratitud y comprensión, observa cómo finalmente mirando al mar se retuerce entre las llamas.

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En el último azul. Comentario


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“EN EL ULTIMO AZUL” de Carme Riera
Por José Luis Vicent Marin.

Creo que esta novela —basada en hechos acaecidos en “Ciutat” de Mallorca sobre 1687 en plena época de “celo inquisitorial”— y amenizada con otros inventados fácilmente identificables— en las facetas donde la crudeza cobra protagonismo, se impone la indignación. Tal vez menos de lo que debiera, seguramente porque además de ser conocedores de aquellos episodios infames auspiciados por la iglesia católica y sostenidos por los poderes reales o viceversa que —valga la indirecta— tanto monta o monta tanto, su repetición en situaciones actuales de corte similar, terminan por dejarnos indiferentes. No obstante, aprecio grandes dosis de ironía con excelente lenguaje burlesco hacia algunos personajes que son ridiculizados desde fuera y desde dentro de la novela que suavizan bastante la barbarie de los hechos. Aun así, la obra es capaz de trasmitir la ira, el desencanto, la angustia o la incredulidad al lector, pero también de estimular otros sentidos en los momentos tiernos o pasionales o perfumarnos con los olores de la naturaleza.

La narración está dividida en tres partes bien diferenciadas —presentación del detonante de la fuga, fracaso de la misma y consecuencias del intento—, lo que no es óbice para dar saltos temporales que mejoren o aclaren la situación presente.

La primera aparición de los personajes ha servido a menudo para aportar información de su carácter, de sus pensamientos ocultos y de su pasado.

Así observamos la obsesión enfermiza de Rafael Cortés “Cap de Trons” por mantenerse como “un auténtico judío” aun a costa de herir físicamente a los miembros de su familia. O las santas visiones de Sara dels Olors que contrariamente a aquél, le sirven para infundir cariño y cuidado espiritual a su “virgencita” y compañera de celda, Quiteria Pomar, seriamente dañada por los tormentos de la inquisición. No menos importantes que los cuidados físicos de la curandera Madó Grossa que le alivia el dolor colocando de nuevo en su sitio sus brazos descoyuntados. También se aprecia la entrega —no solo carnal—de “la coixa” que con sus favores sexuales consigue otros piadosos y desinteresados como sacar del burdel a Rafael Valls vestido de monje o conseguirle una visita en la celda de su prometida. El impulso benefactor nos llega de Blanca María Pires desde Livorno, envuelto en una sutil capa de misteriosa seducción, y de Sebastia Palou como “espía” en la isla, aunque tal vez más movido por su pasión hacia ella que por solidaridad con los perseguidos. La lealtad del Rabí Gabriel Valls, por encima de diferencias de criterios con Josep Tarongí “el Cónsul” que piensa que fue ella la responsable del fracaso en un anterior intento de huida o las más íntimas con el mercader Pere Onofre Aguiló en cuanto a las verdades de El Mesías, resaltan el verdadero valor de la amistad. Y si el amor por el ser querido, cede, se intenta que no caiga, como el caso de Gabriel Valls con su esposa María Aguiló, que se lo toma como una imposición a sí mismo cuando, sumisa y contraria a la fuga, la obliga a huir con todo el grupo. El Rabí aparta entonces sus verdaderos impulsos hacia Blanca, cuya férrea voluntad no hubiera permitido imposición alguna.

Virtudes y defectos, miedos, debilidades, heridas psíquicas incurables, misterios un tanto indescifrables y reflexiones acerca de la religión, salpican las páginas sin apartarse del tema dominante, cuya consecuencia final, antes de la muerte o la melancolía, es el repetitivo sentimiento de culpa —evidenciado en las figuras de Valls y Aguiló— o el de perversa justicia mal llamada divina en todos y cada uno de los componentes de la curia.
En ellos y unos cuantos de sus amigos podemos encontrar todos los pecados capitales —y algunos más— que tanto condena la iglesia. Al inquisidor Fermosino, cuando las disputas verbales no consiguen su efecto, le basta llenarse de ira y señalar que no hay salvación fuera de la religión católica, aplicando el tormento como único método de hacer entrar en razón a los infieles. A Rafael Cortés “Costura”, en su calidad de orfebre, le tienta la avaricia de conseguir el jugoso encargo de una custodia y a su confesor el Padre Ferrando la del puesto de rector alentando más si cabe al malsín para que le entregue la delación. El Padre Amengual es un soberbio de sus obras literarias inspiradas en vidas de actuales o futuros santos. Ambos jesuitas se odian pero también les corroe la envidia por si lo que consigue uno es superior a lo que consigue el otro. El virrey Nepomuceno, aborrece a su mujer Onofrina y aunque intenta no hacer daño a los judíos, le puede la lujuria proyectada en los cuerpos de sus esclavas moritas. El Juez de Bienes Jaume Llabrés alimenta su gula con los “quartos embatumats” que le preparan las monjas clarisas en las tertulias de Montesión y al cronista Angelat, por mantenerse al margen de toda opinión y limitarse a lo que considera su obligación de no añadir ni quitar punto a lo que escucha, le asignaremos con el beneficio de la duda, el de la pereza.


Pienso que erigirse como siervos de Dios, Adonay, Alá o el Altísmo, constituyen demasiadas veces la excusa para eludir las responsabilidades humanas y mucho me temo que si aquellos seres sobrenaturales supieran las cosas que se hacen en su nombre, en su misma confusión bajarían para decir que no existen. 

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En el último azul, proceso a la intolerancia

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En el último azul, proceso a la intolerancia

La escritora mallorquina Carme Riera publicó En el último azul en 1996.  Desde entonces, numerosas ediciones en diferentes formatos y soportes han dado fe del éxito de este relato sobre los terribles sucesos que acontecieron en Palma de Mallorca (Ciutat) durante los  Autos de Fe contra los judíos. En la primavera de 1678, el frustrado intento de huida y posterior apresamiento y enjuiciamiento de un numeroso grupo de clandestinos seguidores de la ley mosaica, desembocó en los sangrientos y crueles castigos que se despliegan en esta narración. Estructurada en tres partes, la historia discurre en dos escenarios que contienen a su vez dos tramas: los acontecimientos que suceden en las laberínticas y claustrofóbicas calles de Ciutat (la génesis y desarrollo del conflicto), y los de Livorno, el lejano y edénico destino exterior en el que los oprimidos esperaron encontrar la libertad. Pues, al fin y al cabo, esta es la historia de la planificación y fracaso de un viaje hacia la tolerancia, tanto religiosa como cultural, de un pueblo que sólo deseaba vivir en paz con sus creencias y prosperar con sus negocios.

Dos secuencias de carácter fantástico, evocadoras de legendarios cuentos de viajeros y sirenas, abren y cierran el relato como el marco de un cuadro que delimita e inmoviliza el contenido ficticio de la historia narrada.  El primer paseo del marinero Joao Peres por las misteriosas y  oscuras calles de Ciutat en busca de la dama misteriosa y de sublime belleza, llena de promesas de amor y felicidad, contrastan con la visión perturbadora y desgarrada de una sociedad que tortura y quema a sus supuestos enemigos espirituales. Principio mágico y final naturalista se constituyen en alfa y omega de una historia que engendra un sueño y acaba en dolor y muerte.

La novela aplica las reglas del relato tradicional con su estructura tripartita, en la que primero se presenta a los personajes y la génesis del conflicto  en una sociedad dividida por la fe y espurios intereses; a continuación, el nudo con el intento de huida, arresto y encarcelamiento de los rebeldes; y finalmente, el desenlace, con los juicios, penas y quema pública de los condenados. En cuanto al tiempo de la historia, aunque es lineal  y cronológico en su conjunto (desde el comienzo de la primavera hasta el otoño del infausto año de 1678), incluye un discurso temporal analéptico y fraccionado, donde la trama se muestra subdividida en múltiples episodios correspondientes a las peripecias de cada personaje o grupo de personajes. Esta fragmentación de la acción principal, junto con las continuas  retrospecciones o referencias a un pasado que pretende completar el perfil y función de los componentes del relato, crea cierta confusión en el lector, que ve cómo se le escapa el contenido nuclear de una narración dividida en episodios inconclusos. Tienen que pasar muchas páginas y capítulos para que  la acción se perfile con nitidez y sus protagonistas muestren sus rasgos y problemas.

En el debate tertuliano se  apuntó que esta técnica es típica de las teleseries y de los best-seller, y que, bien empleada, contribuye a crear el clima de suspense que incita al lector a seguir leyendo impulsado por la necesidad imperiosa de conocer el siguiente acontecimiento. No es nuevo, pues, este artificio (presente quizá en la novela bizantina que precedió al género de aventuras) que sin duda encontró su mejor acomodo en la novela por entregas del siglo XIX, y se consolidó en el folletín. En cualquier caso, como no somos ni pretendemos ser expertos portadores de lecciones de sabiduría, dejamos  el tema abierto a futuros y deseables comentarios. No olvidemos que Cervantes también interrumpió su relato en el famoso capítulo IX de El Quijote, dejando al vizcaíno y a nuestro entrañable caballero con las espadas en alto, en una imagen estática y suspendida. Interrumpir, cortar, insertar una y otra historia en la trama; llevar el discurso temporal hacia delante y atrás; combinar actos presentes con recuerdos del pasado y deseos o proyecciones del futuro, todo ello forma parte de la narratología y su teoría del relato o del arte de contar.  

Volvemos a nuestra novela y a su carácter dual respecto a la forma de agrupar  los personajes: por un lado nos encontramos con el poder civil y religioso, representado respectivamente por la Monarquía y la Iglesia, con sus virreyes, obispos y funcionarios intermedios. Por otro, la sociedad judía  con su diversidad social formada por acaudalados e influyentes comerciantes, artesanos, criados y hortelanos. En la novela hay una amplia representación de todos ellos con nombres y apellidos. Los más rimbombantes de la parte cristiana corresponden, naturalmente, a los más poderosos: Antonio Nepomuceno Sotomayor y Ampuero, Virrey de su Majestad; Nicolás Rodríguez Fermosino, Gran Inquisidor de la Católica y Apostólica Iglesia de Roma; Jaume Llabrés, Juez de Bienes, eufemístico apelativo del Confiscador del Santo Oficio. Como vemos, una perfecta geometría que reúne política, religión y economía en un triángulo de intereses y confluencias.

En la parte judía, también se distingue  al líder supremo en Gabriel Valls de Valls Major, frente a los numerosos Cortés, Bonnín, Fortesa, Martí y Miró, con que se nombran a toda una galería de xuetas (cerdo, marrano), término despectivo con que se denominaba a los judíos y que ha pervivido como insulto mallorquín. Con esta novela, Carme Riera pretende rescatar de la Historia unos hechos deleznables y redimir la memoria de unas personas que fueron injustamente perseguidas y masacradas  debido a sus creencias.

Los primeros, los cristianos, desempeñan el papel de verdugos; de víctimas, los segundos, los judíos. Interpretamos esta simplificación como una concesión al tratamiento más dramático que histórico  de la narración, lo que nos ha llevado a polemizar sobre la definición de novela histórica y si ésta lo es. Algunas aportaciones pretenderán aclarar esta cuestión aunque quizá no lo consigan. Tras un dilatado intercambio de opiniones y argumentos, llegamos como mucho, a definir lo que no es novela histórica. No basta con que se relaten hechos en un contexto histórico. Todos hemos leído novelas situadas, por ejemplo, en el antiguo Egipto, en las que los personajes hablan como si salieran de un Burger King. Una buena novela histórica, como Bomarzo, de Múgica Laínez, reproduce tanto la Historia y los personajes que la habitaron, como la “atmósfera” cultural y  social de su tiempo.  A la vez nos muestra los personajes inmersos en sus conflictos y contradicciones, con sus luces y sombras, con los numerosos y nebulosos matices que los hacen verosímiles. La buena novela histórica nos sumerge en los hechos de la Historia para aportarnos conocimientos nuevos desde nuevas perspectivas.  Sin excluir el entretenimiento de toda ficción, no se queda en ella sino que la trasciende, pues, tras leer esa novela que ha desplegado ante nuestros ojos un universo ficticio elaborado con materiales procedentes de la Historia, sentimos que hemos viajado a un tiempo pasado y, tras permanecer en él, hemos aprendido algo que no sabíamos y que formará parte de nuestra memoria lectora. Alguien pregunta si Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, es novela histórica…. Alguien dice que los libros de Santiago Posteguillo sobre la Historia de Roma, sí los son. En fin, otro debate abierto para que intervengan  blogueros y comentaristas.

¿Qué diríamos al respecto sobre la novela que nos ocupa? De momento, sólo nos aventuramos a considerarla como una narración ficticia sobre hechos y personajes históricos. La propia autora explica al final de su libro qué estrategias y convenciones narrativas propias de la novela utilizó para transformar la Historia en relato de ficción. Lo más arriesgado que  nos atrevemos a afirmar es que esta novela trata de hechos históricos, pero no nos aporta nada nuevo sobre los problemas de los judíos, ya que el relato se parece demasiado a otros que hemos leído o visto en el cine. La división entre buenos y malos, verdugos y víctimas es demasiado obvia y tópica. Más interesante podría ser el diferente cariz que la mentira, el fingimiento y la hipocresía presentan en los dos grupos sociales: cristianos y judíos. Para los primeros, la simulación de una hipotética bondad no es más que una máscara que esconde la ambición de poder, el ansia de dinero o el control de las conciencias. Para los segundos, es una necesidad derivada del miedo y el instinto de supervivencia. De hecho, es una delación, es decir  el intento de desvelar lo que las apariencias esconden, la que desencadena la persecución y la tragedia. Tanto las denuncias iniciales como las confesiones y  deserciones de la propia fe responden a ese instinto de sobrevivir, aunque sea a costa de perderlo todo y en las más ínfimas y míseras condiciones de vida.

Los negocios sucios, la asociación con el Corso y con los judíos, la ambición política y económica, la gestión inmoral de las deudas, la lujuria en palacios y burdeles, la gula de los pastelitos de monja, los matrimonios concertados por el interés, la estupidez y ñoñería de la aristocracia femenina, la pedantería y presunción de los jesuitas, la religiosidad teatral de los Tedeum, el negocio  de los funcionarios religiosos y civiles, las vulgares pretensiones de la Corte,   el triunfo de la mediocridad, la incultura, el mal gusto y la cursilería generalizada de los gobiernos del espíritu y la materia…. Todo esto y más se refleja en esta novela mediante un excesivo uso de la hipérbole, que desemboca en paródica caricatura, cuando el referente es el mundo cristiano.
Por el contrario, el tono trágico se reserva para el ámbito judío, donde la opresión y el miedo generan una tensión dramática  que crece y se magnifica a medida que avanza el argumento. Aunque en ocasiones también  se percibe cierta profusión emocional y sentimental, próxima al tremendismo, como encontramos en la descripción final de las hogueras en que arden los condenados, o en el niño ahogado y muerto en brazos de la madre atormentada. Pero lo que predomina es un sentimiento de pérdida, tanto de bienes y libertad como de la propia vida, al que se suman las evocaciones de   épocas donde reinaron el respeto y la tolerancia. También abundan las comparaciones con otros  lugares europeos donde existe la libertad, así como el deseo de una vida en paz en  el anhelado exilio italiano bajo la protección de la legendaria Blanca María Pires, símbolo de un paraíso posible.

La reconstrucción de los espacios y ambientes del siglo XVII en los barrios judíos de la capital mallorquina, trasladan al lector a un mundo bien construido y documentado. La caracterización de los personajes de esta esfera es más  cuestionable, dada su tendencia al arquetipo y al cliché: los jóvenes ingenuos, los adolescentes sodomizados, la prostituta graciosa y bondadosa, el traidor envidioso, la loca alucinada, el supersticioso fanático… Quizá el único personaje que muestra cierta complejidad, tanto respecto a su comportamiento moral  como a su pensamiento teológico, es Gabriel Valls, el guía de la comunidad judía y artífice del fracasado plan de huida. Su defensa de la tolerancia, próxima a las teorías erasmistas, sus dudas de fe y crítica de la jerarquía,  contrastan con su debilidad de amar a dos mujeres y la lúcida aceptación de su destino.
En suma, estamos ante una novela bien escrita y entretenida, pero sobre todo necesaria. En una sociedad que desconoce su historia y su pasado, siempre hay que agradecer a aquellos que los escriben y difunden. También hemos valorado la  suerte de contar con lenguas tan hermosas como el mallorquín, y lamentado la pérdida de matices de las traducciones, que, por muy buenas que sean, no aportan los detalles léxicos y sonoros que  constituyen la esencia de una lengua. Afortunadamente hemos contado con las voces de dos asistentes a nuestro club de lectura, Carmen y Lourdes, que nos han hecho llegar las delicias de los versos contenidos en esta novela. Su lectura en voz alta de las oraciones, rezos y conjuros antiguos nos ha hecho viajar a través del tiempo y del espacio, nos ha transportado a un universo de magia y poesía.


Seguiremos ofreciendo la posibilidad de leer en versión original los libros que se presten a ello, con la libertad de que cada uno elija la versión que más le interese y convenga. Seguiremos comparando historias y lenguajes dentro de la diversidad literaria que es base de nuestra cultura. GB 

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